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Abundio

Me gustaría escribir ampliamente, antes de que la memoria se me extravíe o la tinta se me seque, acerca de la vida de mis amigos Abundio e Isidora, a los que debo mucho. Por ahora mandan las circunstancias que me limite a presentarlos, y a resumir alguna anécdota de las muchas que protagonizaron.

Abundio e Isidora habían salido de la guerra sin familia, sin odio, sin fortuna. Habían sobrevivido. Eran demasiado poquita cosa en el pueblo para que algún desalmado la tomara con ellos; y por el contrario, siempre habían encontrado un alma caritativa en los momentos peores. Eran hermanos. Isidora, dos años mayor, había hecho y seguía haciendo el papel de madre. Abundio era apocado, retrasado; un cándido incapaz de separarse de su hermana.

Al final de los años cincuenta habían conservado una casucha no más miserable que la mayoría de las otras; y un par de bancales a los que algo sacaban.

I

La familia de Abundio se completó cuando empezaron a tener animales: alguna gallina; luego, una cabra; más adelante, también una burra blanca, mansa y fortachona. Por último, incluso una marrana de cría. Por accidente casi: Abundio no había consentido que el herrador, que hacía las veces de veterinario, le hiciera daño a aquel animal de su casa, con lo cual la cerda creció fértil y lozana; y, llegado el momento, parió felizmente una camada que fue las delicias de la familia. Y aportó unos ingresos a la economía de los hermanos, que vendieron todos los lechones menos el más pequeño. A éste, aunque algún vecino lo había pretendido, Abundio prefirió mantenerlo a su arrimo. Diríase que quería ejercer de padre con aquel cerdito blanco de cuento infantil. Y la verdad es que tanto cuido y cariño dieron su resultado: el lechón creció sano y vigoroso. En primavera salía con frecuencia a las eras, a comer malvas, a hozar y retozar en los charcos, y a tumbarse al sol.

Mientras tanto Abundio laboraba en sus bancales, o echaba alguna peonada con algún vecino de más caudal, con algún rico del pueblo. Sólo servía para trabajos que requirieran poca destreza, e incluso en esos era frecuente que terminara cometiendo algún pequeño desaguisado, que desesperaba al responsable del trabajo: dueño, manijero, capataz, albañil o gañán. Aunque al remate todo se lo perdonaban. Al fin y al cabo, Abundio se conformaba con lo que buenamente le daban.

En agosto el lechón se había convertido en un cerdo de buen talle, que corría como un futbolista y comía como un emperador. Era el tiempo de los rastrojos: buena época para las panzas porcunas. Cada mañana, bien temprano, Abundio llevaba a la madre y al hijo hasta algún campo de rastrojo. Ataba a la madre con una soga bien larga, para que pudiera dominar un amplio círculo. Y dejaba suelto al hijo, que nunca se iba lejos de su madre. En seguida Abundio buscaba algún lugar en las cercanías donde segar una buena brazada de pasto o de hierba, y la dejaba cerca de la marrana. Luego se marchaba a sus faenas. Y a la puesta de sol uno de los hermanos acudía para reducirlos a la cara pocilga, felices todos y cansados.

Hasta que una tarde se presentó la complicación: cuando Abundio llegó a donde los había dejado, sólo encontró a la madre. Comenzó a dar vueltas por los alrededores, llamando al hijo con cariñoso acento, pero no obtenía respuesta ni percibía indicios del motivo de la ausencia. Imitaba Abundio el gruñido de su animal con la misma propiedad con la que ciertos regidores antiguos habían imitado el rebuzno del suyo; y con el mismo o parecido resultado. Empezó a anochecer y Abundio comenzó a desesperar. Corría y gruñía en todas direcciones. Comenzaron a lucir las estrellas. Alguna lágrima resbaló por la mejilla de Abundio… Ya abandonaba, cansado, la búsqueda. Y entonces lo oyó. Oyó algo, oscuramente: ¿un gruñido, un crujido, un quejido?, ¿un ronquido de rana? Abundio volvió a gruñir con esperanza, aguzó el oído… y no tuvo ya duda de que había obtenido respuesta. Corrió en la dirección que le dictaban su oído y su corazón: el estanque. Su joven pariente flotaba en un estanque de riego, estirando la fina cabeza como un hipopótamo africano. El animal reconoció inmediatamente a su amo, y nadó hacia él sin vacilación. Seguramente había caído en aquella trampa inclinándose demasiado para beber, ya que al agua le faltaba unos treinta centímetros para llegar al borde. En el borde se tumbó Abundio y estiró cuanto pudo el brazo. Agarró al cochino de una oreja; y, tironeando dulce y firmemente, lo atrajo hacia sí. Luego con ambas manos lo levantó como a un niño, y lo apretó contra su pecho como si verdaderamente fuera su hijo. El muchacho parecía estar bien. Sólo cuando estuvieron cerca de la madre se atrevió a soltarlo el buen Abundio, que ya empezaba a recuperarse del soponcio.

Se encaminaron los tres al pueblo, casi en plena oscuridad. Cuando iban a llegar a las primeras casas, una oscura figura de mujer les salió al encuentro. Era Isidora, que, ya preocupada por la tardanza, había salido a buscarlos.

