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Comentario detesto

Viernes, penúltima hora

de una jornada de instituto.

Clase de Bachillerato.

Aula de Segundo

C. Las alumnas

(sólo hay un mozo en este grupo)

hacen su examen penúltimo

para la evaluación (o vacación)

que se aproxima. Un examen muy duro

según ellas. Escriben el comentario

de ese pasaje celiano en que Sonsoles, en su sótano húmedo

de la calle de Ruiz

(vivienda por la que paga el matrimonio quince duros),

se queda sola zurciendo calcetines

cuando Seoane, su músico,

se marcha al café de doña Rosa. Sonsoles evoca

su mocedad, los tiempos en que daba gusto

verla: hermosa, gorda, reluciente;

señorita en su pequeño mundo

de Navarredondilla. Alguna de estas chicas

escribirá que es un insulto

que el Cela llame gorda a la Sonsoles.

El maestro, desgarbado y ventrudo,

pasea entre las mesas, se para ante la última ventana,

oye el estruendo confuso

de la cercana calle; sigue el vuelo

muy alto, libre, sereno, seguro,

de una apacible gaviota.

Se vuelve y ve al alumno,

que ignorando la celda colmenera

en que lo han encerrado, se recrea en sus músculos

juveniles, con aire satisfecho.

El maestro se aburre. Sin disgusto

mira algunas corpóreas modulaciones femeninas; y en seguida

piensa que no es ése su asunto.

Mejor escribirá unos versos, que poeta malo, malo,

vale más que difunto:

Viernes, penúltima hora

de una jornada de instituto.

Ya acaban sus trabajos las discípulas.

El profesor recoge el último.

Ya está aquí para explicar su Economía

el profe don Arturo.

En Algeciras; marzo

del año en curso.

Marzo de 2003