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Elegía al niño de la liebre

No por Antonio sino por

PABLO NERUDA

A la luz del otoño en el camino

el niño levantaba

en sus manos no una flor ni una lámpara,

sino una liebre muerta.

Los motores rayaban la carretera fría,

los rostros no miraban detrás de los cristales:

eran ojos de hierro, orejas enemigas,

rápidos dientes que relampagueaban

resbalando hacia el mar y las ciudades.

Y el niño del otoño con su liebre,

huraño como un cardo,

duro como una piedrecita, allí,

levantando una mano

hacia la exhalación de los viajeros.

Nadie se detenía.

Eran pardas las altas cordilleras,

cerros color de puma perseguido;

morado era el silencio;

dos ascuas de diamante

negro

los dos ojos del niño con su liebre;

dos puntas erizadas de cuchillo,

dos cuchillitos negros,

los dos ojos del niño allí perdido,

ofreciendo su liebre

en el inmenso otoño del camino.

Nuevas odas elementales. 1956.

El epicentro paquistaní

No por Antonio sino por

GUSTAVO DE ARÍSTEGUI

El brutal atentado (como si hubiese de otro tipo) contra la dos veces ex primera ministra de Pakistán, nos ha encendido, como siempre a destiempo, todas las alarmas. Son muy pocos los países que desde Occidente en general y Europa en particular, se percatan de la enorme importancia que para la paz y la estabilidad mundiales tiene el País de los Hombres Puros, que es la traducción de su nombre en urdu al español. Lo que está en juego en ese país no es sólo su tipo de régimen, la permanencia o no del general Musharraf, la victoria electoral, con más o menos transparencia, de tal o cual candidato, lo que está en juego es el futuro de la región y, muy posiblemente, la mismísima paz mundial.

Hace poco la revista Newsweek se preguntaba si Pakistán era el país más peligroso del mundo. La pregunta era retórica y al mismo tiempo tan escandalosa como oportuna en la actual situación internacional. Pakistán se encuentra en uno de los epicentros más activos de generación de graves conflictos del mundo, es uno de los principales objetivos del terrorismo más brutal y despiadado que se ha conocido en las últimas décadas -el yihadista-, ha tenido que enfrentarse al fanatismo talibán -y la amenaza que supone para Afganistán y para su propia seguridad- y se encuentra inmerso en una gravísima crisis política e institucional a lo que hay que añadir unas cruciales elecciones presidenciales en enero de 2008, que lamentablemente tendrán una candidata menos.

Por su propio peso e importancia y por su influencia regional y mundial, Pakistán ocupa un lugar central en la seguridad de Occidente, Europa, y obviamente de España, si bien el Gobierno de Rodríguez Zapatero prefiera distraerse en su retórica electoral y su voluntad de ignorar las graves realidades que contradicen su discurso buenista, hasta que noticias tan dramáticas como ésta los despiertan brutalmente a la realidad. Los cambios de estrategia de Al Qaeda en el Magreb, la creación de Al Qaeda en el Magreb islámico y las constantes alusiones y amenazas a Al Andalus por parte de Bin Laden y de su número dos Ayman al Zawahiri, deberían haber sido advertencia suficiente para haber colocado a un país tan trascendental como Pakistán en el centro de nuestra agenda de Política Exterior y de seguridad. La fuerza que tienen ciertos individuos y organizaciones paquistaníes en la compleja y muy peligrosa amalgama del yihadismo internacional, así como su influencia determinante en la situación de Afganistán hubiesen debido hacer de ese país un punto focal de nuestra atención, lamentablemente no ha sido así. En Pakistán el islam moderado y el mundo en general encabezado por las democracias más avanzadas del mundo, están librando una batalla central contra el terrorismo yihadista y en defensa de las libertades y derechos fundamentales. En Pakistán y en Afganistán estamos riñendo una guerra contra Al Qaeda y contra el fanatismo yihadista sanguinario, que ni podemos ni debemos perder: están en juego nuestras esencias democráticas y nuestra libertad. Si Pakistán se sumiese en el caos de una guerra civil o si llegase a ser controlado por el yihadismo, podría volverse una pesadilla de alcance hoy inimaginable.

