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Lodares

El día 4 de abril de 2005 moría, en accidente automovilístico, el joven lingüista Juan Ramón Lodares, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid. Un par de días antes, en el instituto, habíamos estado comentando, en clase de 1º de Bachillerato, el que probablemente fue su último artículo publicado, “Luces y sombras”, aparecido en El País el día 13 de marzo de ese año, es decir, tres semanas antes de la muerte del profesor. El mencionado título de “Luces y sombras” se refería al futuro del castellano. Otras sombras, las que andan acechándonos a todos, se cernieron sobre él y le cortaron la ruta. Una vida “casi en flor cortada”, pero que ya había dado sazonado fruto.

A raíz de la lectura de otro artículo suyo en El País, publicado el veinte de mayo de 2001, me permití escribir un comentario, por supuesto muy elogioso, de su libro Gente de Cervantes”. Un libro que vi en la librería y que me atrajo enormemente cuando yo no tenía ninguna referencia del autor. Disfruté leyéndolo: ¡cuánta documentación, cuánta precisa información, expuesta en un desenfadado, jovial y amenísimo tono! Aquel comentario mío fue amablemente publicado por el diario Europa Sur el 7 de junio de 2001, en la sección de Cartas al Director. Y leído por cierto amigo, catedrático de universidad, me objetó, entre otras objeciones, que en un libro de tal carácter, donde lo importante debía ser el rigor “científico”, la jovialidad y la amenidad no eran importantes. Claro que no, pensé yo, cuando se escribe un libro, no para que lo lea la gente, sino para engrosar el currículum. Le recordé a mi amigo la máxima horaciana de “docere delectando”.

Gente de Cervantes es un libro para aprender y disfrutar leyendo: no una historia de la lengua española, dice la contraportada, que tengo ahora delante, sino “una historia de los hispanohablantes”. Una historia que ha llegado a un punto de aceleración: “de aquí a poco más de un siglo, tres cuartas partes de las lenguas actualmente habladas habrán desaparecido”, dice Lodares en el prólogo de otro libro suyo posterior: Lengua y patria; otro estupendo libro, algo más serio quizá, como si hubieran hecho mella en el autor las críticas a su tono desenfadado (o a su independencia). Muchos idiomas han desaparecido (“A finales del siglo XV la población suramericana se repartía unos dos mil idiomas”) y muchos idiomas desaparecerán en un futuro próximo. ¿Y qué? Mientras sea la gente, la de Rosalía de Castro, la de Cervantes o la de Montaigne, la que libremente opte por otro idioma con el que comunicarse con más gente, ¿qué problema hay? ¿O es que vamos a quemar el Quijote el día que mayoritariamente la gente de Cervantes prefiera comunicarse con la lengua de Shakespeare?

Dos minutos de vídeo

Todas las convenciones internacionales (como la reciente de Santiago de Chile) de países de habla iberoamericana, para incluir con todo derecho a Brasil y Portugal, me congratulan; porque no son internacionales, sino, a mi entender, nacionales, de nuestra gran nación latinoamericana.

Por eso me da tristeza que lo más divulgado y comentado de ésta de Santiago haya sido una anécdota, dos minutos de vídeo, una frase de cinco palabras (cuatro monosílabas y una bisílaba), una frase muy de estos tiempos en los que diríase que un pareado requiere el esfuerzo intelectual que antes requería una epopeya. Una frase, además, que cualquier profesor de Secundaria repite miles de veces a lo largo, y estrecho, de una jornada de instituto, sin que ello tenga mayor trascendencia; y debiera tenerla.

Mario Vargas Llosa, en su tribuna, en El País, del primer domingo de junio de este año, titulada “La civilización del espectáculo” hablaba de cómo se han ido frivolizando y amarilleando, en las últimas décadas, los medios de comunicación. Sólo es importante para éstos lo que llama la atención, lo que da espectáculo a un público sumido en la modorra intelectual, cultural y moral:

“La civilización del espectáculo tiene sus lados positivos, desde luego. No está mal promover el humor, la diversión, pues sin humor, goce, hedonismo y juego, la vida sería espantosamente aburrida. Pero si ella se reduce cada vez más a ser sólo eso, triunfan la frivolidad, el esnobismo y formas crecientes de idiotez y chabacanería por doquier.”

Crecientes a un ritmo galopante, añado yo, si se me permite que comente a tan insigne maestro: porque cada vez, además, el espectáculo ha de ser más breve, para que no canse a esta sociedad de sofá, pantalla y palomitas.

