• Páginas

  • Archivos

  • junio 2007
    L M X J V S D
    « May   Jul »
     123
    45678910
    11121314151617
    18192021222324
    252627282930  

Sin tocar el suelo

En mi última caminata sabatina, por los parajes del río Dílar, llegó de pronto a mis oídos, con extraordinaria nitidez, el golpeteo de cascos de caballos. Y pude verlos: muy pequeños por la distancia a la que se encontraban, en la otra vertiente del profundo y ancho valle. No eran más de tres o cuatro… Se me ocurrió intentar imaginarme lo que sería el estruendo producido por una carga de caballería: mil caballos al galope montados por mil demonios de la guerra, que empezaban a aullar cuando olían la sangre del enemigo.

Siempre me han gustado las películas con caballos, que generalmente son también películas de amplios paisajes, de vida al aire libre. Las películas del oeste americano son las que más hemos visto casi todos los de mi generación; pero no menos nos han gustado, cuando han sido buenas, las películas de caballeros europeos anteriores a las armas de fuego, cuyo aborrecimiento tan encarecidamente manifestó el caballero don Quijote en su discurso de las armas y las letras. Porque no sólo son atractivos los caballos en el cine: también en la literatura. No sólo por los caballeros, seguramente también por los caballos tuvieron tantos aficionados las novelas de caballería del siglo XVI, cuya serie se cierra y se culmina con la de Cervantes; quien, como ha hecho notar algún crítico de las últimas décadas, fue un voraz lector del género; de modo que su novela, si es una parodia de los amadises, los palmerines y los olivantes, también es un melancólico homenaje de todos ellos.

¿Y qué me dicen de los libros en que el protagonista es el gaucho de la pampa? Ese don Segundo Sombra con su tropilla que es como su casa, o el mismísimo Martín Fierro…

El caballo es sin duda el animal más hermoso de la Creación, el regalo de Poseidón a los atenienses, pueblo que, precisamente por ser mucho más marítimo que terrestre, antepuso el regalo de Atenea, el olivo.

Muy pocas veces he montado a caballo… La primera de ellas, cuando tenía no más de ocho o nueve años. Lo recuerdo muy bien por la impresión tan fuerte que me produjo; y porque fue el día en que gané mi primer jornal como trillero. Mi tocayo Antonio, el gañán de Enrique Gómez (uno de los ricos del pueblo), me alzó en volandas y me colocó sobre el lomo en pelo de Babieca (nombre, como todo el mundo sabe, de ilustre abolengo), una yegua percherona como un transatlántico encaramado en cuatro torres, que formaba yunta con un mulo blanco tan enorme como ella. ¡Y hala!, ¡a romper parva!, a deshacer los haces del cereal con el pataleo potente de las bestias, hasta dejar la parva en condiciones de meter la trilla.

No creo que vuelva a montar a caballo en lo que me quede de vida. Entre otras razones, porque ya me voy acercando a esa edad en la que no me aceptarían como alumno en la escuela de hípica. Pero me sigue atrayendo con fuerza la bella estampa del animal más noble, solo o con un jinete que lo sepa tratar con el tacto, la lealtad y el cariño que se merece ese quizá inmerecido regalo del dios del mar a los humanos.