Las cifras y datos del país no engañan. Pakistán es el segundo, o quizás tercer país islámico en población, tras Indonesia y la India (se calcula que de sus 1.150 millones de habitantes 180 millones son musulmanes), tiene fronteras con dos potencias mundiales (China e India) y está en posesión de un importante arsenal nuclear, y es, de momento, la única nación islámica que la tiene. Su ejército es el séptimo del mundo, y es, además, la institución más poderosa e influyente del país, lo que lo convierte a la vez en parte del problema, e irremediablemente, si se gestionase bien, en parte de la solución. Las cifras de desarrollo humano de Pakistán son pavorosas, ocupa el puesto 142 de los 177 países medidos por la ONU, y sus niveles de pobreza son igualmente graves. A todo esto hay que añadir que en su territorio existen más de 13.000 madrasas, no pocas de ellas de carácter radical, y un denso entramado de organizaciones yihadistas extremadamente activas que tienen unas 24 publicaciones radicales con más de un millón de ejemplares de circulación para propagar sus mensajes violentos en una sociedad en la que la ignorancia y el analfabetismo convierten a centenares de miles de individuos en carne de cañón fácilmente reclutable. El mensaje del odio, de la violencia y de la manipulación del mensaje del islam, especialmente el del asesinato por medio del suicidio que los yihadistas tienen la desfachatez de denominar «martirio», cala en una sociedad depauperada y muchas veces sin esperanzas. Los fanáticos saben muy bien cómo aprovecharse de esas tristes circunstancias.

Con todo, la mayoría de los paquistaníes ha rechazado, elección tras elección, a los candidatos de las opciones violentas y radicales. Los islamistas extremistas nunca han llegado a superar el 11% en las elecciones generales, y sólo cuando se unieron todos pudieron llegar a gobernar alguna provincia en 2002. No podemos ignorar en absoluto que esos éxitos parciales de los islamistas se deben a la responsabilidad directa del propio general Musharraf, que les facilitó el camino a la victoria con su política de acoso a los partidos históricos y tradicionales del país, que han tenido una base más política que propiamente religiosa, si bien respetuosa con los principios y valores del islam moderado, y algunos de ellos con una agenda inequívocamente aconfesional.

España y la UE deben prestar más atención a este país crucial para la estabilidad regional y mundial. Baste como ejemplo el hecho de que Javier Solana nunca haya visitado Islamabad. Las declaraciones de España y de la UE son escasas y normalmente tardías, y esto, más si cabe tras la tragedia de ayer, debe cambiar radicalmente. La situación es verdaderamente seria. Pakistán está sufriendo una ofensiva a gran escala de los talibán en y desde Afganistán, y del terrorismo yihadista, que se ha dedicado a eliminar físicamente a los políticos que se oponían frontal pero democráticamente, a la instalación de un régimen yihadista en el país. Sus Fuerzas Armadas han debido combatir al terrorismo fuera de las zonas tribales tradicionales y los atentados son cada vez más bestiales y tienen como objetivo aterrorizar a la población civil, amedrentar a los políticos moderados, generar una profunda inestabilidad que les permita hacerse con el poder absoluto, provocar el retraimiento de la inversión extranjera y, en la medida de los posible, destruir el boom económico que Pakistán venía experimentando desde hacía varios años. Ya se sabe, el yihadismo ataca siempre las bases de la economía para debilitar a los regímenes que acosa. Eso lo ha hecho en todo el mundo islámico. El petróleo, el turismo y otros sectores esenciales para ciertos países han sido sus objetivos prioritarios, sin importarle las consecuencias ni el sufrimiento del pueblo al que dicen querer liberar.

