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El gazpacho en la era

Estábamos en la era, ocupados en las tareas de la parva: mi padre, mi tío Santiago, mis hermanos… En la sombra del granado cercano estaba colgada la damajuana del agua, forrada de pleita. En los alrededores los pollos picoteaban. Se trabajaba desde las primeras luces del alba, de modo que, cuando apretaba el calor en las horas cenitales, el cuerpo nos pedía un descanso. “La hora del Ángelus”, decía mi tío sin pensar para nada en el rezo de la oración. No sé si para él tendría algún sentido religioso la operación que seguía: los prolegómenos del gazpacho. En la glorieta formada por un grupo de olivos grandes nos juntábamos para colaborar en aquel sabroso menester: pelar el pepino, picar el tomate, migar el pan. Con frecuencia acudían amigos: los que no tenían parva, o salud, o edad para trabajarla, los que vivían en un mundo de inocencia, más allá de las agrias obligaciones del trabajo, y se sostenían al arrimo de vecinos y familiares. Ciertamente era un rito aquel frugal almuerzo de cuchara –¡malo para quien no tuviera la suya en la mano!–; rito también por lo mucho que nos reíamos. Desaparecía misteriosamente la cuchara del Antoñico, que ya andaba enredado en los vericuetos de la demencia senil. Y el tío Santiago decía solemne: “Antoñico no quiere gazpacho.” “Sí quiere”, respondía Antoñico compungido. “Antoñico no quiere gazpacho”, repetía, como si no lo oyera, el tío Santiago, provocando varias veces idéntica respuesta, cada vez más vehemente y desolada. Hasta que Antoñico soltaba su “sí quiere” precedido de una contundente blasfemia. Entonces estallaban las risas, y aparecía, con idéntico misterio, la cuchara del Antoñico. Y ya todo era paz y todo era concordia en torno de aquella fuente, a la que acudían diligentes las cucharas de todos. Y los ruidos y las voces del parco refrigerio  formaban como una isla, rodeada por la monodia cansina de las chicharras.