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Espantapájaros

El menos sufrido de los empleos que desempeñé en mi infancia fue el de espantapájaros. El trabajo consistía en no ir a la escuela, sino al bancal en que mi padre había esparcido su semilla (entiéndase bien…) y dar de tanto en tanto algún grito más o menos aterrador, arrojar alguna piedra sin destino, pasear por los alrededores en busca de algún árbol al que aliviar de su carga frutal, charlar con algún vecino que anduviera por el paraje ejerciendo labor tan relajada como la mía.

Era habitual que complementara mis actividades disuasorias con las venatorias, de forma que si yo abandonaba mi puesto, allí quedaban los cepos, montados y montando guardia, por si alguna de aquellas atrevidas aves acudía en mi ausencia a comerse las semillas, reblandecidas por la humedad de la tierra, a punto de aparecer a la luz del sol como plantas recién nacidas. Los pájaros no se paraban ante aquellos tiernos brotes a meditar en el misterio de la vida; simplemente utilizaban sus patas y sus picos para trasladarlas del blando humus en el que estaban siendo alumbradas a la estrechez lóbrega de sus buches.

De modo que si ellas, las aves, no tenían miramientos, tampoco tenía que tenerlos yo; y tanto si era gorrión como si era ruiseñor, el desconsiderado pájaro perdía su vida en el cepo, y luego, convenientemente asado y sazonado, entregaba a mi cuerpo sus proteínas. En cierta ocasión en que ejercía este descansado oficio en un bancal de garbanzos recién sembrados en Las Jutilianas –mi vecino Ramón andaba por allí, ocupado en la misma profesión que yo, y podría dar fe de mi relato si no ha olvidado el episodio, que es lo más probable–, en esa ocasión, digo, trinqué viva, recién caída en la trampa, una cogujada; y en lugar de darle dura muerte, que era lo habitual, la até con un hilo a una junquera del chorro; con tan mala maña, que se escapó con el hilo en la pata. Mas no por ello después de la evasión dejó de visitar la finca para comerse los garbanzos de mi familia; ahora bien, era la primera en levantar vuelo y la que volaba más deprisa en cuanto oía mi grito de guerra. Allá iba ella, volando como un reactor, con su hilo en la pata haciéndole de estela.

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