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Derechos de autor

El día 6 de este mes publicó Javier Marías en EPS un artículo que, cuando lo leí, me entristeció; con frases como la siguiente: “¿Y ustedes creen que dedicaríamos tanto esfuerzo si nuestras obras pasaran a ser “del dominio público” inmediatamente, si nuestra propiedad intelectual dejara de existir de hecho al instante y no sacáramos un euro de nuestras invenciones? Yo, la verdad, no escribiría una línea. O, mejor dicho, no la publicaría, y, como Salinger, guardaría mis textos en un cajón hasta la llegada de tiempos más respetuosos y menos saqueadores.” Ideas que a mí me parecen más adecuadas a un vendedor, de libros o de vinos, que a un artista de la palabra, título que, sin ninguna vacilación, creo que se merece el escritor Javier Marías.

Yo entiendo que el mundo está cambiando muy rápidamente, y que un hombre,al llegar a cierta edad después de haber trabajado honradamente durante toda su vida, espera, se siente con derecho a… poseer unos medios económicos que le permitan ir invejeciendo con dignidad, y atender a las “cargas familiares” si las tiene. Pero el arte… a veces es helarte.

Para consolarme de la tristeza que me produjo este artículo de Marías, recordé una imagen muy distinta de este escritor: la del joven de dieciocho años que se fue a vivir durante todo un verano en París, donde su tío le prestaba su piso. Y Marías, administrándose el escaso peculio con austeridad de eremita, se dedicó a escribir; y, viviendo como un lobo solitario, escribió su primera novela, Los dominios del lobo.

Pero volviendo al tema que ahora les preocupa a los artistas: la revolución de Internet como causa de que ellos disminuyan los beneficios que obtienen de sus obras. ¿Por qué no se asustan menos y se adaptan más al nuevo panorama? ¿Por qué no unen su altura de miras a una visión comercial realista?

Los que no somos artistas no vamos a pensar ahora en si Miguel Ríos sentía algún escrúpulo embolsándose pasta por cantar en concierto o grabar en disco el Himno a la alegría (letra y música de quien todo el mundo sabe); ni en si Serrat, cuando cantaba poemas de antonio Machado, consideraba que don Antonio, en el tiempo en que los escribía, se ganaba la vida como profesor de instituto, porque si se hubiera propuesto vivir de sus poemas se habría muerto, literalmente, de hambre.

Señores artistas: en arte y en ciencia, como en el alterne en los bares o en las rutinas de la vida doméstica, todos chupamos de todos, aunque el sentido común tiene también que marcarnos los límites. Adáptense a los tiempos: piensen en el mercado mundial y en la reducción de costes, también para los creadores, que supone Internet.

Yo, que no soy escritor pero soy filoescritor, es decir, me gusta jugar a serlo, el otro día, cuando leí el citado artículo de Marías, para quitarme más la pena, escribí aquí mi broma titulada ¡Ni un céntimo!. Si hoy estoy volviendo a rebuznar en el mismo tema, la culpa la tiene mi amigo Eustaquio, quien, en ese titulillo de ¡Ni un céntimo!, me hace el más halagüeño comentario: no por ofrecerme unos tragos de “su vino” (¡él sabe que me gusta!): lo llama “mi vino” porque lo cría con sus manos, desde cavar la viña o podarla, hasta trasegarlo o embotellarlo, de modo que lo podría llamar “sangre de su carne”, o casi tan hijo suyo como Antonio Jesús y Rubén. Pero sí: por ofrecerme unos tragos de su vino; porque así, en estos juegos literarios, me hace descendiente del autor del Cantar de Mio Cid, o de los primeros juglares que lo recitaron (“El romance es leído, / dadnos vino”); o del primero de “Mis poetas”, “el primero es Gonzalo de Berceo llamado”, que escribe al comienzo de su “Vida” del Santo de Silos:

Quiero fer una prosa en román paladino,

en qual suele el pueblo fablar a su vecino,

ca non so tan letrado por fer otro latino:

bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.

Amigo Eustaquio: “avec plaisir” acepto el trago.