II

Entre las habilidades que Abundio admiraba, cuando las veía ejercidas por algunos de sus convecinos, estaba la del manejo del esparto.

En los días soleados del invierno, cuando su vecino Ramón el Cantarero se sentaba a hacer pleita en alguna recacha, Abundio se sentaba a su lado, a verlo trenzar la tosca tela que crecía y crecía, mientras un manojo nuevo sustituía a otro que se acababa en el sobaco izquierdo del tejedor. Parecía un trabajo autónomo de los brazos, ya que Ramón mientras tanto charlaba con Abundio con la tranquilidad del que no está haciendo nada, del que está descansando. Abundio admiraba a Ramón porque trabajaba y descansaba a la vez: para él eso era el colmo de la capacidad, de la felicidad.

Ramón solía subir al monte en la primera quincena de septiembre, antes de que las primeras lluvias estropearan el esparto. Para entonces ya había terminado el remolino de faenas que traía el verano para un pequeño labrador que sólo cuenta con su persona para llevar a los trojes su parva cosecha; en momentos de apuro, las peonadas prestadas; nunca peonadas pagadas.

–Abundio, ¿no querías aprender a trabajar el esparto? Mañana subo al monte a coger. Ven conmigo y empiezas por aprender cómo se arranca.

Abundio no dijo nada a Ramón, pero sí a su hermana, cuando volvió a la casa. Isidora lo vio ilusionado y no quiso quitarle la ilusión.

–Ve con él, pero no cargues mucho a la burra, que la puedes lisiar si la haces bajar de La Joroba con mucha carga; que el esparto pesa…

Al día siguiente, al amanecer, los dos vecinos, con sus bestias aparejadas, su cesto del almuerzo y su garrafilla –forrada de pleita- de dos litros de agua, estaban en el camino de La Joroba.

–Ramón, ¿a ti por qué te llaman el Cantarero?

–¿Y a ti por qué te dicen Abundio?

–Yo me llamo Abundio porque ese nombre me lo puso el cura en la pila del agua bendita; como a ti te puso Ramón; pero lo de Cantarero no te lo puso el cura.

–Me gustaría a mí ver el nombre que te puso de verdad el cura en sus papeles. Pero te diré lo que algunos no saben. La gente se piensa que me llaman el Cantarero porque ya se lo llamaban a mi abuelo, que vendía cántaros, y recorría los pueblos transportándolos en una burra como la tuya. Lo que la gente no sabe es que a mi abuelo lo llamaban Cantarero antes de que se echara a vender cántaros. Así que vete tú a saber.

El instrumento de arrancar el esparto es muy simple: un palito recto de olivo (por lo duro) como un dedo de grueso y de una cuarta de largo, atado en un extremo a un hilo que se mete con lazada en la muñeca, para que, al soltarlo el arrancador, no se caiga al suelo, sino que se quede colgando del brazo. Y el uso de tan sencilla herramienta tampoco es complicado, de modo que Abundio aprendió enseguida: no lo hacía tan deprisa como su amigo, pero arrancaba esparto. También aprendió a atar los manojos.

Y se sentía feliz. Una fresca brisa bajaba de la sierra, donde todavía se apreciaban las manchas blancas de algunos ventisqueros. La burra y el mulo, desaparejados, buscaban tranquilos algo que pastar que estuviera menos duro que el esparto. Los insectos pululaban, el cielo era de un azul impecable, y algún pajarillo iba o venía.

Mas al pobre Abundio, una vez más, la felicidad no le duró. De pronto notó una fuerte punzada en la parte exterior del pie derecho: acababa de morderle una víbora a la que él había pisado sin darse cuenta.

–¡¡¡Ramóóónnn!!! ¡¡¡Que m’ha mordío una culebra!!!

El Cantarero acudió corriendo, mató a la víbora de una certera pedrada en la cabeza, ayudó al amigo a sentarse en el suelo, le quitó la alpargata, se sacó la navaja del bolsillo del pantalón y juntó las dos marcas que habían dejado los colmillos del reptil con un buen corte. Empezó a succionar y escupir. Así estuvo un rato…

–Ramón, me voy a marear.

–Yo ya lo estoy de olerte el pie, así que aguanta. Ahora te voy a atar un pañuelo sobre el tobillo, para que el pie tenga menos circulación de sangre. Y rápidamente aparejo las bestias, te subes tú en el mulo, y yo os llevo de reata a los tres. Y a tomar por el culo el esparto. Nos vamos al médico.

Don Darío, el médico, atendía a tres pueblos (que no tenían la misma escasez en lo de las atenciones del alma: cada uno tenía su iglesia y su cura párroco). Después de inyectar a la víctima el correspondiente suero, y de curarle bien la herida, dijo a Ramón que lo había hecho todo muy bien, y que su amigo Abundio tenía mucho que agradecerle.

–Pues en cuanto lleguemos a su casa puede empezar, si es que su hermana guarda por allí algo de beber que no sea agua.

Algo había… Y Ramón (lo llamaban el Cantarero porque su bisabuelo vendía vino de sus cántaros en las fiestas y romerías) se pudo suavizar un poco la aspereza que el percance le había dejado por dentro.

Abundio estuvo enfermo varios días. Y cuando recuperó la salud, lo que no recobró fueron las ganas de aprender el oficio del esparto.

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