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En agosto

Los ríos, hastiados de tanto repartirnos el agua a los humanos, el agua que no nos merecemos, se echan en sus lechos, deprimidos, estiados, aceptando la muerte como la solución menos sucia.

Los montes se dejan achicharrar por el sol inclemente, aguantan la murga de las chicharras, añoran a las nubes protectoras, sufren el agostamiento de su hierba, los rasguños y la zapa continua de las alimañas de secarral.

Las criaturas humanas se amontonan en las playas, especialmente en las del Mediterráneo, se agolpan en los chiringuitos para devorar sardinas, que les dejan para toda la tarde un aliento gatuno, se queman hasta el carné, se pulen hasta la extraordinaria del año 2023, y anhelan la vuelta a la vida sencilla y rutinaria que les traerá Septiembre: el bar de la esquina, el partido del domingo, el puteo del lunes…

El autor de Certe patet se va a su pueblo en plan rebañaorzas: comida en casa de la suegra, merienda en casa del hermano, invitación en el bar que siempre paga algún amigo… Y como todos ellos, para mediados de mes, estarán hasta las narices de ser el panoli (el pan con aceite) de tan parásito pariente, de tan incompetente compadre, en la segunda quincena del dichoso agosto el autor de Certe patet no tendrá más remedio que volver a sus cuarteles de invierno, a pasear y leer, sin ser económicamente gravoso para nadie, a escribir cuatro chorradas para ir matando el tiempo, o a quien se asoma a leerlas. De modo que, sufrido visitante de Certe patet, nos vemos cuando pasen dos semanas (aproximadamente). Pásalas bien.

Janés y las alpacas

En El Cultural, suplemento ídem del diario El Mundo, viene esta semana “Una despedida [porque en agosto el suplemento estará de vacaciones] literaria de altura: siete poemas inéditos de siete de los más grandes poetas españoles, de generaciones tan diversas como indiscutible calidad, para paladear ahora que disponemos de más tiempo, y que todo se demora y disfruta más”. El periodista (o la periodista: puesto que aquí las únicas firmas que aparecen son las de los poetas) no se conforma con llamarlos “grandes poetas españoles”: la “indiscutible calidad” también se refiere a los poetas, no a los poemas que aquí aparecen, y que eran, hasta ayer, inéditos. En fin, todos sabemos que un autor puede ser de muy reconocido y merecido prestigio y, un mal día, escribir un churro; porque Aliquando bonus dormitat Homerus (para que no falte el latinajo).

El primero de estos siete poemas es el que copio aquí (no porque sea el primero, ni porque sea el que más me ha gustado: podría comentar un buen montoncito de ‘detalles’ de este poema que claramente, o janésmente, no me gustan):

Volterra

por Clara Janés

Con las trenzas del órgano
y los trigos,
en los segados campos
llenos de alpacas…
El amor se ha llevado la cosecha
como un pájaro,
pero nos queda la tierra
y la plata de la luna.
¿Cuáles son nuestras certezas?
El día y la noche
se dan la mano
en nuestras manos
que, juntas,
borran el tiempo.
Luego
nos espera un lecho
de colinas
y el despertar en la niebla
a las formas indecisas.

Espero que, si ustedes lo “paladean”, le encuentren mejor sabor que yo. A mí me ha suscitado el presente comentario un término, el que subrayo, del verso 3: “en los segados campos / llenos de alpacas…” Esta claro que lo que “llena” esos campos segados son los paquetes de paja que las cosechadoras van dejando esparcidos, en el tiempo de la recolección. Ahora bien, esos “paquetes de paja” , según el DRAE, no son alpacas, sino pacas:

paca2.

(Del fr. ant. pacque).

1. f. Fardo o lío, especialmente de lana o de algodón en rama, y también de paja, forraje, etc.

Extraña más este cambio si se tiene en cuenta que la autora, además de poeta (me gusta más “poetisa”), es una profesional, muy reconocida y premiada, de la traducción.

