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Orgullosos, ¿de qué?

Fui muy cinero en mi juventud. Con la edad, he ido perdiendo el gusto para el cine y, no digamos, para la televisión. Creo que esta evolución tiene que ver con la importancia mayor o menor de los sueños y ensueños en las distintas etapas de la vida. En ésta de la mía, como cantaba George Moustaki: “moi, qui ne rêve plus souvent”.

No obstante lo anterior, en la noche del último jueves vi parte del programa de “Tengo una pregunta para usted”, en el que el “usted” era Mariano Rajoy, el líder del partido de la oposición. De pasada, puesto que no es este mi tema de hoy, diré que la impresión más penosa me la produjeron los ciudadanos que tenían que echar mano de su papelito para hacer su pregunta; aunque ello le debía de parecer magnífico al moderador, quien elogió a los preguntantes por llevar “los deberes hechos”. Por todas partes nos toman por niños, ¡qué hartazgo!

En fin, aquí sólo quería comentar una de las preguntas; no la respuesta que obtuvo. Un señor preguntó a Rajoy, más o menos: “Si usted tuviera un hijo homosexual y se casara con otro homosexual, ¿se sentiría orgulloso de ese hijo suyo?” Orgulloso… Según lo que entendemos la mayoría de la gente hoy día, en este ámbito cultural, que es bastante amplio, la homosexualidad está en la naturaleza de algunas personas, como el ser velludos, rubios o de ojos verdes. ¿Hay que estar orgullosos de algo que gratuita y azarosamente nos da la naturaleza, o de aquellas cosas buenas que conseguimos, o consiguen nuestros hijos, con su esfuerzo y dedicación? ¿O el mérito está en casarse con alguien del mismo sexo, en un país como España, donde hay una ley que aprueba y regula estos matrimonios? Y si lo que hubiera fuera una ley que, en lugar de llamarlos “matrimonios”, los llamara “emparejamientos”, ¿el padre de un homosexual debería estar orgulloso o avergonzado de que su hijo se uniera en “emparejamiento” con otro joven de su mismo sexo? ¿Debe estar orgulloso el padre de que su hijo sea moreno, o andaluz, o español? Pues lo mismo.

Y para terminar mi reflexión: los hijos están tan cerca de los padres (creo que los padres seguimos sintiendo a los hijos como parte de nosotros incluso cuando se hacen adultos), que éstos deben ser muy parcos a la hora de opinar sobre cualquier mérito o demérito de los hijos. Lo mismo que nadie es buen juez de sí mismo, tampoco lo es de sus hijos. Con gran economía de palabras expresa esta idea el príncipe don Juan Manuel –me refiero al escritor castellano del siglo XIV- en uno de los muchos aforismos que nos dejó al final de El conde Lucanor: “Todos los omnes se engañan en sus fijos e en su apostura e en sus vondades e en su canto”.

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