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Mi primer libro

En la casa de mi infancia había una cabra, una burra o una mula, un marrano (dos si el año era bueno), a veces una becerra, una tropilla de gallinas con su gallo, conejos, una gata… Era el sueño de cualquier niño de ahora, empezando por mi hija pequeña, que quisiera que esta casa en la que actualmente vivimos fuera el Arca de Noé. Pero en la casa de mi infancia no había libros.

Cuando hice la Primera Comunión, lo que se consideraba un título no sólo religioso sino académico, como todos mis coetáneos en el pueblo, pasé a la Escuela Grande. Ésta (sólo para chicos, naturalmente), regentada por el maestro don Antonio a quien apodábamos Serón, o Cerón porque ceceábamos, englobaba los tres escalones del ascenso escolar antes de llegar al grado máximo (el de completo botarate): desde becerrillo recental hasta acémila con colmillos de jabalí pasando por el de asno flatulento, que asno flautista en aquella escuela jamás lo hubo.

Tres libros de lectura ejercían de libros de texto, uno por cada nivel de los antedichos: el Hemos visto al Señor, que englobaba Religión, Ética, Educación para la Ciudadanía, Historia y todas las demás asignaturas; el Criaturas de Dios, que, aunque se centraba en el actual Conocimiento del Medio y en la Religión, también era la enciclopedia  del grado, y el España es así, que se centraba en la Historia de España como ésta, a su vez, se centraba en la de Viriato.

Pero a ninguno de estos tres libros lo llamo yo mi primer libro… Durante un paseo o excursión entre escolar y eclesial, cuando un servidor andaba por los nueve o diez años, un seminarista mayor, vecino del pueblo (amigo Ico Joaquín: era tu tío Pepe) se sacó del bolsillo de la sotana un libro pequeñísimo, de pastas rojas y duras, del que me hizo entrega en donación desinteresada: era Los Cuatro Evangelios. Éste fue mi primer libro: porque era personalmente mío y no compartido con el resto de la chusma patibularia de la escuela. Lo leí muchas veces: lectura mental, lectura de dar la tabarra a cualquiera de la familia, lectura al sol de la primavera, lectura mientras en la cocina queríamos comernos las ascuas de la lumbre en el frío recio del invierno. Cuando, algún tiempo después, el tío Pepe de mis amigos Icos me preguntó si lo había terminado de leer, prácticamente me lo sabía de memoria. Menos mal que en aquel tiempo no se hacía lectura comprensiva, como ahora, y no me mandó ni me pidió que le explicara con mis palabras el contenido, ni me preguntó si había reflexionado sobre el milagro de los panes y los peces, el sermón de las bienaventuranzas o las últimas palabras que pronunció Jesucristo antes de expirar en la cruz. Me salvé gracias a la enseñanza de entonces, incomprensiva y memorística.

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