Pakistán vive una muy complicada situación política y de seguridad. Además de los atentados cada vez más frecuentes y sanguinarios, el Ejército ha tenido que combatir en zonas completamente desconocidas incluso para los analistas occidentales más reputados, especialmente en el Waziristán y en la North Western Frontier Province -ambas fronterizas con Afganistán-, donde Fuerzas Armadas y la Guardia de Fronteras tienen verdaderas batallas diarias con importantes bajas que demasiadas veces son calificadas de «escaramuzas». La preocupante novedad es que han tenido que intervenir por primera vez en un territorio alejado de Afganistán y de su influencia yihadista para sofocar una muy grave revuelta en el valle de Swat.

Las más que desafortunadas actuaciones recientes del general Musharraf, su autogolpe, la disolución del Tribunal Supremo y su represión despiadada de la protesta de los abogados, sólo han contribuido a debilitar al estado y a sus instituciones. El terrorismo, los atentados y el avance del fanatismo, ponen ahora en serio peligro la estabilidad de un país que deberíamos habernos tomado mucho más en serio. El atentado de ayer y su imprevisibles consecuencias son un paso más hacia el abismo del caos. La pesadilla que hace poco parecía imposible es hoy sólo improbable: una potencia nuclear en manos islamistas radicales.

El general que se presentó ante el mundo como el freno del fanatismo y del terrorismo yihadista, el fiel aliado de Occidente, puede haberse convertido en un triste y eficaz catalizador de la catástrofe. Se aferró obsesivamente al poder, le cerró el paso a los partidos democráticos y a sus líderes, como la asesinada Benazir Bhutto y al también ex primer ministro Nawaz Shariff, lo que sólo facilitó la tarea del islamismo radical. Ahora lo que hay que hacer es fortalecer la democracia, sus instituciones y poner a su servicio los instrumentos del Estado de Derecho para derrotar al terrorismo. Todo ello servirá de homenaje póstumo a una heroína de la democracia y de la libertad, pero sobre todo de tributo a la inmensa mayoría de paquistaníes que no sólo rechazan el fanatismo y se enfrentan a la violencia, si no que son además, sin duda, su principal víctima, como lo son todos los musulmanes moderados del mundo. El ismaismo radical y el terrorismo yihadista al que sirve de alimento y combustible, son nuestro enemigo común, que quede claro.

En El Mundo [de hoy]

Lotería de Navidad

Este año tampoco me va a tocar la Lotería de Navidad, que, prescindiendo de filosofías como ésa de que “la vida es una lotería”, es la única a la que juego. Y un año más no voy a sufrir por ello. Porque soy consciente de que continuamente recibo premios y regalos: cada vez que mi hija Hebe se choca contra mi barriga, o me da un abrazo… por ejemplo. Y regalos de los llamados propiamente “de Navidad”, ni te cuento:

-Mi esposa, la otra tarde: “Toma: tu regalo de navidad” (un libro recién editado de un autor que me gusta especialmente).

-El hombre del Círculo de Lectores, al día siguiente: “Tu libro para Navidad” (elegido por mí, de un autor vasco del que todavía no he leído ninguna obra).

-Antonio Muñoz Molina, en Babelia de El País: llega y me escribe un artículo (él no me conoce, pero eso da igual: me lo ha escrito) titulado “El libro ilimitado” que casi me hace llorar de emoción.

-Mis dos hijas mayores, dos guapísimas universitarias a las que, si todo sale como preveo, dentro de pocas horas les daré sendos abrazos y muchos besos.

Infinidad de regalos de Navidad he recibido estos últimos días, los cuales no detallo aquí por razones diversas (la principal: no me gusta ponerme pesado); y seguiré recibiendo si “las cosas” no se tuercen.

A cambio de tanto bueno como recibo, me gustaría dar siquiera algo; algo que, aunque no llegue a óptimo, merezca el calificativo de agradable.

Estimado visitante de Certe patet: pásalo bien en Navidad, aunque a ti tampoco te toque la lotería.

