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Exemplo

Y el ayo respodiole:

–Joven conde… En una ciudad no lejana de aquí vivía un hombre de escasos bienes de fortuna que tenía un amigo muy rico y poderoso. El hombre pobre sabía por experiencia que, cada vez que iba a la casa de su amigo rico, éste lo agasajaba y atendía como correspondía al afecto profundo que por él sentía: lo deleitaba y entretenía, le mostraba los raros y valiosos objetos que había adquirido en sus últimos viajes por lejanos países, lo sentaba a su mesa para que disfrutara de exquisitos manjares, procuraba su solaz relatándole numerosas y divertidas anécdotas acerca de sus relaciones con otros amigos ricos y poderosos como él. Y finalmente, al despedirse de su amigo pobre en la puerta de su palaciega morada, para que guardara un buen recuerdo de la visita, le regalaba el objeto por el que su amigo hubiera mostrado mayor interés, ya fuese un vestido nuevo de fino paño, ya fuese un cuchillo de caza con empuñadura de marfil labrado, ya fuese un cántaro del mejor aceite de oliva de Andalucía, ya fuese un joven y brioso caballo percherón. Pero el hombre pobre, a pesar de tanta magnanimidad como mostraba con él su amigo rico, nunca encontraba un día que le pareciese apropiado para visitar a su amigo; y así pasaba los años, languideciendo en su triste penuria. Y ahora yo os pregunto, señor conde, qué tipo de amonestación creéis que merecía el hombre pobre por mostrarse tan renuente, en lugar de disfrutar de tan ventajosa amistad.

Y replicole el conde:

–Vive Dios que ese hombre, por estúpido, merecía que le cortaran sus orejas de hombre, y el lugar de tales le colocaran un par de orejas de asno; e incluso que lo desposeyeran de sus escasas y pobres posesiones, pues no castigo más suave merece quien tan insensatamente se comporta.

Entonces el ayo, mirándolo con severidad, le dijo:

–Señor conde, vos sois ese hombre pobre y estúpido, que, teniendo la amistad y siempre generosa acogida de sabios, escritores y artistas que os brindan su obra y os ofrecen magníficos regalos para vuestro espíritu, cada día encontráis alguna excusa para no visitarlos, y para seguir entregándoos a banalidades y vanidades de las que sólo sacaréis el quedaros en la más absoluta de las miserias.