Un profesor hoy, por seguir en ese ámbito que algo conozco, puede estar haciendo una excelente exposición del tema del día, intercalando ejemplos, suscitando la colaboración de algún que otro alumno, sazonando el discurso con algún breve chascarrillo… y no logrará sacar a los alumnos del adormilamiento (en el mejor de los casos, es decir, cuando no se dedican a hacer ruido con el boli o con los nudillos, o bostezan estentóreamente, o se enfrascan en cuchicheos indisimulados con compañeros más o menos próximos), no conseguirá que espabilen su atención, que se avive su mirada. Hará falta que a ese profesor le sobrevenga un estornudo que quisiera contener, lo que le hará contraer ciertos músculos de la cara; hará falta que de pronto una mosca inoportuna, o cualquier otro insecto volador, se empecine en posarse en la frente del docente; hará falta que éste tropiece con cualquier objeto y dé un traspié, o que se le escape de la mano el borrador de la pizarra y, con el impulso que lleva, vuele hasta la papelera… algo así hará falta para que los alumnos den muestras de querer salir de su sopor, esbocen una media sonrisa, aviven los ojos y se muestren interesados.

Hace un año o dos, algunos comentaristas de la actualidad ironizaban sobre la cultura de sus conciudadanos y la propia diciendo, más o menos: “Ya todos tenemos una cultura Google”. Pues bien, me parece que el vertiginoso descenso que se está produciendo, ya sólo permite que nos concedamos “una cultura Youtube”.

Gabriel y Galán

Querido, admirado y bendecido lector de Certe patet:

Si, entre 1939 y 1959 (por evitar el número redondo, o sea, el cero), tuviste la ocurrencia o el atrevimiento de nacer en España, en cama con colchón de lana, de borra o de farfollas, y si tus padres no te pusieron a trabajar en cuanto cambiaste los dientes de leche por los de la mala leche, sino que cuando hiciste la primera comunión, o algún año después, te entregaron al brazo académico o eclesiástico de la sociedad para que hicieran de ti un bachiller (o bachillera: las había aunque no abundaban), o un curilla o una monjita (los había a patadas), es probable que alguno de tus educadores, o de tus libros de texto, te presentara, te hiciera oír o leer, algún poema de este poeta docente y rural, ganador de juegos florales y amigo epistolar de don Miguel de Unamuno.

Por mi parte te puedo decir que el párroco de mi pueblo, en cuya tropa de monaguillos el que aquí escribe se encuadraba, le era muy aficionado: nos leía sus poemas e incluso nos hacía aprendernos alguno de memoria. Yo aprendí varios, entre ellos uno muy largo que se titula “La pedrada” (“Cuando pasa el Nazareno / de la túnica morada, / con la frente ensangrentada, / la mirada del Dios bueno / y la soga al cuello echada”…), en quintillas. Me lo aprendí y me lo aprendí. Y recuerdo de aquel aprendizaje que yo era tan rural, tan terrón del erial (¿había llegado ya la tele al pueblo, la tele del ricachón Enrique Gómez, que fue la primera que llegó?… Por ahí, por ahí), yo era tan matojo de balate, que no conocía la palabra monstruo, que aparece en el poema; y, por supuesto, ni tenía diccionario ni había estudiado las reglas del uso de la tilde; y pronunciaba monstrúo que, como descabalaba la métrica del verso, sonaba monstruosa.

José María Gabriel y Galán fue un poeta de aquella España terronera, apegada a sus tradiciones y a su catolicismo; un poeta de verdad, sensible y honesto, y con excelentes cualidades y habilidades para los ritmos de la palabra rimada. Hoy nadie lo lee; como nadie lee a Lope de Vega, a Quevedo o a Juan Meléndez Valdés, a no ser alumnos a los que un profesor les impone esta tarea para aprobar la asignatura.

Pues bien, hoy precisamente me he acordado yo de este poeta que puso unos granitos de arena en mi educación –por mala que ésta sea, seguro que habría sido peor sin esos granitos–; y, como tengo sus poesías completas, compradas de saldo hace casi veinte años, por un importe más o menos equivalente a un par de cervezas, he copiado, para mis alumnos de 3º D, un poema; uno de los entonces más leídos y celebrados: “Mi vaquerillo”. Copiarlo ha sido una relectura evocadora, emotiva, interesante y muy grata. Te lo recomiendo, lector de Certe patet. Aquí lo tienes: http://quareidfaciam.wordpress.com/