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Amigos

Él era de ciudad y yo de pueblo. Él tenía un tipo esbelto, grácil, florentino; hubiera sido el modelo más cabal para un artista del Cinquecento. Yo era un tipo achaparrado, campesino, que parecía seguir llevando un surco entre las piernas o las manceras de un arado apretadas en las manos. Él era valiente, altivo, directo y atrevido; se crecía ante el obstáculo. Yo era torvo, desconfiado; ante el obstáculo me replegaba y merodeaba al acecho. Él era fuerte, jovial, elegante y atractivo; el animal que lo representaba era el caballo. Yo era fuerte, serio, incomodante y antipático; el animal al que me asemejaba era el oso. Amigos en el internado, nos visitábamos en vacaciones. Amigos en el instituto, nos sabíamos aceptados y queridos por la familia del amigo. Amigos en la universidad… Compartíamos la mesa, la juerga, los amigos… Juntos viajamos un verano al extranjero, juntos fuimos detenidos por la policía, juntos salimos de algunos bares cuando estaba amaneciendo. Ha pasado tanto tiempo… Qué poco nos hemos visto en las tres últimas décadas. Lo echo de menos.

Ser bueno

No tienes más poder que el que te doy,

Triunfante Redentor o Dios rendido,

mas por ese poder ahora te pido

que me hagas mejor de lo que soy.

Acercándome al fin sé bien que voy

y temo que el castigo merecido

será mirar a tras y ver perdido

un tesoro de días como hoy.

No era necesario este destino:

ser algo más que agua y polvo inerte,

pero persona hízome mi suerte.

Por ello tengo un único camino

para que tú me acojas en tu seno:

ser buen hombre, Señor, ser hombre bueno.

Julio de 2005

Miércoles de Ceniza

Sólo cuando solo ando

me siento yo

solo.

Sólo cuando solo ando.

Caminando.

Una apenada pena, apenas nada,

una casi nada alucinada

a la nada destinada,

a la nada encaminada.

Casi nada que se va difuminando,

erosionando.

Casi nada que se va quemando.

Una casi nada caminando.

Una casi nada por Antonio nominada.

Una casi nada que se vuelve cuando alguien dice Antonio,

aunque estén llamando a otro.

Un Antonio que se va quedando ancho,

porque yo me voy gastando

caminando, caminando

mientras sigue entero Antonio.

Una casi nada erosionada,

difuminada.

Una casi nada que se quema, que se va quemando.

Casi nada poco a poco, paso a paso fulminada.

La cosecha casi casi sazonada

en una tierra abonada

para nada.

Una cosecha de nada.

La materia calcinada que contiene

una caja satinada.

Un puñado de ceniza que va a ser diseminada

en el agua.

Nada.

Febrero de 2004

Cuatro estaciones

I

Aunque amenaza

ese sol tan severo,

ríe la fuente.

II

El vendaval

azotando las frondas:

es sólo un juego.

III

Una semilla

en la tierra dormida:

una esperanza.

IV

La primavera.

Ya engalana los prados

la margarita.

Don Quijote. Acto I, escena II

“Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad si mandáis algo en que pueda seros de provecho, que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde muchacho fui aficionado a la carátula y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula.” (II, 11). Así, con estas palabras que pasan de la cortesía caballeresca al fraternal afecto, hubiera despedido don Quijote a los cómicos de la Compañía de Angulo el Malo, aderezados que estaban para repetir la representación de Las Cortes de la Muerte, si el demonio no se hubiera entrometido. La vocación teatral de Alonso Quijano era ya, según vemos, patente en su niñez. Y tampoco hay duda de que su creador, Miguel de Cervantes, había sentido esta afición desde la infancia; y para comprobar este hecho basta leer el prólogo de Ocho comedias y ocho entremeses. Cervantes, en su madurez, recuerda perfectamente cómo eran las representaciones de la compañía de Lope de Rueda, y puede enjuiciar los versos de las comedias de éste por los que todavía guarda en su memoria, a pesar del paso de tantos años: “…dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda, varón insigne en la representación y en el entendimiento. Fue natural de Sevilla y de oficio batihoja, que quiere decir de los que hacen panes de oro; fue admirable en la poesía pastoril, y en este modo, ni entonces ni después acá ninguno le ha llevado ventaja; y aunque por ser muchacho yo entonces no podía hacer juicio firme de la bondad de sus versos, por algunos que me quedaron en la memoria, vistos agora en la edad madura que tengo, hallo de ser verdad lo que he dicho.” En este prólogo por dos veces se excusa Cervantes de salirse de los límites de su natural modestia para reconocerse a sí mismo sus propios méritos como dramaturgo, sin que ello le haga dejar de elogiar al más grande: “Entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzose con la monarquía cómica”.