Felicitación del poliglotón

FELIZ NAVIDAD

FALIL NABO VA

LAVID VINO DA

EGOÏST NADA DA

DELFÍN VA NADAL

NEVAPLÚS NOVAMÁS

NO PARTIR CRISMAS

Puñaladas

Me cuentan que a cierta chica de instituto embarazada (una chica de la ESO: dieciséis años, mes arriba mes abajo) esta noche le han apuñalado al novio. Al chico le han dado de puñaladas, ¡cosa rara!, en la cabeza. Yo me pregunto si el agresor no habrá sido el padre de la encinta; quien habría elegido el punto de la anatomía del muchacho donde causarles menor daño: al embarazador y a la embarazada.

Manolico Tacón

La primera anécdota, o una de las primeras, que oí contar de él, fue la de que en su juventud, con la penuria en la que vivía, como la mayor parte del pueblo, siempre iba descalzo, con las plantas de los pies tan endurecidas como las pezuñas de un sátiro. Para las fiestas de la patrona, la Divina Pastora, le compraban unas alpargatas que no le duraban puestas más de un rato: en seguida se las quitaba y se las colgaba al hombro, hasta que las dejaba olvidadas en cualquier apeadero.

No era Manolico un hombre corpulento, pero sin duda poseyó un vigor físico impresionante; y unas respuestas de mal genio similares a las de aquel Sansón que ataba las teas encendidas a las colas de las zorras, para quemarles los campos a los filisteos.

En los primeros años sesenta, cuando el boom de la emigración, se fue a Alemania; y no dejó definitivamente el país de acogida sino cuando se jubiló.

En esa última etapa de su vida, que no fue muy larga, en los años setenta, sus ocupaciones fueron tomar el sol en invierno y buscar sombras fresquitas en el verano. Esto y… beber vino. Fue bebedor incluso cuando su organismo ya no toleraba la bebida, por lo que puede decirse que se mató bebiendo.

Como en mis años de universitario seguí viviendo en mi pueblo, muchas veces me sentaba a tomar el sol o la sombra con Manolico; y me contaba anécdotas de su vida porque yo le sonsacaba. La que llegó a hacerse más conocida y familiar fue la de aquel burro cargado de no sé qué, que llevaba de reata Manolico. Tenían que cruzar algún chorro, pero el burro plantó los cascos delanteros en el borde y dijo que no daba un paso más, que allí había peligro. Y ya conocen ustedes la terquedad incomparable de los congéneres de Platero… De modo que cuanto más tiraba del ronzal nuestro Manolico, mejor se apalancaba e inmovilizaba su jumento. Hasta que éste colmó la paciencia de su amo, que lo miró de hito en hito y le espetó: “A talento me ganarás, pero a cojones no me ganas”. Y amagando la cabeza bajo la panza del pollino, cargó el animal sobre sus hombros y así lo pasó al otro lado del regato.

La frase de mi amigo Manolico Tacón, andando el tiempo, se convirtió en una especie de lema de los hombres de mi pueblo, que siempre consideraron el talento una sospechosa cualidad que se cultiva en el ocio, mientras que los atributos de la honesta e irrenunciable virilidad se densifican y acendran en el trabajo.

El bulldog

No por Antonio González sino por

ANTONIO ELORZA

Cuentan que al ser disueltas en 1933 las Cortes Constituyentes, algunos quisieron gastarle una broma a Gregorio Marañón, diputado y fundador de la Agrupación al Servicio de la República. Le regalaron un grueso volumen en cuyo lomo podía leerse algo así como “Gregorio Marañón. Discursos parlamentarios”. En el interior sólo había páginas en blanco, porque efectivamente el famoso médico no había pronunciado allí una sola palabra.

Verdadera o falsa, la anécdota encaja bien con el contenido del libro que sobre la personalidad humana y política del presidente Zapatero acaba de componer Suso de Toro. Por lo menos en lo que se refiere al pensamiento político del estadista leonés, el lector repite la experiencia de su correligionario socialista Eguiagaray, expresada en un comentario cuando aquél presentó su afortunada candidatura al liderazgo del PSOE: su aportación al partido era nula. “Éste no ha abierto la boca”, dijo, mientras al lado Zapatero se mantenía impasible, consumiendo un plato de sopa.

