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¿Qué es hoy ser de izquierda?

Gabriel Tortella. EL MUNDO, 10-08-21

Es bien sabido que la división de los partidos políticos a lo largo de un espectro, desde los más conservadores (a la derecha) hasta los más revolucionarios (a la izquierda) se remonta a la Asamblea formada en los albores de la Revolución francesa. Era tradición en Francia que en los Estados Generales los grupos de la nobleza y el clero se situaran en un lugar preferente, esto es, a la derecha de la presidencia. Los usos feudales se reprodujeron en las convenciones revolucionarias, y así los grupos más partidarios de acabar con el poder de la monarquía y la nobleza se situaron al otro extremo de la sala. Muchos creen, con Henry Ford, que «la historia es una filfa» (History is bunk), pero la verdad es que las tradiciones y los hábitos mentales sobreviven de una manera asombrosa. Las sociedades avanzadas del siglo XXI se parecen muy poco a las de finales del siglo XVIII; en consecuencia, el contenido de la expresión izquierda y derecha en política es hoy muy diferente del que se daba entonces. Pero la dicotomía derecha-izquierda se sigue empleando corrientemente para designar a conservadores y progresistas, aunque en muchos aspectos los significados se hayan invertido.

La izquierda tradicionalmente tenía unos objetivos que pueden resumirse en el triple lema de la Revolución: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Es un trío atractivo e incitante, aunque el sintagma es susceptible de diferentes interpretaciones. Empezando por el final, la fraternidad es el concepto más difuso: antes que de una condición social se trata de un estado de ánimo, parecido al evangélico «ama a tu prójimo» o al artículo de la Constitución de Cádiz exhortando a los españoles a ser «justos y benéficos». Es una consigna excelente, pero poco operativa.

La libertad y la igualdad, aunque también necesiten interpretación, sí se refieren a cualidades o condiciones contrastables de la sociedad: hoy, como ayer, podemos distinguir entre países y sociedades libres y sojuzgadas, y entre sociedades igualitarias y desiguales. En la Francia de 1789 igualdad significaba abolición de los estamentos que estratificaban la sociedad (aristocracia, burguesía, pueblo llano o tercer estado) o de los estatutos particulares de ciertas regiones que dividían a Francia en territorios diversos. El igualitarismo revolucionario era lo que se ha dado en llamar jacobinismo, doctrina sustentaba por el grupo de extrema izquierda que se reunía en un antiguo conventos de frailes jacobinos y cuyo objetivo último era lograr la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, sin estatutos ni privilegios especiales para nadie. El que los jacobinos estuvieran dispuestos a utilizar el terror para lograr sus fines ha conferido un carácter sombrío a un programa admirable, que hoy se ha convertido en uno de los pilares básicos del Estado de derecho. Más adelante, a la igualdad jurídica se le añadió la económica como reivindicación de la izquierda más radical y revolucionaria, la tendencia extrema que más adelante se dividió en dos ramas, socialismo y anarquismo. La libertad para los revolucionarios franceses era ante todo la disolución de los lazos feudales que ligaban aún a muchos súbditos, sobre todo, campesinos, a los dictados de la corona, la nobleza y la iglesia. A esta libertad se unían la económica y la intelectual y de conciencia. La libertad económica exigía, por supuesto, la eliminación de trabas al comercio y la consideración de la tierra como un factor de producción más, sin ataduras feudales: lo que en el mundo hispánico se llamó desamortización. En realidad, en muchas de estas materias, igualdad y libertad eran dos caras de la misma moneda, aunque varias corrientes dentro de la izquierda recelaran de la libertad económica.

El siglo XIX contempló la lucha y la presión continua para imponer el programa que en 1789 era revolucionario, pero que fue crecientemente aceptado. El sistema político representativo o parlamentario se fue extendiendo en forma censitaria, en que sólo las clases acomodadas tenían derecho al voto. Poco a poco, sin embargo, fue ampliándose el sufragio, hasta hacerse universal, primero limitado al masculino, luego el de ambos sexos. La democracia fue ganando terreno y se generalizó tras la Primera Guerra Mundial. El gran error de la extrema izquierda fue pensar que las reformas profundas sólo se impondrían por la fuerza: que igual que el absolutismo cayó violentamente, el capitalismo estaba condenado a correr la misma suerte. Marx creyó que las reglas del capitalismo eran «leyes de bronce» que condenaban a los trabajadores a la miseria irremediable. No era así, y en la segunda mitad del siglo XIX se produjo una mejora paulatina de los salarios y del poder político de los proletarios.