A mí la lectura de estos versos me ha recordado una anécdota personal de hace bastantes años, de cuando estaba yo de empleado (o subempleado) en el vivero. En cierta ocasión coloqué, para los clientes, un cartelito que decía: “Hay pacas de setas” (pacas de paja humedecidas e inseminadas con esporas de champiñones). A los pocos días, Mª Tere, la hija estudiante de Derecho de uno de los propietarios del vivero, me corrigió el cartelito: “Hay alpacas de setas”. Tuve que invitar a Mª Tere a que mirara el Diccionario.

Adivinanza

· Nació en Madrid, en 1970.

· Hoy ha publicado, en algún periódico de la prensa española, una columna que comienza:

En ocasiones, ‘Zetapé’ da unas pruebas de astucia que desmontan el mito del jipi fundador de una tontocracia. El último ejemplo ha sido el del caso El jueves.

· En el año 2004 publicó una novela cuyo segundo párrafo es  el siguiente:

Es la noche antes del atentado. Es Buenos Aires. Y es Diana. Está sentada sobre la tapa del retrete, supongo que desnuda, tal vez desmaquillada a medias, y Juega al Tetris sin importarle un carajo la partida. Ha dejado abierta la canilla para justificarse dentro del cuarto de baño. Para dar tiempo a que Lucas se quede dormido y no se sienta obligado a coger, vení, flaca,  con esa desgana tan suya como de ya toca cortarse las uñas, con esa fiaca de los últimos tiempos. Se lo contó Diana a una amiga mientras corrían en la cinta del gimnasio, que parece que está pelando una mandarina cuando la desnuda, que luego la ultima tan rápido que parece que hay un taxímetro calculando lo que va a pagar, ahora comprende Diana por qué los cronistas deportivos dicen que Lucas es sólo remate. Arrojas al área al del violín en los Sabandeños y Lucas te lo patea a la escuadra. Dijo El gráfico, “Un nueve vertical que se extravía en las periferias del juego”, así en la cancha como en la cama, así en la cama como en la vida, que cuando Diana intenta explicar a Lucas por qué a veces llora, por qué a veces no sé, che, como que me falta algo,él la mira como si ella tuviera branquias y acabara de bajarse de un ovni, ¿no querés que te haga una beba, y si es eso lo que te falta? Mucho más bife que sushi, Lucas Ferlán, nueve de Independientes que se extravía en las periferias de la cancha.

· En marzo de 2007 ha publicado, en libro, una selección de sus colaboraciones en prensa; libro dividido en tres secciones: Perfiles de El planeta de los simios, Artículos de opinión de Al abordaje, Crónicas deportivas de Barra brava y el Mundial.

· Todo lo que leo de él me parece buenísimo.

Adivina, adivinanza: ¿Cómo se llama  el fulano?

Kite Tarifa School

Cálidos galardones, las delicadas prendas

que cubren las palomas dormidas de sus pechos

(ahora escudos de bronce frente al sol)

han entregado a fuertes paladines

abnegadas doncellas,

para que por su amor se midan en combate

con las huestes de Éolo,

en el ancho palenque del Océano.

Los ardientes suspiros del fiel enamorado

las delicadas prendas inflaman, agigantan,

transforman en flamígeros dragones

cuya cola sutil transporta al caballero,

que veloz se desliza en plena mar.

Mi grupo y yo miramos la contienda

desde la multitud dispersa por la playa.

Luego vamos, valientes, a jugar con las olas,

que levantan sus lomos, simulan engullirnos

con sus enormes fauces

y nos hacen rodar por sus espumas;

son una fuerza blanda y juguetona,

cachorros de mastín.

Ya cansados, volvemos a la arena

y esculpimos en ella

la figura yacente del náufrago Odiseo

en la playa feacia (no ha salido muy bien).

Otra vez nos metemos en el agua,

hasta que al fin, rendidos,

buscamos las toallas,

nuestras pequeñas alas de dragón.

Nos vamos hasta el coche; y, ya en la carretera,

en la carrocería de una gran furgoneta

que nos va precediendo,

con llamativos rótulos,

se anuncia la alta escuela en que los paladines

aprenden a enfrentarse con el viento:

“Kite Tarifa School”.