Volvamos al personaje. Alonso Quijano, hidalgo de modesta fortuna, se dedica a unas cuantas aficiones que, según avanza su edad, se le irán haciendo más y más insatisfactorias: la caza… Y la lectura: con ella va llenando sus horas de ocio. A la vista de su biblioteca en el capítulo del escrutinio, parece exageración del narrador lo de la venta de tierra para comprar libros: “y llegó a ser tanta su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías” (I,1). Sabemos, además, por el contenido de su biblioteca, que no leía solamente los libros de caballerías. También, por ejemplo, poesía; y, por lo menos la buena, no sólo la leía, sino que la releía hasta aprendérsela de memoria, como manifiesta al entrar en la casa de don Diego de Miranda y ver las tinajas del Toboso; son los versos del soneto X de Garcilaso los que se le vienen a la boca: “Y suspirando y sin mirar lo que decía, ni delante de quién estaba, dijo:

–¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,

dulces y alegres cuando Dios quería!

(II,18)

Ya en II, 16 había manifestado don Quijote su amor por la poesía (amor igualmente heredado de su creador) en un bello discurso del que “admirado quedó el del Verde Gabán”; y que aburrió a Sancho, el cual prefirió la compañía de los pastores y el aprovisionamiento de requesones.

No sólo amor por el teatro, por la caballería y por la poesía ha sentido el hidalgo manchego a lo largo de su vida. También lleva doce años enamorado (aunque no haya cruzado una palabra con la mujer que le ha provocado tal pasión) de una labradora ruda y, según los indicios que Sancho deja caer, bastante libre y liberal en el trato con los hombres: “Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire” (I, 25). ¡Son las travesuras del amor! Y un acicate más para que Alonso Quijano renuncie a la anodina y absolutamente insatisfactoria vida que lleva, para vivir la vida libremente elegida por él: la vida de caballero andante.

En I,1, tras la escueta y poco fiable presentación del narrador, lo tenemos ya afanado en  la preparación de su obra: es un autor teatral que está montando una representación que no parte de un texto concreto (se irá improvisando sobre la marcha…) ni tiene otro escenario que el ancho mundo; y en la que el mismo autor o director será el protagonista. Sí son importantes los nombres: del caballero, de la dama, del caballo; si no hay nuevos nombres, no hay nueva realidad. Las armas pueden ser casi de atrezo: valen las “que habían sido de sus bisabuelos, que tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón” .

Y ya tenemos al caballero en la primera escena: todo un día cabalgando solo, para ir empapándose de su personaje, para olvidarse de Alonso y ser don Quijote. Cae el día, está cansado, pero se siente totalmente imbuido de su nueva personalidad; y demuestra que lo está cuando entran en escena (¡la escena II!), en la puerta de la venta, las “dos mujeres mozas, de estas que llaman del partido”. Son dos prostitutas jóvenes y de baja estofa que quieren llegar, al arrimo de los arrieros, al emporio de Sevilla (son, por tanto, la versión femenina de Rincón y Cortado)  y abrir en ella la tienda de sus encantos y habilidades. La reacción de las chicas ante tan estrafalario personaje es primero de susto; y don Quijote intenta tranquilizarlas: “Non fuyan las vuestras mercedes, ni teman desaguisado alguno, ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran”. Las jóvenes no dicen nada; sólo miran a don Quijote (ya no les inspira tanto miedo) y se ríen al oírse llamar doncellas, “cosa tan fuera de su profesión”. Es demasiada la rudeza y falta de mundología de la Tolosa  y de la Molinera para darle la réplica al caballero (qué distinta la personalidad y la actuación del ventero en la escena siguiente). Algo se enfada don Quijote ante la risa tonta y álala de las mozas, y en su siguiente réplica hará uso de la firme reprimenda, si bien envuelta ésta en funda de terciopelo: “Bien parece la mesura en las hermosas, y es mucha sandez además la risa que de leve causa procede; pero non vos lo digo porque os acuitedes ni mostredes mal talante, que el mío no es de ál que de serviros”. Mas adelante veremos que este lenguaje ha hecho efecto en las mozas (no son tan lelas como parecen), que, unas horas más tarde, estarán a la altura de las circunstancias en la ceremonia en que don Quijote es armado caballero.

El caso es que hay tanta destreza artística en esta confrontación entre teatro y vida, está tan sabiamente combinada la comicidad con la gravedad, la realidad con el ideal, que se comprende que ya Miguel de Cervantes no quiera abandonar a su criatura mientras ésta aliente; y que don Quijote no esté dispuesto a salir de su papel así como así: sólo ante las puertas de la muerte, cuando cualquier creyente ya no aguarda sino la misericordia de Dios no por el papel representado sino por cómo lo ha representado, declara el personaje: “ya yo no soy don Quijote de la Mancha” (II, 74), reconociendo implícitamente que lo ha estado siendo hasta entonces, como hizo notar Torrente Ballester en su estudio de la obra.

Alonso Quijano ha vivido según su ideal, sin esperar a que el mundo le ofreciera unas condiciones mínimamente razonables para ello; y esa elección ha sido su contribución personal, heroica sin duda, para el mejoramiento de sus congéneres.

Atlante

Qué duro sostener el universo

sobre la punta de los cuernos.

Cuando cierra la Noche y todo el mundo

se recluye cansado en su aposento,

qué duro sostener el universo

sobre la punta de los cuernos.

Cuando el Alba sonríe y todo el mundo

sale de su cubil y va a su empleo,

qué duro sostener el universo

sobre la punta de los cuernos.

