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Dos palabras

A veces se ha extendido, como una especie de moda, que los periodistas pregunten a los políticos cuál es la palabra que les parece más hermosa. Sin embargo, dadas las tendencias contrarias de lo humano (el hombre “ángel con grandes alas de cadenas” de Blas de Otero), habría siempre que preguntar en estos casos por una pareja de términos opuestos: la más hermosa y su contraria.

Para mí –contesto aunque ningún periodista me lo haya preguntado—la palabra más hermosa es entusiasmo. Etimológicamente (etimología griega) significa “endiosamiento”; como tener un dios dentro; o también como estar elevado a la categoría de los dioses. Es el estado de la inspiración artística; y creo que ese endiosamiento –ese estar “como dios” del lenguaje coloquial—se puede vivir en otras situaciones. Es la máxima elevación que puede experimentar un humano… una apoteosis: como la de Hércules aunque, por desgracia, momentánea y fugaz.

El sustantivo que, según mi opinión, se opone a entusiasmo es ruina. Seguramente el verbo latino ruo, del que procede, y el verbo griego reo (el del panta rei de Heráclito) son hermanos; y ambos –con esa consonante inicial que yo aseguraría onomatopéyica—significan el mismo fluir, el mismo precipitarse de lo vivo hacia la muerte (idem ruere ad interitum).

Y así vamos los humanos caminando: entre el entusiasmo y la ruina.