• Páginas

  • Archivos

  • diciembre 2007
    L M X J V S D
     12
    3456789
    10111213141516
    17181920212223
    24252627282930
    31  

Manolico Tacón

La primera anécdota, o una de las primeras, que oí contar de él, fue la de que en su juventud, con la penuria en la que vivía, como la mayor parte del pueblo, siempre iba descalzo, con las plantas de los pies tan endurecidas como las pezuñas de un sátiro. Para las fiestas de la patrona, la Divina Pastora, le compraban unas alpargatas que no le duraban puestas más de un rato: en seguida se las quitaba y se las colgaba al hombro, hasta que las dejaba olvidadas en cualquier apeadero.

No era Manolico un hombre corpulento, pero sin duda poseyó un vigor físico impresionante; y unas respuestas de mal genio similares a las de aquel Sansón que ataba las teas encendidas a las colas de las zorras, para quemarles los campos a los filisteos.

En los primeros años sesenta, cuando el boom de la emigración, se fue a Alemania; y no dejó definitivamente el país de acogida sino cuando se jubiló.

En esa última etapa de su vida, que no fue muy larga, en los años setenta, sus ocupaciones fueron tomar el sol en invierno y buscar sombras fresquitas en el verano. Esto y… beber vino. Fue bebedor incluso cuando su organismo ya no toleraba la bebida, por lo que puede decirse que se mató bebiendo.

Como en mis años de universitario seguí viviendo en mi pueblo, muchas veces me sentaba a tomar el sol o la sombra con Manolico; y me contaba anécdotas de su vida porque yo le sonsacaba. La que llegó a hacerse más conocida y familiar fue la de aquel burro cargado de no sé qué, que llevaba de reata Manolico. Tenían que cruzar algún chorro, pero el burro plantó los cascos delanteros en el borde y dijo que no daba un paso más, que allí había peligro. Y ya conocen ustedes la terquedad incomparable de los congéneres de Platero… De modo que cuanto más tiraba del ronzal nuestro Manolico, mejor se apalancaba e inmovilizaba su jumento. Hasta que éste colmó la paciencia de su amo, que lo miró de hito en hito y le espetó: “A talento me ganarás, pero a cojones no me ganas”. Y amagando la cabeza bajo la panza del pollino, cargó el animal sobre sus hombros y así lo pasó al otro lado del regato.

La frase de mi amigo Manolico Tacón, andando el tiempo, se convirtió en una especie de lema de los hombres de mi pueblo, que siempre consideraron el talento una sospechosa cualidad que se cultiva en el ocio, mientras que los atributos de la honesta e irrenunciable virilidad se densifican y acendran en el trabajo.