El siglo XX, junto a guerras mundiales y catástrofes sociales inauditas, contempló un aumento del nivel de vida y del número de habitantes sobre la tierra totalmente sin precedentes. La democracia se fue imponiendo igual que el sistema parlamentario se había impuesto en el XIX. Y con la democracia y el desarrollo vino la socialdemocracia, el llamado Estado de bienestar, capaz de garantizar unos niveles de protección y estabilidad como nunca se habían conocido. La salud de las poblaciones mejoró y con ella su esperanza de vida. Si el francés medio en 1789 no llegaba a vivir 30 años, hoy puede esperar vivir 83. El programa revolucionario se ha llevado a cabo de manera relativamente pacífica dentro de cada país, aunque la primera mitad del siglo XX fuera inusitadamente violenta. Sería muy largo explicar esta terrible paradoja (ver Capitalismo y Revolución).

Hoy los países avanzados han incorporado con gran éxito el programa reformista que a finales del XVIII parecía inalcanzable. En poco más de dos siglos la humanidad ha mejorado más que en los veinte anteriores. Esto, naturalmente, ha afectado radicalmente a las estructuras políticas. La derecha tradicional, opuesta antaño a los «experimentos peligrosos», es hoy socialdemócrata; acepta plenamente el Estado de bienestar y a lo sumo puede proponer algunos retoques. ¿Y qué ocurre con la izquierda, que puede enorgullecerse de haber sido la defensora de las profundas reformas que han conducido al Estado de bienestar? Pues resulta que la izquierda se ha topado con la ingratitud de los votantes, que se fían más de las derechas que de las izquierdas para administrar el confortable sistema de bienestar. Y, en lugar de tratar de mejorar un modelo económico que, con todas sus virtudes, es muy perfectible, la izquierda, decepcionada, ha renegado de sus logros y ha buscado nuevas causas y votantes: minorías de toda laya, identidades territoriales, nostálgicos de la extrema izquierda; en una palabra, se ha situado de nuevo en la oposición y se ha revuelto contra sus propios logros.

En pocos años la izquierda española ha sufrido una mutación realmente asombrosa. Ha echado por tierra el igualitarismo jacobino y se ha aliado con los caciques locales (lo que ahora llama «multinivel»); ha olvidado el culto a la razón, ha dejado de considerarse heredera del pensamiento ilustrado, y da primacía al romanticismo del sentimiento (Cataluña y el País Vasco son naciones porque el grupo hegemónico en esas comunidades «lo siente así»); ha creado un Ministerio de Igualdad para consolidar la desigualdad de los dos sexos (o quizá tres o cuatro, que esto es discutido y discutible) ante la ley; ha resucitado a los grupos privilegiados a la manera del Antiguo Régimen: los políticos, sobre todo si son cabecillas de facciones locales, no deben estar sometidos a las leyes y, si los jueces tratan de aplicarles la norma como al resto de los ciudadanos (o, quizá mejor, súbditos), el Gobierno de izquierdas, progresista por más señas, los indulta, atropellando la legislación y la jurisprudencia, para no «judicializar la política», que es tanto como decir, «para librar a los políticos de la ley común». La izquierda española habla mucho de progreso y progresismo, pero practica con fruición el retroceso, revisitando diariamente la Guerra Civil de hace ochenta y cinco años con añoranza y necrofilia realmente conmovedoras. En cuanto a la libertad, esta izquierda nuestra está preparando la vuelta al índice de los libros prohibidos, que serán todos aquellos que hagan «apología del franquismo», según dictamine una fiscalía creada con fines muy parecidos a los de la Santa Inquisición, cuya misión era evitar que los españoles pensaran, y menos escribieran, cosas prohibidas. Y suma y sigue…

No extraña que Lorenzo Silva declarara en estas páginas (30 de julio de 2021): «…yo soy de izquierdas, así que la derecha no me puede decepcionar. [Es] la izquierda [la que] me ha decepcionado profundamente».

Gabriel Tortella es economista e historiador, y autor, entre otros libros, de Capitalismo y Revolución (Gadir).

