• Páginas

  • Archivos

  • noviembre 2007
    L M X J V S D
    « Oct   Dic »
     1234
    567891011
    12131415161718
    19202122232425
    2627282930  

Isla desierta

Cuando yo era muy joven

imaginaba que… a una isla desierta

me llevaría a mis amigos,

me llevaría mi memoria y…

mi biblioteca. Solamente.

Será porque creía

que de la arena de la playa de mi isla

brotarían las novias,

para que yo eligiera cada noche. Cada siesta.

Cuando ya fui mayor me conformaba

con llevar a mi isla

mi selección de libros: mil, doscientos,

cincuenta, veinte, dieciocho, diez.

Ya soy más que mayor; no llevaría libros

(las obras completas de Cervantes como mucho),

sino papel, tinta y pluma para escribirlos yo.

Cuando sea mayor que muy mayor

(si no me muero antes)

querré irme a mi isla solo, sin equipaje;

y convertirme en un saco de mantillo

para sus cocoteros.

Selectividad

La UCA (no la Unión Ciclista Algecireña, sino la Universidad de Cádiz) nos ha convocado, como cada año, a los responsables de la preparación para las Pruebas de Selectividad. La cita, en la Escuela Politécnica. Llego media hora tarde. Y la reunión, no sólo no ha empezado, sino que todavía no se sabe con seguridad en qué aula se va a celebrar. Bien es verdad que ya ha tenido lugar un preludio protocolario en el salón de actos: este año he tenido la suerte de perdérmelo. En la puerta del aula, mientras esperamos que nos den entrada, comento a alguna compañera que en cuanto nos digan que todo sigue igual, un año más, en la Prueba de Lengua, me levanto y me largo. Efectivamente, es lo primero que nos dicen. Pero yo, que he ido andando desde mi casa, una hora a buen paso, y ya me he arrellanado en la cómoda butaca (del Salón de Posgrado, donde, finalmente, nos han dado acceso), pienso que enfadarse es malo para la salud, y que adónde voy a ir, de seis a siete de la tarde, que pueda estar más a gusto que entre estos estupendos colegas. Efectivamente, he pasado tres magníficos cuartos de hora de reposo. Y  ahora, a trabajar.

Escritura invertida

“Tiene don Luis de Góngora un extraño soneto”… Así comienza una página de Azorín en la que comenta el que comienza “Descaminado, enfermo, peregrino”. El que yo recuerdo aquí hoy es “De pura honestidad templo sagrado”. En los dos cuartetos y en el primer terceto, Góngora invoca a una dama mientras la va describiendo metafóricamente como un templo (un templo tan bello que ha debido ser “por divina mano fabricado”): el cuerpo, la cara, el cabello… Góngora describe a esta mujer de abajo a arriba, pero, por el orden de la escritura, estos elementos van apareciendo ante el lector de arriba a abajo. En la arquitectura del soneto, el segundo terceto tendría que aparecer culminándolo, como en el culmen, en el altar mayor, en el sancta sanctorum de ese templo, tendría que aparecer la imagen del dios al que el templo se consagra; o el alma de la mujer, que hace divino el templo de su cuerpo; esa alma femenina que el poeta adora (“Ídolo bello, a quien humilde adoro”).

Hoy he recordado este soneto de Góngora al leer la columna periodística de un columnista que me parece especialmente bueno. El final de su columna, invertida, con el capitel en lo hondo, muy bien labrado, como el altar en el templo de Góngora, me ha hecho echar de menos la escritura invertida, la que crecería de abajo hacia arriba, como las obras arquitectónicas.

Un huerto

A Ambrosio-Yafar

En mis paseos solitarios, como Fermín de Pas, prefiero las alturas; que ya no son tan altas como cuando tenía la edad en que de Pas se enamora de Ana Ozores.

Desde las pinas veredas a veces veo un yermo que de buenas a primeras comienza a convertirse en una huerta; la valla lo primero, para impedir visitas importunas; después surgen senderos, hileras de frutales, un bancal de hortalizas, una coqueta cabaña con su pérgola, un estanque, un brillante –por el plástico nuevo—invernadero… He aquí un ejecutivo, imagino, que ha encontrado un lugar donde sudar, durante los fines de semana, angustias laborales. Pasan algunos años… Poco a poco voy viendo que el yermo ha comenzado a devorar al huerto… El estanque está seco; las parras, sin podar; la maleza inunda la hortaliza; unos vándalos han roto una ventana en la cabaña; la valla está vencida. Y me pregunto ante este sueño desolado: ¿qué habrá sido del dueño, del valeroso ejecutivo?, ¿le habrá tocado la lotería de Navidad?, ¿se habrá tirado al AVE?, ¿se habrá hecho budista?