Ahora se trata de un silencio charlatán, por usar la expresión de la lingüista Régine Robin. De Zapatero se habla muchísimo en el libro. Habla él, hablan sus familiares, hablan sus fieles, habla Maragall. Nos enteramos de que era socialista desde muy pronto, pensando en la figura de su abuelo fusilado, que se enamoró de su actual mujer con entusiasmo y para toda la vida, que amó a su madre y que sus dos hijas son la sal de su existencia, que mira a España cargado de esperanza y, en fin, nos enteramos a pesar nuestro de muchas más virtudes triviales, expuestas además con una retórica y una pleitesía empalagosas.

Se nos dice que “el tipo nuevo” cuyo “advenimiento” se esperaba, (sic) encaró el poder con “un proyecto” bajo el brazo. Luego, a la hora de contar de qué iba tal proyecto, vacío, encubierto de vez en cuando mediante generalidades. Porque es nada soltar dos tópicos sobre una España plural en el plano de las lenguas, sobre el autogobierno de las comunidades como “reconocimiento político de la identidad” o sobre una vocación reformadora reducida al matrimonio de homosexuales. Y añadir que “socialismo es libertad”. De la problemática de reforma o disgregación del Estado en esa “España que no está cuajada” (sic), de los grandes temas de política exterior, de inmigración o desigualdad, ni palabra.

Para encontrar una explicación a este extraño viaje por un mar de agujeros, que recuerda al del Submarino amarillo de los Beatles, conviene remitirse al prólogo que Zapatero firmó hace dos años para el libro De nuevo el socialismo, de Jordi Sevilla. En una exposición disparatada, pero ilustrativa, Zapatero nos dice nada menos que “ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas”. Quedémonos con lo segundo y con el razonamiento que sigue, subrayando que en la política no cuentan las ideas, ni por deducción ni por inducción, sino las diferentes opciones de cara a unos objetivos. Más que pragmatismo, puro oportunismo en un juego cuya meta consiste en maximizar el propio poder.

Es una buena clave para entender políticas que pueden parecer incomprensibles, tanto en el caso vasco como en el catalán, respecto de Cuba, el Sáhara o los viajes del Rey. Elección racional desde sí y para sí. Posmodernidad.

No faltan revelaciones de interés en Madera de Zapatero. Así, en los antípodas de la libertad como no-dominación de su supuesto maestro Philip Pettit, la centralidad del mando como núcleo de la acción política, sin debate ni posibilidad de desobediencia. Botón de muestra, cuando cambia de destino a López Aguilar: “Que te he dicho que te vas a Canarias. Te quiero a muerte (sic), pero te vas a Canarias”. Amén. Y sobre todo, los relatos cruzados sobre la habilísima trama de jugadas y contactos, con Felipe González incluido, que desde su nada le permite llegar a imponerse en el Congreso del PSOE. Mando y maniobra, sus bazas políticas. Al servicio de una enorme ambición. Ya de niño tenía algo especial que “en cierta medida me hizo príncipe”.

Con esa autoestima no importan los deslices en las referencias intelectuales y puede permitirse hacer un cotejo de filósofos para proclamar a María Zambrano superior a Ortega. Quedará constancia en el AVE.

A veces una personalidad política resulta asociada con un animal: Clemenceau, el tigre; Berlusconi, el caimán. Buen conocedor de su amigo, en la presentación del libro, Suso de Toro calificó a Zapatero de “un bulldog”. Fuerte, no muy inteligente, de apariencia tranquila, callado, pero que cuando muerde de improviso no suelta la presa. Inmejorable.

(Los lectores supervivientes pueden pasar a las Cartas a un joven español, de José María Aznar, o, más les vale, a las precedentes Cartas de un joven español, de Ortega y Gasset).

El País [de ayer]