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Le sonaron las tripas en clase

A los diez años. Todos los compañeros que tenía a su alrededor lo oyeron, se volvieron a mirarlo, uno de los que estaban detrás le soltó un cogotazo, y todos, incluido él, estallaron en risas y alborotos.

A los catorce años. Sólo lo oyó un compañero de los que estaban más cerca –los demás andaban aturdidos por sus propios alborotos íntimos–. El compañero apenas lo miró, pero él enrojeció, y odió a su madre, considerándola culpable por haberlo obligado a comer aquel potaje que tanto aborrecía.

A los veinticuatro años. Último curso de su carrera universitaria. Sentado junto a una guapísima compañera con la que intentaba torpemente flirtear, se acercó al oído de la chica y le susurró: “Yo disimulo lo mal que me cae este tío –se refería al profesor–, pero mis tripas son más sinceras”. Entre la indulgencia y la impaciencia, la chica sonrió.

A los treinta y cuatro años. Era un atlético y apuesto profesor. Puso cara de cómica contrición, y golpeándose con la palma de la mano, no el pecho, sino el estómago, dijo a sus alumnos: “Mi cuerpo sabe que las regañinas por los excesos, si me las hace en público, son más eficaces”. Una guapísima alumna que estaba enamorada de él, le dedicó una amplia y arrobada sonrisa exculpatoria.

A los cuarenta y cuatro años. Cortó su explicación y, sin dejar el tono doctoral, comentó: “Nuestros órganos son como nuestros hijos adolescentes: cuanto más queremos meterlos en cintura, más se nos rebelan”. Una alumna cuchicheó algo con su compañera, algo completamente ajeno a la situación, pero él creyó haber leído en los labios de la chica, dirigida contra su persona, una frase insultante.

A los cincuenta y cuatro años. Tenía una barriga prominente, que su cinturón constreñía cuando se sentaba. Cuando sus tripas sonaron, sus alumnos, que en absoluto silencio comentaban absortos unos pasajes de una novela de Eduardo Mendoza, levantaron inquisitivos las miradas. Él comentó: “En mi testamento tengo hecha donación de mis tripas, por si se pueden aprovechar, no para remedio de algún enfermo, que eso no lo creo posible, pero sí para hacer cuerdas de violín, porque son muy sonoras.

A los sesenta y cuatro años. Él mismo no identificó con precisión la procedencia de tal ruido. Primero le pareció el de una cisterna próxima; luego sintió que la cisterna estaba dentro de su propio cuerpo, y que lo que descargaba no era agua, sino sangre. Unos segundos antes de derrumbarse sobre la tarima, comprendió que la guadaña del Ángel Exterminador lo había segado por la cintura, o sea, que acababa de cometer la impudicia de morirse delante de los alumnos.