El menos sufrido de los empleos que desempeñé en mi infancia fue el de espantapájaros. El trabajo consistía en no ir a la escuela, sino al bancal en que mi padre había esparcido su semilla (entiéndase bien…) y dar de tanto en tanto algún grito más o menos aterrador, arrojar alguna piedra sin destino, pasear [...]
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