Cuando el Sol ya declina y todo el mundo

vuelve al hogar, a la querencia, al lecho,

qué duro sostener el universo

sobre la punta de los cuernos.

Cuando todo ha cesado y todo el mundo,

por la pálida luz de Luna envuelto,

yace en la dulce nada de los sueños,

qué duro es, qué duro es, qué duro,

qué duro sostener el universo

sobre la punta de los cuernos.

Peses

Mis compañeros de instituto y un servidor somos peses: profesores de enseñanza secundaria. A muchos de nosotros el título con el que nos distinguió la Administración, tras las correspondientes oposiciones, fue el de Profesores Agregados de Bachillerato. Un buen día un decreto, sin la más mínima protesta por parte de los afectados, nos convirtió en peses; con ello nuestro campo de actuación “crecía hacia abajo”: ya no impartiríamos las clases sólo en Bachillerato –el COU se extinguía–, sino también en esa enseñanza primaria prolongada que es la ESO.

Yo no digo que la labor o la preparación de los peses sea impecable e inmejorable. Pero sí digo que admiro a la mayoría de mis compañeros por su competencia laboral, por su dedicación, por su amor a la asignatura que imparten y a la profesión… Compañeros que se pasan muchas horas corrigiendo exámenes o ejercicios, que hacen cursos de doctorado, que colaboran en revistas científicas, que organizan congresos o jornadas culturales, que escriben libros de investigación o de creación, que participan en organizaciones de carácter social cuyo objetivo es atender a las necesidades de los más desfavorecidos… Todo lo cual supone cientos de horas de trabajo, reuniones, viajes cuyos gastos corren de cuenta del des-interesado, postergación de la vida familiar…

Yo no digo que no haya fallos en nuestra actuación en los institutos, entre otras razones porque a la Administración parece no importarle nada más que lo que dicen los papeles (si es que alguien los lee: programaciones, memorias, informes, diarios, actas… un mar de burocracia que quiere asfixiarnos a todos), y que no trascienda a la opinión pública ninguna noticia alarmante que pueda implicar a los que asientan sus anchas posaderas sobre los altos solios. Yo no digo que no haya fallos, pero veo un alto nivel de profesionalidad, de entrega y de preocupación por los buenos resultados del trabajo…

Y lo que más sentimos muchos es que donde el desprestigio está minando más a la profesión es en los centros públicos… Por disparatado que parezca, esta sociedad parece querer volver a la situación de que haya una buena formación sólo para los hijos de quienes la puedan costear… Sin embargo, antes de que se implantara la LOGSE, en este país nadie había dudado de la calidad de la enseñanza en los institutos… Era en los centros privados donde se encontraban profesores sin titulación (que no podían firmar las actas de las calificaciones de los alumnos…) y otros similares chanchullos, como la explotación inmisericorde del profesorado. Cuando yo fui alumno (hace la tira de años, claro) de 6º de Bachillerato, en un colegio privado de mucho prestigio, tuve de profesor de Literatura a un cura que de Literatura sabía bastante poco, y que empezó los estudios de Filología Románica cuando yo casi los estaba terminando… Es cierto que, excepcionalmente, puede haber un profesor de vastos y profundos saberes y sin títulos académicos: desde luego, no era ése el caso del cura-profesor del que les hablo; no debía aquel hombre de ser nada aficionado a la lectura… No obstante, los alumnos adquiríamos bien los conocimientos y la formación correspondiente a cada curso: porque trabajaban los profesores y trabajaban los alumnos; y porque los libros de texto no estaban sólo para mostrar las ilustraciones; y porque a los profesores se les reconocía una autoridad, y contaban con el respeto de todos.

Sin embargo, cada día en estos tiempos, el buen trato, la consideración y el obligado respeto a los profesores es más conculcado por parte de alumnos, padres y sociedad en general. Un profesor no se merece un usted, ni un don delante de su nombre; ni siquiera su nombre, sino algún apelativo familiar con el artículo delante, o un mote vejatorio. Y para que se vea cómo desde la televisión se colabora para la buena marcha de esta corriente cultural, una cadena privada, según acaban de contarme, premia en un concurso al alumno que le haya colocado a alguno de sus profesores el mote más ingenioso…

    En estos tiempos en que hemos desarrollado una fina sensibilidad para no herir a nadie por ser portador de alguna diferencia respecto a la mayoría (discapacidad física o psíquica, edad, sexo, raza o religión…), encontramos normal o incluso divertido que el “profe”, el “maestrillo”, pueda ser objeto de insultos, vejaciones, agresiones físicas, ataques contra sus bienes y propiedades, difamación o calumnias.

Mal va una sociedad que tanto desautoriza a los que nos dedicamos al nobilísimo ejercicio de la docencia, que trata a palos a sus peses.

[Escritas estas líneas a mediados de 2001, no han perdido vigencia; la situación del profesorado de Secundaria (¡el estado de la Educación Secundaria!) ha seguido evolucionando a peor, y seguirá evolucionando a peor porque los que nos mandan no quieren ver la realidad: sólo quieren ver papeles.]