Elogios y censuras

Las personas corrientes, es decir, la gran mayoría, tenemos una opinión bastante realista acerca de nosotros mismos; nos vemos como una mezcla a partes iguales de cualidades y defectos. Hace ya bastante tiempo, cierto familiar expresaba su opinión acerca de mí en los siguientes términos: “Todo lo que tiene de listo lo tiene de tonto”. No sólo no me molestó tal opinión, cuando otro pariente me contó la anécdota, sino que me pareció absolutamente certera. Pero, si nos paramos a pensar un poco, ¿a quién no conviene esa fórmula?

Así reflexiona José Luis García Martín, en alguna de sus críticas acerca de un poeta actual, aunque a la vez generalizando: Con el tiempo nuestras mejores cualidades se convierten en nuestros peores defectos (no pongo comillas porque cito de memoria). Se refiere a que, efectivamente, lo que en la luminosa juventud de ese poeta fue un hallazgo importante para la poesía, las reiteraciones de tal fórmula o imagen a lo largo de la vida de ese escritor, lo llegan a convertir en una mueca deplorable. Pero también puede ocurrir lo contrario. Y vemos, por ejemplo, que una chica que en su primera juventud nos pareció desgarbada y sin gracia, según va entrando en la madurez, se va convirtiendo en una mujer de inmenso atractivo.

Sabedores de esa tendencia al equilibrio que tiene la vida humana, todos, o casi todos, vemos en la propia motivos para que nuestra opinión acerca de nosotros mismos se mantenga en el fiel de la balanza. Lo que algunos poetas han expresado hablando de sí mismos y a la vez generalizando… Ángel fieramente humano es la escueta definición que hace del hombre Blas de Otero desde el mismo título de su libro. En el cual el soneto titulado precisamente “Hombre” termina con un verso que es otra sucinta definición del hombre: “ángel con grandes alas de cadenas”. Y Carlos Marzal, poeta de nuestro tiempo, reformula en tres versos el mismo concepto: “la bestia equidistante / entre el reino animal / y el reino de los dioses”.

Pues bien, si andamos a medias entre el debe y el haber, ni buenos ni malos sino todo lo contrario, es comprensible que cualquier pequeño elogio, que cualquier leve censura, tenga en nosotros, momentáneamente, un efecto colosal, de cataclismo: el fiel, que estaba tan tranquilo en su posición vertical, sufre un bandazo por un pequeño peso. Pero a continuación la tendencia al equilibrio se impone; y quien hoy recibe una censura, se acuerda de que ayer recibió un elogio; y viceversa. “Memento mori”, recordaba el esclavo al general triunfante de la antigua Roma. Y como figura contrapuesta, recordemos a aquel joven noble de la película1492, de Ridley Scott; lo último que el joven caballero dice, con toda solemnidad, cuando se ve vencido por los del bando de Colón, es: “Nosotros somos inmortales”; e inmediatamente se arroja al precipicio para morir. Es el sentido humano del equilibrio.

Transporte urbano

Esta calurosa mañana [escribo este apunte el día 9 del corriente] he tenido que bajar al centro, de la ciudad de Granada, para realizar una necesaria e insignificante gestión en un organismo de la Administración Pública. Si los ciudadanos realizáramos por Internet todas las gestiones que el buen uso de Internet nos permite, ¿cuántos cientos de miles de funcionarios, refiriéndonos sólo a España, podrían quedar en paro?

