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Micorrelatos

Brujuleando hoy por los interneles, he leído, en no recuerdo qué revista digital, un artículo sobre microrrelatos, ese género genial para escritores y lectores perezosos. En tal artículo aparecía el siguiente microrrelato, compuesto por un título bastante más extenso que el cuerpo del relato: “Autobiografía. Yo.” Por supuesto, también era comentado el más famoso de todos los de Microrrelatolandia, ese de Augusto Monterrosso que dice: “Me despertaron los ronquidos del dinosaurio”, o algo parecido. El articulista también comentaba otro, según todos los indicios, supermicrorrelato de Ernest Hemingway: “Se venden zapatos de bebé, sin estrenar” (For sale: baby shoes, never worn).

La gracia del microrrelato está en que todo el tiempo que no te pasas leyendo, te lo tienes que pasar rumiando, intentando encontrar el sentido a la sibilina frase. Así, en el caso de este “For sale”:

-¿Moriría al nacer el niño que iba a ser el dueño de aquellos zapatos, enredado su cuello en el cordón umbilical?

-¿Habría muerto la inminente madre en un accidente de automóvil cuando la llevaban a la clínica para dar a luz?

-¿Lo de “sin estrenar” querrá decir que el niño no ha andado nunca con ellos por que los bebés no andan?

En la ciudad en la que vivo, creo que la mayoría de la gente pensaría algo como esto al leer tal anuncio (porque un anuncio es, y no un relato): “El contenedor que han desvalijado en el puerto, esta vez estaba lleno de zapatitos de bebé; que seguramente acababan de llegar de Taiwán o de Vietnam.

A mí esto de los microrrelatos casi me suena más a micorrelatos, porque tengo la impresión de que, a poco que se les deje, podrían brotar como las setas en el bosque.

¿Y si Clarín se equivocó al escribir La Regenta, y en lugar de la extensa novela tenía que haber escrito una numerosa colección de micorrelatos? Me planteo la tarea de acometer yo mismo, este verano que hoy comienza, la tarea de desmenuzar en minirrelatos la vida de Ana Ozores. El primero de los varios miles de que constará la colección será el siguiente:

Mientras la heroica ciudad dormía la siesta,

un dinosaurio con sotana se mantenía al acecho.

¿Y quién sabe? Lo mismo ya, por fin, me gano un premio literario.