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Un vaso de buen vino

Cuando llegó del campo se duchó y, en el cuarto que hacía de ropero y de oficina, se puso a revisar unos papeles, comunicaciones del banco, facturas, albaranes, mientras oía, música de fondo, la charla y el tintineo de cubiertos que había en la cocina, donde estaban cenando los niños con su madre. Una vez más comprobó que no iban mal las cuentas, que los pagos se podían afrontar, que pintaba muy bien la recogida, que si las chirimoyas, excelente cosecha, tenían buen mercado, el año iba a ser óptimo y opimo. No era un ignorante, tenía vocabulario, y le encantaba la palabra opimo. Guardó en las carpetas los papeles, se levantó, se dirigió hasta la puerta de la casa y abrió de par en par: para que entrara la paz de la noche campesina mientras él la miraba. Había una hermosa luna en el cielo, le faltaban tres noches para ser luna llena. Mirando los astros, le parecía sentir el palpitar del universo. Las rosas de cuatro rosales de copa, dos rojos y dos blancos, que adornaban el patio, perfumaban el aire. Al otro lado, a la izquierda, bajo un emparrado frondoso, reposaba el tractor con el motor aún caliente: en él, al volver de la finca, había llevado a la nave de la cooperativa veintidós cajas de tomates.

Por un senderillo de cantos de río se llegó hasta el portón y lo cerró con llave. Y se volvió para adentro. En la cocina la esposa mandaba a los hijos a lavarse los dientes y a ponerse el pijama. Él, mirando callado, complacido, sintió que era un hombre afortunado, que era mucho lo que la vida le daba. Luego, como cada noche, echó una ojeada a lo que había de cena, para enseguida servirse, blanco o tinto, un vaso de buen vino.

Gaviotas y jilgueros

He amanecido alicaído del lado izquierdo, casi no puedo ni vestirme. Mi mujer dice que tendinitis o, sencillamente, la vejez. A pesar de ello, me he permitido una buena caminata hasta la cresta de los montes. Poquísimos coches circulando por las calles y absolutamente ningún caminante en la mañana dominical: el miedo al mal tiempo. Los viatores habituales somos gente pacata, o peor: apagada o medio apagada; o, sencillamente, mayores. Las únicas que no parecen afectadas por el fragor de viento, mar y lluvia son las gaviotas: en vuelo, orzando a levante, se quedan casi paradas, como mirando el panorama, o se lanzan a sus magistrales acrobacias; paradas en la cañada que se han buscado para resguardarse, tienen un aire de quietud y paciencia envidiables. Más arriba, en un prado de la ladera, una bandada de jilgueros anda zarandeada y combatida a la vez por el hambre y el vendaval. Al llegar al puente del canuto que cruza la estrecha carretera militar, he decidido pasarlo por el lomo del pretil: el arroyo había inundado la calzada. No había peligro… tampoco hay que asustarse de cualquier cosa. De vuelta en casa, mi hija se queja del fuerte olor a petróleo. Y desde la ventana vemos lo que será sin duda la causa: hay un barco encallado bajo la Punta de San García.

Mi primer libro

En la casa de mi infancia había una cabra, una burra o una mula, un marrano (dos si el año era bueno), a veces una becerra, una tropilla de gallinas con su gallo, conejos, una gata… Era el sueño de cualquier niño de ahora, empezando por mi hija pequeña, que quisiera que esta casa en la que actualmente vivimos fuera el Arca de Noé. Pero en la casa de mi infancia no había libros.

Cuando hice la Primera Comunión, lo que se consideraba un título no sólo religioso sino académico, como todos mis coetáneos en el pueblo, pasé a la Escuela Grande. Ésta (sólo para chicos, naturalmente), regentada por el maestro don Antonio a quien apodábamos Serón, o Cerón porque ceceábamos, englobaba los tres escalones del ascenso escolar antes de llegar al grado máximo (el de completo botarate): desde becerrillo recental hasta acémila con colmillos de jabalí pasando por el de asno flatulento, que asno flautista en aquella escuela jamás lo hubo.

Tres libros de lectura ejercían de libros de texto, uno por cada nivel de los antedichos: el Hemos visto al Señor, que englobaba Religión, Ética, Educación para la Ciudadanía, Historia y todas las demás asignaturas; el Criaturas de Dios, que, aunque se centraba en el actual Conocimiento del Medio y en la Religión, también era la enciclopedia  del grado, y el España es así, que se centraba en la Historia de España como ésta, a su vez, se centraba en la de Viriato.

Pero a ninguno de estos tres libros lo llamo yo mi primer libro… Durante un paseo o excursión entre escolar y eclesial, cuando un servidor andaba por los nueve o diez años, un seminarista mayor, vecino del pueblo (amigo Ico Joaquín: era tu tío Pepe) se sacó del bolsillo de la sotana un libro pequeñísimo, de pastas rojas y duras, del que me hizo entrega en donación desinteresada: era Los Cuatro Evangelios. Éste fue mi primer libro: porque era personalmente mío y no compartido con el resto de la chusma patibularia de la escuela. Lo leí muchas veces: lectura mental, lectura de dar la tabarra a cualquiera de la familia, lectura al sol de la primavera, lectura mientras en la cocina queríamos comernos las ascuas de la lumbre en el frío recio del invierno. Cuando, algún tiempo después, el tío Pepe de mis amigos Icos me preguntó si lo había terminado de leer, prácticamente me lo sabía de memoria. Menos mal que en aquel tiempo no se hacía lectura comprensiva, como ahora, y no me mandó ni me pidió que le explicara con mis palabras el contenido, ni me preguntó si había reflexionado sobre el milagro de los panes y los peces, el sermón de las bienaventuranzas o las últimas palabras que pronunció Jesucristo antes de expirar en la cruz. Me salvé gracias a la enseñanza de entonces, incomprensiva y memorística.