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Elogios y censuras

Las personas corrientes, es decir, la gran mayoría, tenemos una opinión bastante realista acerca de nosotros mismos; nos vemos como una mezcla a partes iguales de cualidades y defectos. Hace ya bastante tiempo, cierto familiar expresaba su opinión acerca de mí en los siguientes términos: “Todo lo que tiene de listo lo tiene de tonto”. No sólo no me molestó tal opinión, cuando otro pariente me contó la anécdota, sino que me pareció absolutamente certera. Pero, si nos paramos a pensar un poco, ¿a quién no conviene esa fórmula?

Así reflexiona José Luis García Martín, en alguna de sus críticas acerca de un poeta actual, aunque a la vez generalizando: Con el tiempo nuestras mejores cualidades se convierten en nuestros peores defectos (no pongo comillas porque cito de memoria). Se refiere a que, efectivamente, lo que en la luminosa juventud de ese poeta fue un hallazgo importante para la poesía, las reiteraciones de tal fórmula o imagen a lo largo de la vida de ese escritor, lo llegan a convertir en una mueca deplorable. Pero también puede ocurrir lo contrario. Y vemos, por ejemplo, que una chica que en su primera juventud nos pareció desgarbada y sin gracia, según va entrando en la madurez, se va convirtiendo en una mujer de inmenso atractivo.

Sabedores de esa tendencia al equilibrio que tiene la vida humana, todos, o casi todos, vemos en la propia motivos para que nuestra opinión acerca de nosotros mismos se mantenga en el fiel de la balanza. Lo que algunos poetas han expresado hablando de sí mismos y a la vez generalizando… Ángel fieramente humano es la escueta definición que hace del hombre Blas de Otero desde el mismo título de su libro. En el cual el soneto titulado precisamente “Hombre” termina con un verso que es otra sucinta definición del hombre: “ángel con grandes alas de cadenas”. Y Carlos Marzal, poeta de nuestro tiempo, reformula en tres versos el mismo concepto: “la bestia equidistante / entre el reino animal / y el reino de los dioses”.

Pues bien, si andamos a medias entre el debe y el haber, ni buenos ni malos sino todo lo contrario, es comprensible que cualquier pequeño elogio, que cualquier leve censura, tenga en nosotros, momentáneamente, un efecto colosal, de cataclismo: el fiel, que estaba tan tranquilo en su posición vertical, sufre un bandazo por un pequeño peso. Pero a continuación la tendencia al equilibrio se impone; y quien hoy recibe una censura, se acuerda de que ayer recibió un elogio; y viceversa. “Memento mori”, recordaba el esclavo al general triunfante de la antigua Roma. Y como figura contrapuesta, recordemos a aquel joven noble de la película1492, de Ridley Scott; lo último que el joven caballero dice, con toda solemnidad, cuando se ve vencido por los del bando de Colón, es: “Nosotros somos inmortales”; e inmediatamente se arroja al precipicio para morir. Es el sentido humano del equilibrio.