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Don Quijote. Acto I, escena II

“Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad si mandáis algo en que pueda seros de provecho, que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde muchacho fui aficionado a la carátula y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula.” (II, 11). Así, con estas palabras que pasan de la cortesía caballeresca al fraternal afecto, hubiera despedido don Quijote a los cómicos de la Compañía de Angulo el Malo, aderezados que estaban para repetir la representación de Las Cortes de la Muerte, si el demonio no se hubiera entrometido. La vocación teatral de Alonso Quijano era ya, según vemos, patente en su niñez. Y tampoco hay duda de que su creador, Miguel de Cervantes, había sentido esta afición desde la infancia; y para comprobar este hecho basta leer el prólogo de Ocho comedias y ocho entremeses. Cervantes, en su madurez, recuerda perfectamente cómo eran las representaciones de la compañía de Lope de Rueda, y puede enjuiciar los versos de las comedias de éste por los que todavía guarda en su memoria, a pesar del paso de tantos años: “…dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda, varón insigne en la representación y en el entendimiento. Fue natural de Sevilla y de oficio batihoja, que quiere decir de los que hacen panes de oro; fue admirable en la poesía pastoril, y en este modo, ni entonces ni después acá ninguno le ha llevado ventaja; y aunque por ser muchacho yo entonces no podía hacer juicio firme de la bondad de sus versos, por algunos que me quedaron en la memoria, vistos agora en la edad madura que tengo, hallo de ser verdad lo que he dicho.” En este prólogo por dos veces se excusa Cervantes de salirse de los límites de su natural modestia para reconocerse a sí mismo sus propios méritos como dramaturgo, sin que ello le haga dejar de elogiar al más grande: “Entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzose con la monarquía cómica”.

Volvamos al personaje. Alonso Quijano, hidalgo de modesta fortuna, se dedica a unas cuantas aficiones que, según avanza su edad, se le irán haciendo más y más insatisfactorias: la caza… Y la lectura: con ella va llenando sus horas de ocio. A la vista de su biblioteca en el capítulo del escrutinio, parece exageración del narrador lo de la venta de tierra para comprar libros: “y llegó a ser tanta su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías” (I,1). Sabemos, además, por el contenido de su biblioteca, que no leía solamente los libros de caballerías. También, por ejemplo, poesía; y, por lo menos la buena, no sólo la leía, sino que la releía hasta aprendérsela de memoria, como manifiesta al entrar en la casa de don Diego de Miranda y ver las tinajas del Toboso; son los versos del soneto X de Garcilaso los que se le vienen a la boca: “Y suspirando y sin mirar lo que decía, ni delante de quién estaba, dijo:

–¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,

dulces y alegres cuando Dios quería!

(II,18)

Ya en II, 16 había manifestado don Quijote su amor por la poesía (amor igualmente heredado de su creador) en un bello discurso del que “admirado quedó el del Verde Gabán”; y que aburrió a Sancho, el cual prefirió la compañía de los pastores y el aprovisionamiento de requesones.

No sólo amor por el teatro, por la caballería y por la poesía ha sentido el hidalgo manchego a lo largo de su vida. También lleva doce años enamorado (aunque no haya cruzado una palabra con la mujer que le ha provocado tal pasión) de una labradora ruda y, según los indicios que Sancho deja caer, bastante libre y liberal en el trato con los hombres: “Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire” (I, 25). ¡Son las travesuras del amor! Y un acicate más para que Alonso Quijano renuncie a la anodina y absolutamente insatisfactoria vida que lleva, para vivir la vida libremente elegida por él: la vida de caballero andante.

En I,1, tras la escueta y poco fiable presentación del narrador, lo tenemos ya afanado en  la preparación de su obra: es un autor teatral que está montando una representación que no parte de un texto concreto (se irá improvisando sobre la marcha…) ni tiene otro escenario que el ancho mundo; y en la que el mismo autor o director será el protagonista. Sí son importantes los nombres: del caballero, de la dama, del caballo; si no hay nuevos nombres, no hay nueva realidad. Las armas pueden ser casi de atrezo: valen las “que habían sido de sus bisabuelos, que tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón” .

Y ya tenemos al caballero en la primera escena: todo un día cabalgando solo, para ir empapándose de su personaje, para olvidarse de Alonso y ser don Quijote. Cae el día, está cansado, pero se siente totalmente imbuido de su nueva personalidad; y demuestra que lo está cuando entran en escena (¡la escena II!), en la puerta de la venta, las “dos mujeres mozas, de estas que llaman del partido”. Son dos prostitutas jóvenes y de baja estofa que quieren llegar, al arrimo de los arrieros, al emporio de Sevilla (son, por tanto, la versión femenina de Rincón y Cortado)  y abrir en ella la tienda de sus encantos y habilidades. La reacción de las chicas ante tan estrafalario personaje es primero de susto; y don Quijote intenta tranquilizarlas: “Non fuyan las vuestras mercedes, ni teman desaguisado alguno, ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran”. Las jóvenes no dicen nada; sólo miran a don Quijote (ya no les inspira tanto miedo) y se ríen al oírse llamar doncellas, “cosa tan fuera de su profesión”. Es demasiada la rudeza y falta de mundología de la Tolosa  y de la Molinera para darle la réplica al caballero (qué distinta la personalidad y la actuación del ventero en la escena siguiente). Algo se enfada don Quijote ante la risa tonta y álala de las mozas, y en su siguiente réplica hará uso de la firme reprimenda, si bien envuelta ésta en funda de terciopelo: “Bien parece la mesura en las hermosas, y es mucha sandez además la risa que de leve causa procede; pero non vos lo digo porque os acuitedes ni mostredes mal talante, que el mío no es de ál que de serviros”. Mas adelante veremos que este lenguaje ha hecho efecto en las mozas (no son tan lelas como parecen), que, unas horas más tarde, estarán a la altura de las circunstancias en la ceremonia en que don Quijote es armado caballero.

El caso es que hay tanta destreza artística en esta confrontación entre teatro y vida, está tan sabiamente combinada la comicidad con la gravedad, la realidad con el ideal, que se comprende que ya Miguel de Cervantes no quiera abandonar a su criatura mientras ésta aliente; y que don Quijote no esté dispuesto a salir de su papel así como así: sólo ante las puertas de la muerte, cuando cualquier creyente ya no aguarda sino la misericordia de Dios no por el papel representado sino por cómo lo ha representado, declara el personaje: “ya yo no soy don Quijote de la Mancha” (II, 74), reconociendo implícitamente que lo ha estado siendo hasta entonces, como hizo notar Torrente Ballester en su estudio de la obra.

Alonso Quijano ha vivido según su ideal, sin esperar a que el mundo le ofreciera unas condiciones mínimamente razonables para ello; y esa elección ha sido su contribución personal, heroica sin duda, para el mejoramiento de sus congéneres.