Hoy he querido entrar en un blog, parecido a Certe patet en algunos aspectos, pero más atractivo: con muchos floridos parterres, poéticas glorietas, íntimos cenadores, deliciosos paseos… Y he encontrado colgado en la puerta el siguiente letrero:

“Con más ilusión que talento he sostenido todos estos años al Mundo de Yafar. Sería injusto por mi parte poner punto y final sin decir adiós. Gracias.”

Mi Certe patet tiene ya casi un año. Tal vez no falta mucho para que ponga en la puerta de mi finca el siguiente cartel:

Adiós, amigos míos. Aquí os dejo este huerto.

Me he ahorcado con un verso de Antonio Gamoneda.

Encarecidamente os piden mis despojos

una oración a Apolo por mi alma alejandrina.

Inteligencia

Es lo que más ha bajado en nuestro país desde que comemos tanto. Ha crecido el colesterol, la diabetes, el peso per cápita, la autoestima, la gilipollez, el precio de las legumbres… Pero ha bajado la inteligencia. “Acuit ingenium fames” (el hambre agudiza el ingenio), reza el proverbio latino. No por ello vamos a desear el hambre de pan, de leche o de filetes. Más de medio mundo se muere de hambre; de hambre de alimentos. De modo que, con ese tema, ningún chiste. Pero, ¿cómo en los países en los que la gente come bien no hay más hambre  de progreso, de cultura, de fraternidad universal, de perfeccionamiento, de plenitud, de inteligencia?

Todos los días, desde hace meses o años,  oigo un puñado de veces en la radio el siguiente eslogan, dentro del correspondiente anuncio de una empresa del Campo de Gibraltar: “Somos los únicos que garantizamos nuestro trabajo”. No me digan que no es un síntoma del descenso general de la inteligencia.

Ahora la Comunidad  Autónoma del Gobierno Andaluz ha iniciado una campaña publicitaria que va a subir mucho (o mucho mucho) el nivel de la educación de nuestros hijos: “¡Andalucía a tope!”… Yo les regalaría el siguiente eslogan para su campaña: “Somos los únicos que no garantizamos nuestro fracaso”. Buenas tardes.

Versos de amor

Se me ha ocurrido esta mañana (de domingo) hacer una breve selección de brevísimos poemas de amor. La mayoría de mis infinitos lectores conocerán estos poemas, excepto, quizá, el último, por ser también el más reciente. Pero todos mis lectores, estoy seguro, me agradecerán que se los recuerde, porque verdaderamente son versos mágicos. Los ordeno de la siguiente manera:

Uno. Ha comenzado la preocupación amorosa; el chico ya se siente totalmente atravesado por la flecha de Cupido, y sólo respira por esa herida de amor; pero no sabe si su amor es, o llegará a ser algún día, correspondido. La palabra que más han utilizado los castellanohablantes de los pasados siglos para aludir a ese estado, ha sido la cuita. Recordemos que este sustantivo procede del verbo latino “cogitare”, pensar. El enamorado, no es que piense, es que vive acosado por el pensamiento, por el deseo de ver a la persona amada, de comprobar si le sonríe o se muestra indiferente, ceñuda o altanera. Y acude a los lugares donde ella puede estar, y ronda de noche su casa, especialmente durante esas noches sin luna, o esas oscuras madrugadas rurales cuando la luna se ha puesto; porque el enamorado no quiere testigos inoportunos de su dolor. Y aquí vienen nuestros primeros versos, la “Serenata sintética” del brasileño Cassiano Ricardo, para reflejar este tiempo de zozobra:

Rua

torta.

Lua

morta.

Tua

porta.

Los ojos del muchacho miran con tanta intensidad la puerta de la casa de la chica, que todo el cuerpo de éste vibra como si dentro de él hubiese resonado el fragor del aldabonazo con el que quisiera llamar a esa puerta.

Pero ya ha amanecido, y el enamorado aún no se ha retirado, imprudentemente sigue por allí, cerca de la puerta. La chica la abre, va a salir con un cántaro en la mano, ve al muchacho y se vuelve, súbitamente angustiada, ¿qué hará?, no sabe cómo reaccionar. Y consulta a su madre. Y aquí viene la jarcha más simple y más hermosa del Medievo:

¿Qué faré, mamma?

¡Meu al-habib est ad yana!

Dos. Para el momento gozoso de la entrega sin reservas, del abrazo feliz de los enamorados, propongo el recuerdo del carmen 5 de Catulo. Leyéndolo, imaginamos que el poeta musita, más que recita, sus versos al oído de su amada Lesbia, mientras ella va haciendo realidad lo que el amado le propone (sigue a los versos una traducción del poema al francés, única que tengo a mano);

Original:

Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,

Rumoresque senum severiorum

Omnes unius aestimemus assis.

