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Un huerto

A Ambrosio-Yafar

En mis paseos solitarios, como Fermín de Pas, prefiero las alturas; que ya no son tan altas como cuando tenía la edad en que de Pas se enamora de Ana Ozores.

Desde las pinas veredas a veces veo un yermo que de buenas a primeras comienza a convertirse en una huerta; la valla lo primero, para impedir visitas importunas; después surgen senderos, hileras de frutales, un bancal de hortalizas, una coqueta cabaña con su pérgola, un estanque, un brillante –por el plástico nuevo—invernadero… He aquí un ejecutivo, imagino, que ha encontrado un lugar donde sudar, durante los fines de semana, angustias laborales. Pasan algunos años… Poco a poco voy viendo que el yermo ha comenzado a devorar al huerto… El estanque está seco; las parras, sin podar; la maleza inunda la hortaliza; unos vándalos han roto una ventana en la cabaña; la valla está vencida. Y me pregunto ante este sueño desolado: ¿qué habrá sido del dueño, del valeroso ejecutivo?, ¿le habrá tocado la lotería de Navidad?, ¿se habrá tirado al AVE?, ¿se habrá hecho budista?

Hoy he querido entrar en un blog, parecido a Certe patet en algunos aspectos, pero más atractivo: con muchos floridos parterres, poéticas glorietas, íntimos cenadores, deliciosos paseos… Y he encontrado colgado en la puerta el siguiente letrero:

“Con más ilusión que talento he sostenido todos estos años al Mundo de Yafar. Sería injusto por mi parte poner punto y final sin decir adiós. Gracias.”

Mi Certe patet tiene ya casi un año. Tal vez no falta mucho para que ponga en la puerta de mi finca el siguiente cartel:

Adiós, amigos míos. Aquí os dejo este huerto.

Me he ahorcado con un verso de Antonio Gamoneda.

Encarecidamente os piden mis despojos

una oración a Apolo por mi alma alejandrina.