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Hay programas musicales en la radio, en RNE, seamos claros, que oigo con agrado; algunos de ellos, desde hace muchos años. Las voces de sus presentadores me son tan familiares como la de mi amigo Fulano, la de mi prima Zutanita o la de mi compañero Menganillo. Pero como veo poquísimo la tele y no accedo a revistas ilustradas –que son demasiado ilustres para mí–, no conozco el aspecto facial que enmarca la boca que emite tales voces. Hoy he tenido el pronto de buscar esas caras en el Google, tarea en la que he tenido un éxito casi rayano en el fracaso. Lo cual me ha encantado. Me contentan ampliamente sus voces, que me presentan, que me comentan maravillosas músicas; melodías y ritmos que me pasean por el cielo como si una mágica alfombra me llevara. Seguramente estos magníficos, geniales presentadores, no conseguirán hacer de mí un discreto entendido en música clásica o salsera o country norteamericana (tengo oídos de burro, en eso me parezco al rey Midas); pero si la Parca me sigue dando tregua y ninguna otra traba me lo impide, seguiré oyendo las piezas que programan, sus comentarios irónicos, risueños, cordiales, hiperbólicos; y con ellos seguiré deslizándome por los hielos de los cielos como un ave marina. Y no necesito ver las caras (caras son para mí aunque no las vea) de tan maravillosos profesionales de la música radiada. Ahora que los avances tecnológicos, que nos ponen las fotos de los famosos hasta en la punta del condón, nos están haciendo regresar al analfabetismo del medievo, yo me quedo con mi radio, con mis libros, con mis periódicos digitales en ver sólo texto. Siempre sin prescindir ni abusar de lo mejor y más estimulante, la grata conversación en vis a vis, la única que cura, según dice la fonte, la dolencia de amor; ¿cómo? “Con la presencia y la figura”.