Comienza el día

Aprovecha la calma agosteña para ensayar una manera nueva de desayunar, sin dejarte invadir por las noticias, los comentarios, las ráfagas de música y los anuncios de la radio. En un silencio almo en el que te llegarán suaves el zumbido del motor del frigorífico, el gluglú de la cafetera al subir el café, los golpes o fricaciones de tu cucharilla o cuchara, los sordos sonidos de tu servilleta de papel, el piar de los gorriones o el zurear de las tórtolas en la vecindad. Incluso oirás con nitidez las primeras formulaciones que produce la maquinaria de tus pensamientos.

Lo que seguramente no oirás serán los ladridos de la perra de tu vecino: amo y perra son más madrugadores, y ya andarán en sus faenas por esos campos.

Si desayunas solo, te podrás centrar mejor en tus movimientos, elecciones, degluciones, ordenaciones, previsiones. Si desayunas acompañado por tu esposa o por tu hija, no las agobiarás con largas frases, con sonidos estridentes cuando sabes que aún están medio dormidas. Estarás atento a lo que puedas aportar para hacerles más agradable este comienzo del día; y no invadirás su espacio con tus cosas.

Cuidado: no te vayas de la cocina si aún no está todo recogido, adecentado, limpio, como acondicionado para el siguiente turno de desayunantes.

Después entra, cuando te toque y no antes, en el cuarto de baño, a realizar tus abluciones. Acabadas las cuales estarás preparado para el segundo capítulo de tu jornada agosteña: darte un paseo, leer un periódico, escribir unas notas en tu diario o en tu blog; o componer una décima.

Y ¡sobre todo! no comiences a amargarte pensando en lo que te duele, sea una ausencia, una rodilla o una España apandemiada y descoyuntada.

Leyre Iglesias entrevista a Antonio Caño

EL MUNDO, 19-07-21

El miércoles a las 11.30 horas Antonio Caño (Martos, Jaén, 1957) recibió una llamada en la cual la responsable de Gestión del Talento de El País le comunicó su despido fulminante. En 2018 Caño llevaba cuatro años como director del diario cuando fue relevado días después de la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez a la Moncloa. Ahora, tras 39 años en la empresa (los últimos, como asesor digital y escribiendo una tribuna al mes), el periodista que contó para El País la llegada de los sandinistas o la invasión norteamericana de Panamá afirma que el suyo es un despido ideológico por sus críticas al presidente.

¿Le han dado ya alguna explicación?

Sostienen que se debe a la situación económica de la empresa y a una reorganización interna. Pero me parecen pretextos, porque es evidente que mi despido es ideológico. La empresa ha decidido que mi firma resulta contraproducente para determinados intereses políticos.

¿Qué papel atribuye a Sánchez en esa decisión?

La entrada de Pedro Sánchez en política ha coincidido siempre con mi marginación en El País. A mí me cesan como director siete días después de que Sánchez ganara la moción de censura, y tras un editorial en el que sosteníamos que, aunque la moción era correcta, la mayoría que surgía de ella no daba estabilidad suficiente y el nuevo Gobierno debía convocar inmediatamente elecciones. El domingo siguiente a mi cese, el periódico publicó un editorial, titulado Punto y aparte, en el que sostenía lo contrario. Desde entonces mi vida laboral en El País ha estado llena de obstáculos. En dos ocasiones no se han publicado mis artículos. En otra ocasión la dirección promovió la publicación de cartas de los lectores en contra de mis artículos

¿Qué relación ha tenido usted con Sánchez?

Primero tuvimos una relación profesional lógica y con la intensidad que uno puede imaginar entre el director de un periódico importante y el dirigente del primer partido de la oposición. Apoyamos sus primeros movimientos: le dimos como ganador del primer debate electoral, elogiamos el acuerdo con Ciudadanos… Luego hay una segunda versión de Sánchez tras la repetición electoral. Perdió votos y, arrinconado, optó por vías muy desesperadas. En aquellas circunstancias nosotros ya sí pensábamos que, tras dos fracasos electorales continuados, había que permitir que el primer partido formase gobierno. Ahí la relación empezó a deteriorarse. Él continuó en una huida hacia delante tremenda que llevó al PSOE a un gran estrés culminado en aquella reunión terrible del Comité Federal. E hizo un movimiento máximo: convocar un Congreso Extraordinario en un plazo en el que no daba tiempo a discutir sobre el «No es no». En ese momento consideramos que había superado todos los límites de lo tolerable, que estaba causando un enorme perjuicio a la socialdemocracia, a la izquierda y al PSOE, y que debía irse. Eso no le gustó, y desde entonces me ha acusado de cosas que no son ciertas, de responder a intereses de no sé qué… Trató de desprestigiar a El País, salió en televisión criticando al periódico… Generó todo este clima sobre la «verdadera izquierda» en el que él ganó y a mí me echaron.

