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Cagacán

El viernes, al comienzo de una clase de 3º de la ESO, cierta alumna se quitó una zapatilla y, andando a la cojitranca, la depositó en el alféizar de la ventana más próxima. Ante mi mirada inquisitiva, explicó, tocándose la punta de la nariz:

–He pisado una caca; y hiede.

–Una caca de can –le habría respondido yo, si tal sintagma, en lugar de provocar un esbozo de conmiserativa sonrisa, no hubiera provocado un cuarto de hora de rechuflas, insultos, amenazas, lanzamiento de proyectiles cuasinucleares, y otros cuantos desórdenes por el estilo.

El caso es que nuestro instituto se abre a una calle, la del Duque de Rivas, por cuyas aceras hay que andar como por zona minada. Debería llamarse, no calle, sino cague Duque de Rivas, como si el autor de Don Álvaro fuera también el autor del zurullal de su calle.

Aunque no es la calle Duque de Rivas: la ciudad entera resulta intransitable de tanta perruna hez. Señor Alcalde, tenemos dos soluciones:

-O hacemos de la suciedad virtud, cambiamos el nombre a la ciudad y la llamamos Cagacán; y, sacando pecho, provocamos la curiosidad morbosa de los turistas colocando el siguiente cartel en todas las entradas (desde tierra, mar o aire):

BIENVENIDO A CAGACÁN,

LA LETRINA CANINA.

-O construimos una ciudad en otra parte, lo que será menos costoso que retirar tantísima mierda.