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Gaviotas y jilgueros

He amanecido alicaído del lado izquierdo, casi no puedo ni vestirme. Mi mujer dice que tendinitis o, sencillamente, la vejez. A pesar de ello, me he permitido una buena caminata hasta la cresta de los montes. Poquísimos coches circulando por las calles y absolutamente ningún caminante en la mañana dominical: el miedo al mal tiempo. Los viatores habituales somos gente pacata, o peor: apagada o medio apagada; o, sencillamente, mayores. Las únicas que no parecen afectadas por el fragor de viento, mar y lluvia son las gaviotas: en vuelo, orzando a levante, se quedan casi paradas, como mirando el panorama, o se lanzan a sus magistrales acrobacias; paradas en la cañada que se han buscado para resguardarse, tienen un aire de quietud y paciencia envidiables. Más arriba, en un prado de la ladera, una bandada de jilgueros anda zarandeada y combatida a la vez por el hambre y el vendaval. Al llegar al puente del canuto que cruza la estrecha carretera militar, he decidido pasarlo por el lomo del pretil: el arroyo había inundado la calzada. No había peligro… tampoco hay que asustarse de cualquier cosa. De vuelta en casa, mi hija se queja del fuerte olor a petróleo. Y desde la ventana vemos lo que será sin duda la causa: hay un barco encallado bajo la Punta de San García.