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Cine de pueblo

En el pueblo de mi infancia no había un cine; había dos: La Cuadra del Comparito y El Corralón del Quini, que eran, respectivamente, el cine de invierno y el cine de verano. Como ya podéis deducir, no eran espacios dedicados exclusivamente a la proyección de películas: la cuadra seguía siendo cuadra y el corralón seguía respondiendo también a lo que su nombre presupone. Los días de cine –uno o dos a la semana—el dueño del tinglado (que aparecería en su momento conduciendo su automóvil y portando la máquina, los rollos de película y la sábana que servía de pantalla) hacía llegar el cartel anunciador con antelación suficiente para que a media tarde los dos chaveas más afortunados del pueblo, el Cuco y el Larguiche, lo pasearan por las calles seguidos de la chiquillería. Eran los más afortunados porque siempre salían imbatidos en las peleas y ¡porque no pagaban la entrada en el cine! Sólo con pasear el cartel y granjearse la envidia del populacho, ya tenían derecho a pasar al otro lado del portón con ínfulas de sultanes y fumando, además, como dos pistoleros en el saloon. ¡Con lo que a muchos nos costaba juntar los diez reales –2,50 pesetas—que había que pagar por el derecho de ver cada uno de aquellos sueños artificiales! Sentados, por supuesto, en el santísimo suelo, que allí el que quería poner culo en silla tenía que llevarla de su casa, cosa que nunca hacíamos los niños ni nos hubieran dejado hacer nuestras austeras madres.

Las películas que más nos gustaban eran las de indios. “¡Copón, de indios!” fue la frase de José Luis el de José Nariz en Pringue que se popularizó y se hizo habitual para ponderar no sólo una buena película, sino una buena cualquier cosa. Otra frase con la que se resumían las cualidades que se esperaban en una película que mereciera la pena era: “De tiros, puñetazos y bien larga”. Recuerdo que la película Calabuch, de Berlanga le pareció al pueblo entero tan mala, que casi estalla un motín para exigir la devolución del importe de la entrada; aquello había sido una tomadura de pelo: pagar por ver un pueblo lleno de catetos, como el nuestro, en el que se presenta un viejo chiflado al que la maestra adopta para que le borre la pizarra y le haga otras faenas por el estilo. Luego, en el sermón, el cura echó la reprimenda a la pandilla de brutos que tenía por parroquia, reprochándonos que no nos gustara una película tan bonita como Calabuch, y que prefiriéramos películas abominables en las que unos hombres asesinaban a sus hermanos, o películas de mujeres que vivían, con toda evidencia y sin muestra alguna de arrepentimiento, en pecado mortal.

En fin; esta fue mi etapa buena como cinéfilo; que luego me fui al seminario y allí sí que escaseaban las películas.

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