¿Y qué es Sánchez? ¿Es la verdadera izquierda?

En absoluto. Sánchez es una adulteración de la izquierda. En España la socialdemocracia ha sido, en mi opinión, la gran fuerza transformadora, siempre con un altísimo sentido de Estado. Con el PSOE se pudo contar en los momentos clave. Sin Alfredo Pérez Rubalcaba, por ejemplo, no habría sido posible la abdicación. Sánchez se ha inventado otra izquierda en su coalición con Podemos, en su confusión con Podemos. Le ha hecho un daño irreparable al PSOE. Y, lo que es más importante, ha hecho un daño que espero que sí sea reparable a España.

¿Por qué?

Porque siempre pone sus intereses personales por delante de los del Estado y los del PSOE. Una vez que fue derrotado por los españoles y por su propio partido, no aceptó ninguna de esas derrotas y, como mal perdedor, dio una patada a la mesa, lo que significaba dar una patada a las instituciones. Y ahí estamos.

¿También le ha dado una patada a la prensa?

Pedro Sánchez tiene más opinión publicada a su favor que ningún otro Gobierno antes. También en radio y televisión. Ningún Gobierno ha tenido un entorno mediático tan favorable como el de Sánchez. Eso coincide con que los medios son más débiles que nunca, con lo cual no solo tiene menos medios críticos, sino que los que tiene son más débiles. Eso nunca había ocurrido.

En ese contexto, ¿es posible ejercer aún el periodismo libre en España?

Sí, pese a Sánchez. Seguimos siendo una democracia plena y la libertad de expresión se sigue ejerciendo, pero cada vez a un precio más alto, porque cada vez es más patente la incomodidad del Gobierno con ciertas opiniones. La selección que hace el presidente para conceder entrevistas es un ejemplo entre muchos. No quiero referirme a mi despido como a otro de esos ejemplos, pero desgraciadamente es así.

A usted le cesaron como director poco después de la moción de censura. Ahora le despiden tras una amplia crisis de Gobierno que incorpora a figuras procedentes del PSOE de Rubalcaba. ¿La remodelación supone un cambio de rumbo o es cosmética?

Por ahora no tengo ninguna esperanza de ver un cambio de rumbo porque no hay un cambio en las alianzas. La personalidad de Sánchez arrasa con todo. El caudillismo que ha impuesto en la dirección del Gobierno y en la del partido no deja espacio al menor atisbo de crítica y hace que cualquier cambio de nombres sea meramente cosmético.

¿A dónde va el PSOE?

Soy muy pesimista. Quiero equivocarme, pero creo que del PSOE no queda nada. Son unas siglas que aún producen una cierta rentabilidad electoral, cada vez menos, cuando antes era un partido vivo, a veces ingobernable. Después de Sánchez el PSOE va a entrar en una larguísima travesía del desierto de la que no sé cuándo saldrá ni cómo. Y es trágico: es un partido insustituible en cierta medida, porque es la izquierda con sentido de Estado. Y eso, a diferencia de la izquierda activista, no se crea de la noche a la mañana.

¿Y el futuro de El País?

Es curioso cómo la historia de El País y la del PSOE han caminado por líneas paralelas casi siempre… El País está ahora en manos de gente que no procede de la historia del periódico, que no conoce su cultura y que en algunos casos ha sido hostil a El País y a PRISA. ¿A dónde van a llevar a El País? No lo sé.

Visto lo visto, ¿se arrepiente del editorial que describía a Sánchez como a un «insensato sin escrúpulos»?

¿Cómo me voy a arrepentir? ¡Si se confirma cada día, por Dios! Ojalá me pudiera arrepentir. Ojalá pudiera llamar a Pedro Sánchez y decirle: «Presidente, siento mucho aquel editorial: era injusto y se ha demostrado falso». Pero la desgracia es que aquel editorial se ha demostrado cierto. Anticipó todo lo que nos ha ocurrido.