Como mi esposa iba a necesitar el coche, he bajado en autobús; para recordar, de paso, los viejos tiempos, de hace cuarenta años, en que este Antonio era estudiante sin moto. El autobús ha mejorado mucho: vehículo nuevo de motor potente y silencioso, regia suspensión, aire acondicionado… Pero no ha mejorado el viaje en autobús; porque la profusión de badenes (la cara opuesta de los baches de antes) someten a los pasajeros, especialmente a los que van de pie, como yo iba, y además en la plataforma trasera, a un continuo zangoloteo, similar al de una atracción de feria, producido por la rítmica sucesión de frenazos, saltos y acelerones (tirones del brazo estibador –sólo el derecho porque en la mano izquierda llevaba una carpeta- cogotazos contra la moldura del aire acondicionado, caídas en el vacío) que demuestran palmariamente que los estómagos e intestinos de mis paisanos gozan de sólidas estructuras. De mis paisanos y de mis paisanas, porque la mayoría de los viajeros eran viajeras. Un grupo de ellas, en los asientos enfrentados de la parte trasera, conversaba en voz bien alta, como de quienes, por su indudable honradez, de todo lo que dicen no tienen nada que ocultar al resto del pasaje. Debían de ser habituales conductoras de automóvil que habían coincidido, entre ellas y conmigo, en tener que prescindir del coche esta mañana, porque el tema de su conversación eran las dificultades que todas ellas padecían para meter su coche en su propio garaje, o para dejarlo aparcado en la propia puerta de la casa: siempre por la desconsideración de los vecinos, en ningún caso por la rapacería de constructores y munícipes. El contenido del coloquio, como digo: las dificultades del aparcamiento en el entorno hogareño; pero las formas estaban trufadas de expresiones de gañán de cuando los había. Quiere decir que ahora las señoras conducen y se conducen y conversan como sus maridos. Y viva la igualdad.

He llegado a mi punto de destino y he efectuado la entrega de documentos, de los que me han devuelto, con sello de registro de entrada, la pertinente copia. Ahora, a esperar sentados la respuesta de la Sra. Administración. Sentados o como sea… Por lo pronto el euro para el autobús de vuelta lo he echado en la caja colectora de un chavalillo que en la acera tocaba un acordeón, nada mal, por cierto; y he regresado andando.

Patet/latet

Mis pacientísimos lectores, repartidos por los puntos cardinales de la brújula (este, o este… dos lectores), habrán estado lamentando, a lo largo de lo que ya son más que muchos días, primero la ausencia de nuevas entradas en Certe patet; y a continuación la ausencia total de Certe patet, convertido temporalmente en Certe latet. Sólo temporalmente. De la primera ausencia es causa mi partida a mi pueblo de Gójar, donde me desentiendo de estos temas, paseo por los campos, hablo con los amigos de toda la vida, visito a las abuelas, bebo buen vino, leo buenos libros, etc. De la segunda es causa el domicilio del propio Certe patet. Me explico.

Sepan mis amabilísimos lectores que a un servidor este blog se lo regaló, en la última Navidad, el hermano de su legítima, o sea, su cuñado, es decir, mi cuñado. Él quería regalarme, en principio, un boli bicolor, y mi legítima, es decir, la su hermana, le dijo que ya tenía un Bic, que mejor me regalara un bloc de notas (ella pensaba sobre todo en las notas que tomo cuando me manda a comprar, ya que al bar casi nunca me manda). Pero mi cuñado, que es muy de la Informática, de la Internavegación y de los Ordenadores, entendió que debía regalarme un blog. Así nació Certe patet, y un servidor quedó contentísimo con tan modernísimo regalo; una vez vencidos, claro está, el recelo y la desconfianza que el artilugio me suscitaba; y aprendidas, sencillísimas, las instrucciones para el uso del mismo.

Para su funcionamiento, el blog necesita dos servidores: un servidor que soy yo (que escribo en él las incesantes gilipolleces que se me ocurren para vergüenza y escarnio del género humano), y otro servidor que es el Megaordenador que da acogida, hospedaje o posada al registrado Certe patet. Según queda dicho, el fluir de las memeces de un servidor, que soy yo, es incesante; pero el Megaordenador Alojador, a lo que parece, no es un cinco estrellas; más parece fonda barriobajera en la que pululan las sabandijas: de hecho cada cierto tiempo lo tienen que parar para desparasitarlo.

O sea, que este blog y yo no somos un río derecho, contradecimos el verso del poeta Celaya; somos más un Guadiana, que emerge y se sumerge cuando le da la gana. Queremos, eso sí, ser un río que avanza de espaldas, que lo acaricia todo con sus ojos de agua, como el río del poeta Ángel González.