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Peses

Mis compañeros de instituto y un servidor somos peses: profesores de enseñanza secundaria. A muchos de nosotros el título con el que nos distinguió la Administración, tras las correspondientes oposiciones, fue el de Profesores Agregados de Bachillerato. Un buen día un decreto, sin la más mínima protesta por parte de los afectados, nos convirtió en peses; con ello nuestro campo de actuación “crecía hacia abajo”: ya no impartiríamos las clases sólo en Bachillerato –el COU se extinguía–, sino también en esa enseñanza primaria prolongada que es la ESO.

Yo no digo que la labor o la preparación de los peses sea impecable e inmejorable. Pero sí digo que admiro a la mayoría de mis compañeros por su competencia laboral, por su dedicación, por su amor a la asignatura que imparten y a la profesión… Compañeros que se pasan muchas horas corrigiendo exámenes o ejercicios, que hacen cursos de doctorado, que colaboran en revistas científicas, que organizan congresos o jornadas culturales, que escriben libros de investigación o de creación, que participan en organizaciones de carácter social cuyo objetivo es atender a las necesidades de los más desfavorecidos… Todo lo cual supone cientos de horas de trabajo, reuniones, viajes cuyos gastos corren de cuenta del des-interesado, postergación de la vida familiar…

Yo no digo que no haya fallos en nuestra actuación en los institutos, entre otras razones porque a la Administración parece no importarle nada más que lo que dicen los papeles (si es que alguien los lee: programaciones, memorias, informes, diarios, actas… un mar de burocracia que quiere asfixiarnos a todos), y que no trascienda a la opinión pública ninguna noticia alarmante que pueda implicar a los que asientan sus anchas posaderas sobre los altos solios. Yo no digo que no haya fallos, pero veo un alto nivel de profesionalidad, de entrega y de preocupación por los buenos resultados del trabajo…

Y lo que más sentimos muchos es que donde el desprestigio está minando más a la profesión es en los centros públicos… Por disparatado que parezca, esta sociedad parece querer volver a la situación de que haya una buena formación sólo para los hijos de quienes la puedan costear… Sin embargo, antes de que se implantara la LOGSE, en este país nadie había dudado de la calidad de la enseñanza en los institutos… Era en los centros privados donde se encontraban profesores sin titulación (que no podían firmar las actas de las calificaciones de los alumnos…) y otros similares chanchullos, como la explotación inmisericorde del profesorado. Cuando yo fui alumno (hace la tira de años, claro) de 6º de Bachillerato, en un colegio privado de mucho prestigio, tuve de profesor de Literatura a un cura que de Literatura sabía bastante poco, y que empezó los estudios de Filología Románica cuando yo casi los estaba terminando… Es cierto que, excepcionalmente, puede haber un profesor de vastos y profundos saberes y sin títulos académicos: desde luego, no era ése el caso del cura-profesor del que les hablo; no debía aquel hombre de ser nada aficionado a la lectura… No obstante, los alumnos adquiríamos bien los conocimientos y la formación correspondiente a cada curso: porque trabajaban los profesores y trabajaban los alumnos; y porque los libros de texto no estaban sólo para mostrar las ilustraciones; y porque a los profesores se les reconocía una autoridad, y contaban con el respeto de todos.

Sin embargo, cada día en estos tiempos, el buen trato, la consideración y el obligado respeto a los profesores es más conculcado por parte de alumnos, padres y sociedad en general. Un profesor no se merece un usted, ni un don delante de su nombre; ni siquiera su nombre, sino algún apelativo familiar con el artículo delante, o un mote vejatorio. Y para que se vea cómo desde la televisión se colabora para la buena marcha de esta corriente cultural, una cadena privada, según acaban de contarme, premia en un concurso al alumno que le haya colocado a alguno de sus profesores el mote más ingenioso…

    En estos tiempos en que hemos desarrollado una fina sensibilidad para no herir a nadie por ser portador de alguna diferencia respecto a la mayoría (discapacidad física o psíquica, edad, sexo, raza o religión…), encontramos normal o incluso divertido que el “profe”, el “maestrillo”, pueda ser objeto de insultos, vejaciones, agresiones físicas, ataques contra sus bienes y propiedades, difamación o calumnias.

Mal va una sociedad que tanto desautoriza a los que nos dedicamos al nobilísimo ejercicio de la docencia, que trata a palos a sus peses.

[Escritas estas líneas a mediados de 2001, no han perdido vigencia; la situación del profesorado de Secundaria (¡el estado de la Educación Secundaria!) ha seguido evolucionando a peor, y seguirá evolucionando a peor porque los que nos mandan no quieren ver la realidad: sólo quieren ver papeles.]