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Papa Miguel

Debió de ser de fina inteligencia natural, aunque analfabeto. Entre los trabajos agrícolas que pocos hombres sabían ejecutar y que él dominaba, estaba el de la preparación de la tierra para el riego mediante el manejo de las niveletas (busco esta palabra el diccionario de la Academia y no la encuentro). Las niveletas son (o eran) una pareja de instrumentos de madera de aproximadamente metro y medio de altura, que se clavaban verticalmente en el suelo a cierta distancia el uno del otro… En el plano horizontal superior de uno de ellos se colocaba el nivel… Se trataba, por tanto, de una operación similar a las que hoy vemos realizar a los topógrafos…

Mi abuelo Miguel, puesto que de mi abuelo materno estoy hablando, buscó la vida de muchas maneras, como cualquier desheredado de la fortuna; no obstante, parece que predominantemente ejercitó el oficio de marchante de ganado a pequeña escala. Alguna vez, cuando él ya era viejo y yo niño, padeció algún percance: una vaca le aplastó las costillas contra una tapia. De aquel caso yo recuerdo sobre todo las penas y lamentaciones de mi madre. Por lo demás, verlo llegar al pueblo arreando un hato de toros desde la sierra, constatar la admiración que su aparición provocaba en los demás niños, eran para mí motivos de un orgullo imborrable.

Fue un hombre bueno, pero no tuvo suerte en la vida. Su esposa, mi abuela Rosario, murió cuando mi madre, la más pequeña de los cuatro hermanos y la única hembra, sólo tenía seis años. Crió a sus hijos como mejor pudo, con la ayuda de una hermana soltera que siempre vivió con él, la tía Isidora. Cuando ya los dos varones mayores fueron realmente mayores de edad, llegó la guerra y se los llevó para siempre. El pequeño, a quien debo el nombre, murió también en la flor de la edad, de una enfermedad terrible y fulminante…

Todos los amores de mi abuelo se volcaron entonces en su hija, su única hija. Pero también en este caso hubo algo que falló, y que se convirtió en una fuente de dolor para mi abuelo: mi madre se casó con un hombre al que mi abuelo no apreciaba, lo que no hubiera sido tan grave de no haber vivido todos bajo el mismo techo.

Mi padre había vuelto de la guerra con veintisiete años, y una mano detrás y otra delante. Una vez novio de mi madre, empleó el procedimiento expedito para un casamiento rápido: el embarazo… De modo que mi hermano Miguel presenció en su particular reclinatorio, el vientre de mi madre, la ceremonia de la boda.

Los primeros años vivieron, mi padre y mi madre, de acá para allá, sin encontrar el necesario acomodo. Más tarde fue mi abuelo el que pudo comprar una casa, y mis padres en ella se instalaron, con el abuelo y la tía Isidora… Pero, ya digo, no se llevaban bien. Pienso que por parte de los dos sería una cuestión de celos y una cuestión de espacio; porque estoy seguro de que también mi padre era un buen hombre, aunque a veces proyectara contra mi abuelo sus amarguras: las dificultades para sacar adelante a sus tres hijos.

El amor de mi abuelo por su hija se vio continuado de manera natural en sus tres nietos, varones los tres, que, en parte al menos, lo consolarían de la pérdida de los hijos. Aunque murió cuando yo sólo tenía ocho años, su presencia en mi vida ha sido permanente… Las paradojas de la vida: lo que para mis padres seguramente fue perniciosísimo, convivir con mi abuelo, para los nietos fue una gran ventaja; nos nutrimos al máximo de aquel amor de abuelo…

A los tres, sin duda, nos quería con locura, pero quizá a mí, por ser el pequeño, me quisiera más. Cuando yo andaba por los seis o siete años, si había tiempo disponible para ello, solía decirme: “Tráete el libro y me lees un poquito”. Yo iba a la casa, cogía el libro de lectura de la escuela, y me llegaba a leerle… Creo que nadie ha disfrutado ni disfrutará oyéndome leer como él disfrutaba. Cuando acababa mi lectura, me daba una moneda que era una fortuna para un niño de mi edad (y de mi ambiente), y el motivo de la envidia de mis amigos; admiración sana más que envidia, ya que yo solía compartir con ellos aquellas larguezas de mi abuelo.

Julio de 2001