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La charca

No eran del aire. Se deslizaban enhiestos y lentos por entre la acuática vegetación sin apenas un roce. Sus miradas, en el remate de sus cuerpos silentes y sinuosos, eran estáticas, flamígeras e imperiales. Atraído por el silencio abismal de aquellas aguas cenagosas, germinales y nutrientes, llegaba yo fascinado a sus riberas. Me sentaba en el suelo junto al borde fangoso, la espalda apoyada en alguna junquera o en un tronco de mimbre, y miraba los lentos movimientos que en la superficie se iban produciendo. Las hojas de las aneas, más que moverse por la brisa, alentaban o respiraban sin rumor. Pasaba ratos y ratos allí, y jamás hablé de ello con nadie. Supongo que la atracción que ejercían en mí aquellos parajes pantanosos, de aguas túrbidas y tibias, de vivos silencios palpitantes, se asemejaba al sobrecogimiento religioso que el creyente experimenta en la inmensidad divina de una catedral. Algunos años después, cuando me vino la fiebre del estudio, supe de aquel personaje llamado Deucalión, el superviviente que vio brotar de nuevo la vida a partir de las aguas limosas del diluvio. Parecida a la suya debía de ser mi contemplación extática y admirada.

Entonces mi edad de joven barbiponiente, fronteriza de la escuela y del trabajo de campesino al que estaba destinado, me permitía esas temporadas de libertad iniciática, en las que yo asimilaba, a través del contacto con la tierra y sus criaturas, una herencia de vida rural tan antigua que se perdía en las brumas neolíticas. De las prácticas cinegéticas a las sexuales, y de éstas a aquéllas; de la lícita recolección de los frutos espontáneos del suelo o de los árboles (collejas, macucas, madroños), al sigiloso y vulpino robo de animales de corral: todo en aquella época tenía significado y valor de rito de acceso al mundo de los adultos. Al niño la vida le viene de sus padres; el campesino la encuentra en la tierra. La amistad era el rito del secreto compartido: se comparte el paraje recóndito donde se ha pasado el día en furtivos acosos venatorios, el momento triunfal de la posesión de una mujer en un umbrío ribazo, una cuita sentimental, el escondrijo en que un vecino guarda oculta una vieja y dudosa pistola.

¿Dónde está ahora aquel mundo? Sé que algunos amigos de aquella remota adolescencia han quedado atrapados en ella, y siguen viviendo como si aquellos ámbitos no se hubiesen terminado. Alguno, me consta, ha mantenido el ritual de masturbarse cada tarde en la espesura del olivar o la alameda; en el maizal, el sotobosque o la maleza de un regato; bajo la lluvia fina del otoño gris o en las siestas sudorosas de la canícula: ¡ya cuadragenarios! Se han parado en un recodo del tiempo del que a mí sólo me es dado recomponer una imagen borrosa y frágil con algunas piezas de desguace del desván polvoriento de la memoria.

Mi vida familiar ya había perdido su consistencia. Mi padre había dejado de ser mi padre, y los dos, tras una seca respuesta, nos mirábamos a veces con el mismo silencio expectante, buscando cada cual los indicios de la identidad de su oponente. ¡Qué lejos estaba aún de saber cuánto están condenados a parecerse los contrarios! Todas las edades de mi vida las tengo asociadas a sueños reiterados, sueños que se hacían familiares a fuerza de visitarme; con ropajes que los hacían novedosos, pero sustancialmente idénticos; quizá evolucionados con las lentas variaciones que las cosas vivas van experimentando por el paso del tiempo. De la edad de mi adolescencia, el sueño reiterado que recuerdo tenía por centro del escenario a mi padre. Aparecía dentro de un ataúd destapado, su cuerpo yacente completamente rodeado de flores, siempre amarillas las de las proximidades de sus sienes algo canas. Mantenía los

ojos abiertos y videntes, mas lo miraba todo con la misma ausencia de emoción. Ajenos y ausentes eran también los leves movimientos de su rostro y de sus manos –manos grandes, que parecían desorientadas, perplejas, olvidadas de su viejo oficio, que sólo se alzaban en un gesto automático para espantar alguna mosca que se había posado sobre ellas, o sobre la piel cetrina, rugosa y áspera de su cara-. Frente a esta pasividad ultraterrena y muda de mi padre, llegaba la voz (no siempre ella misma: como si hablara desde otra habitación), la voz impaciente y percutente de mi madre, que emitía quejas y reproches cuyo contenido jamás era claro, pero que duraban mientras mi padre vivimoriente yacía en escena. A veces también aparecía ella arrastrando dolencias, y yo veía cómo el gesto de su rostro era exactamente el contrario del de mi padre: expresaba sufrimiento, exasperación, ira, fatiga, rencor. Nunca supe la razón de su reproche o de su queja, en aquel sueño en el que yo era sólo una mirada absorta y silenciosa. Una mirada semejante, seguramente, a la que mantenía mientras contemplaba los demones en el pantano de Lamoya.

Mi igual atención no obstante, la atracción con que me atrapaban aquellas dos fuerzas misteriosas convergía en mi espíritu desde polos opuestos. No sé si entonces lo supe, pero no tengo duda ahora sobre ello: en el fango de la charca, en aquel limo pútrido y cálido estaba enterrado todo mi pasado, que yo no debo remover para no irritar a sus impasibles y silenciosos veladores; en la impasibilidad del rostro de mi padre estaba escrito mi futuro, siempre igual de mudo en aquel presente preñado de preguntas.