Soles occidere et redire possunt;

Nobis cum semel occidit brevis lux,

Nox est perpetua una dormienda.

Da mi basia mille, deinde centum,

Deinde mille altera, deinde secunda centum,

Deinde usque altera mille, deinde centum.

Dein, cum milia multa fecerimus,

Conturbabimus illa, ne sciamus,

Aut ne quis malus invidere possit,

Cum tantum sciat esse basiorum.

Traducción francesa:

Vivons, ma Lesbia, aimons-nous et que tous les murmures des vieillards moroses aient pour nous la valeur d’un as. Les feux du soleil peuvent mourir et renaître ; nous, quand une fois est morte la brève lumière de notre vie, il nous faut dormir une seule et même nuit éternelle. Donne-moi mille baisers, puis cent, puis mille autres, puis une seconde fois cent, puis encore mille autres, puis cent. Et puis, après en avoir additionné beacoup de milliers, nous embrouillerons le compte si bien que nous ne le sachions plus et qu’un envieux ne puisse nous porter malheur, en apprenant qu’il s’est donné tant de baisers.

Tres. Cuando ya los enamorados han satisfecho sus deseos, se saben el uno del otro, y saben que el cielo y la tierra podrán hundirse, pero están seguros de que nada podrá impedir (un poco incautos, sí, es lógico…) el siguiente y próximo encuentro; y cada uno sabe que el otro aguarda ese cercano abrazo con la misma pasión y el mismo anhelo, entonces el mundo es bello, el campo ríe, la ciudad bañada por la lluvia interpreta una dulce sinfonía celestial. El haiku de la asturiana (nacida en un pueblo de Valladolid) Herme G. Donis, el haiku más hermoso que yo he leído en mi vida, expresa mejor que cualesquiera otros versos que yo conozca, lo que los dos, él o ella, sienten, piensan, murmuran, mientras caminan bajo la lluvia:

Dulce aguacero:

cada gota de lluvia

dice tu nombre.

Lodares

El día 4 de abril de 2005 moría, en accidente automovilístico, el joven lingüista Juan Ramón Lodares, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid. Un par de días antes, en el instituto, habíamos estado comentando, en clase de 1º de Bachillerato, el que probablemente fue su último artículo publicado, “Luces y sombras”, aparecido en El País el día 13 de marzo de ese año, es decir, tres semanas antes de la muerte del profesor. El mencionado título de “Luces y sombras” se refería al futuro del castellano. Otras sombras, las que andan acechándonos a todos, se cernieron sobre él y le cortaron la ruta. Una vida “casi en flor cortada”, pero que ya había dado sazonado fruto.

A raíz de la lectura de otro artículo suyo en El País, publicado el veinte de mayo de 2001, me permití escribir un comentario, por supuesto muy elogioso, de su libro Gente de Cervantes”. Un libro que vi en la librería y que me atrajo enormemente cuando yo no tenía ninguna referencia del autor. Disfruté leyéndolo: ¡cuánta documentación, cuánta precisa información, expuesta en un desenfadado, jovial y amenísimo tono! Aquel comentario mío fue amablemente publicado por el diario Europa Sur el 7 de junio de 2001, en la sección de Cartas al Director. Y leído por cierto amigo, catedrático de universidad, me objetó, entre otras objeciones, que en un libro de tal carácter, donde lo importante debía ser el rigor “científico”, la jovialidad y la amenidad no eran importantes. Claro que no, pensé yo, cuando se escribe un libro, no para que lo lea la gente, sino para engrosar el currículum. Le recordé a mi amigo la máxima horaciana de “docere delectando”.

Gente de Cervantes es un libro para aprender y disfrutar leyendo: no una historia de la lengua española, dice la contraportada, que tengo ahora delante, sino “una historia de los hispanohablantes”. Una historia que ha llegado a un punto de aceleración: “de aquí a poco más de un siglo, tres cuartas partes de las lenguas actualmente habladas habrán desaparecido”, dice Lodares en el prólogo de otro libro suyo posterior: Lengua y patria; otro estupendo libro, algo más serio quizá, como si hubieran hecho mella en el autor las críticas a su tono desenfadado (o a su independencia). Muchos idiomas han desaparecido (“A finales del siglo XV la población suramericana se repartía unos dos mil idiomas”) y muchos idiomas desaparecerán en un futuro próximo. ¿Y qué? Mientras sea la gente, la de Rosalía de Castro, la de Cervantes o la de Montaigne, la que libremente opte por otro idioma con el que comunicarse con más gente, ¿qué problema hay? ¿O es que vamos a quemar el Quijote el día que mayoritariamente la gente de Cervantes prefiera comunicarse con la lengua de Shakespeare?