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La seño Gloria

Mientras oigo en la radio “In paradisum”, una preciosa pieza musical de cuyo autor no llego a enterarme, recuerdo que Gloria, la compa de Música, me comentaba que hoy, a las 20:30, en el auditorio Millán Picazo, tendría lugar un concierto interpretado por un cuarteto de cuerda. A esa hora, si salgo, le contesto, salgo a andar; y sólo oigo la música de la calle, por muy cacofónica que sea, o la música de la naturaleza, aunque mis oídos sean rudos para tales melodías.

Ella, la seño Gloria, va siempre que puede, y puede casi siempre, a los conciertos, vive la música, casi para la música… Sin duda ama la asignatura que imparte en el instituto. Pero no corren buenos tiempos para la lírica. En estas aulas pseudorousseaunianas (¡toma ya palabra!) en que nos ha tocado trabajar, en ese primer ciclo de la ESO, la tarea es ímproba, exasperante y mínimamente productiva.

Hace pocos días, Gloria se interpuso entre la silla que un energúmeno iba a proyectar contra otro alumno, y el objetivo del proyectil. No recibió un silletazo de milagro; pero del golpe psíquico no se libró; y salió de clase llorando.

Algunos compañeros alternan grupos de alumnos del primer ciclo con otros grupos de alumnos mayores; y esta alternancia hace más llevadera la mañana. La seño Gloria, dando clases de Música sólo a los pequeños –está claro que no son fierecillas, pues las amansaría con su música- la seño Gloria, quién lo duda, se está ganando el acceso “in paradisum”.

Leídas por Gloria estas líneas, me corrige: no un cuarteto, sino un trío. Y toca, me asegura, magníficamente. A continuación me muestra el tríptico de la programación, para el otoño de 2007, de la Fundación Municipal de Cultura José Luis Cano: “Trío Arbós. Obras de Ravel, Schöenberg y Turina”. Gracias, doña Gloria, por la corrección.

La luna desde Venus

En la madrugada de ayer, cuando todavía era noche cerrada, avanzaba yo sin prisa por el monte de Venus (por el monte que cruza la calle Venus, junto al Hospital y la Escuela de Enfermería) camino del trabajo; mientras, la luna llena, apenas velada por la gasa de algunas nubecillas, era en el cielo de occidente una belleza espléndida. Y recordé a algunos poetas que en tiempos recientes han cantado su hermosura, han orado ante su divinidad. Durante la dictadura de Franco, cuando la poesía tenía que ser “un arma cargada de futuro”, los poetas sintieron vergüenza de cantarle a la luna. Luego llegó la transición, y la democracia, y la homologación con Europa. Y los poetas pudieron cantar otra vez a la casta diosa. Casta diva precisamente es el título de un poema de Eloy Sánchez Rosillo, en el cual evoca una noche de su adolescencia, en la casa y los campos de su infancia; una noche de vela y de contemplación casi mística:

La luna, quieta

en el centro del cielo, mi miraba

como mira una madre, con mucho amor, y ungía

con su luz mi inocencia.

Todo mi ser vibraba, entregado al misterio

de aquella noche mágica. Y caminé sin rumbo

por los campos, henchido el pecho

de emoción, de entusiasmo; ebrio mi espíritu

del divino fulgor que me daba la luna.

Y el poeta valenciano Carlos Marzal, en un libro de 2004, canta y reza igualmente a la luna de su pueblo (“La luna sobre Serra”), a “la luminaria fiel de los veranos”:

Tú que riges las horas vehementes,

y el ritmo pasional de los desmayos,

ampáranos, ampara

a estos tus hijos incondicionales.

Cuando ya iba yo por la Biblioteca Pública del barrio, otro altozano desde el que mirarla, la luna llena, de oro, ya se quería caer sobre los tejados, se arañaba con las grúas, se enredaba en las ramas de los árboles.

Finalmente, con el mundo turbiamente alumbrado por otra luz más hosca y agresiva, mientras ella se hundía en las ondas de la Mar Océana, yo me hundía en las hondas mazmorras del instituto Saladillo.

El buitre ebrio

Anteayer, mientras estábamos acabando de almorzar, se presentaron buscando a Hebe, mi hija pequeña, todos los niños que viven en esta calle. Según decían, había un buitre posado en el tejado de una casa vecina. Mi mujer se asomó con Hebe y demás niños a ver si era verdad; y en su curiosidad me arrastraron a mí, que, nada más asomarme a la puerta, lo vi: un montón de plumas pardas del que asomaba la interrogación de su cuello y cabeza desplumados. Lo vi y me volví para la cocina, a dar cuenta de lo que quedaba en mi plato y en mi vaso.

Al poco mi mujer también volvió: a coger su cámara fotográfica para hacer el reportaje del buitre, que, según decía mi cónyuge, se había dejado caer, más que volar, a la acera; y allí se había quedado, quieto y serio, como si estuviera padeciendo un ataque de melancolía.

Lo que sigue me lo contaron esposa e hija ilustrándolo con las fotos… Llegó poco después un coche con una dotación de policías municipales, que aparcaron y se quedaron mirando al buitre, a dos metros de prudente distancia. Luego hicieron algunas llamadas y siguieron por allí, por si el buitre tenía alguna otra reacción suicida, como liarse a cabezazos contra el coche que tenía delante. Pasó un cuarto de hora y se presentó otra dotación: esta vez, de protectores de la naturaleza, con sus uniformes de protectores y todo. Hicieron inspección ocular del animal; luego se acercaron un poco más, le acariciaron las alas y le palparon el buche; e hicieron el diagnóstico de que la criatura estaba ebria a causa de un almuerzo excesivo: como si acabara de salir de una celebración en el Mesón de Sancho. Sacaron del coche una especie de cazamariposas gigantesco y cargaron en él al buitre. Y ahí acabó todo: se lo llevaron a su Centro  de Rehabilitación de Aves Enviciadas en la Glotonería (CRAEG).

Lo que me pregunto ahora, en un rapto de melancolía tal vez similar a la del buitre, es qué habría sucedido en mi calle si quien se hubiera presentado por aquí anteayer, con síntomas de desnorte y de embriaguez, en lugar de un buitre leonado, hubiese sido un vagabundo humano.