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Calle San Luis

A mis amigos de entonces

Antes de que a mi pueblo lo devorara el suburbio, mi calle, a la que todos llamábamos el Barrio San Luis, era una de las más céntricas, abigarradas, pintorescas y hermosas del lugar. Tenía casi todas las casas en el lado impar, orientadas al sur: una tira de viente números, más o menos, todas juntas e iguales, con sus muros de “jarcia” (tierra apisonada), con un amplio corral en su trasera, que los vecinos fueron aprovechando para construir, según las necesidades y posibilidades económicas de cada familia, leñeras, cuadras, marraneras, conejeras, gallineros… Las pocas casas del lado par se alternaban con tierras de labor, donde algunos árboles frutales eran atentamente vigilados, en sus evoluciones estacionales, por la rapaz chiquillería.

La vida bullía en mi calle, llena de niños, de actividad, de voces y de gritos, de pregones… Discurría a lo largo de ella un regato descubierto que era su principal delicia. Bordeado de juncia, de mastranzos y de otras plantas amigas del agua, algunos días de primavera se llenaba de mujeres que lavaban, de niños que chapoteaban al menor descuido de las madres… Y en las noches de verano los vecinos, en lugar de acostarse temprano en las tórridas camaretas altas, se sacaban a la puerta alguna cortina de saco, o una silla baja, para sentarse o recostarse a escuchar los comentarios de unos y de otros, a contar a los niños historias de muertos aparecidos, a relajarse contemplando la luz melosa de las estrellas y oyendo la monótona cantinela de los grillos.

Pero los días más hermosos eran los, no muy frecuentes, de las nevadas invernales: cuando abríamos el ventanuco de la camareta, donde dormíamos enterrados en pesadas mantas y pellizas viejas que apenas abrigaban, y contemplábamos el bello manto blanco, cálido y frío, que había descendido sobre nuestro paisaje.