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Filemón y Baucis

No por Antonio sino por

OVIDIO

Hay en Frigia –en un lugar que después ha sido cercado por murallas—un roble que yo mismo vi cuando Piteo me envió a este país, donde su padre, Pélope, reinó antes de que viniera a establecerse en Grecia. Cerca de este roble hay un lago repleto de cuervos y pollas de agua. Este lugar fue en otro tiempo tierra habitable.

Júpiter acompañado de Mercurio (ambos transformados en hombres) fue a visitar esta tierra. Después de pedir en varias casas hospitalidad, que les fue negada, fueron a una cabaña cuya cubierta era de carrizo y de paja, en la que fueron recibidos con gran acogimiento por Filemón  y su anciana esposa Baucis. Los dos de la misma edad, se habían casado muy jóvenes y habían envejecido juntos, compartiendo la vida en aquella misma cabaña. Habían sabido suplir con su virtud los rigores de la indigencia en que vivían. Sin más familia que ellos mismos, ellos se daban las órdenes y ellos mismos las cumplían.

Tan baja era la choza, que Júpiter y Mercurio tuvieron que inclinarse para entrar. Filemón les rogó que se sentaran, presentándoles un banco sobre el que Baucis había colocado un poco de heno. En el rescoldo que quedaba en el hogar, añadió hojas secas, y, a fuerza de soplar mientras los ojos y la garganta le escocían por el humo, logró encender el fuego apetecido. Aderezó al momento la verdura que Filemón le trajo del huerto y cortó del pernil que tenían colgado un poco de carne, poniéndolo todo a cocer. Esperando a que la comida estuviera lista, entretuvieron a sus huéspedes con su plática y sus viejos chascarrillos. En un rincón junto al hogar había una vasija de haya en la que Filemón echó agua cliente para lavarles los pies. En medio de la habitación había un lecho de madera de sauce, cubierto por una capa de hojas. Para adornarlo, extendieron sobre él un tapiz del que sólo se servían en las grandes solemnidades. En tanto, Baucis preparaba la mesa. Desgraciadamente, ésta tenía una pata más corta, lo que remedió colocando debajo un trozo de teja. Luego colocó en ella olivas y cerezas silvestres, queso y huevos asados en el rescoldo, todo ello servido en platos y potes de barro y tazas de madera encerada por dentro. El segundo plato se componía de nueces, higos secos, dátiles, manzanas y miel. La comida resultó frugal en verdad, pero dada con buena voluntad, que es lo principal. Los dos ancianos notaron que, a pesar de que los visitantes bebían sin tino, el vino, en lugar de disminuir, aumentaba en la vasija. Advertidos por el prodigio, dirigiendo las manos y la vista al cielo, imploraban perdón a sus huéspedes por hospitalidad tan pobre que les estaban ofreciendo. Pero aún les quedaba un ánsar que les guardaba la cabaña;  quisieron sacrificarlo, corrieron tras él para apresarlo, pero no lo lograron porque el animal se refugió entre las piernas de los divinos huéspedes, que lo protegieron ante sus dueños. Finalmente, aquellos se dieron a conocer, y les anunciaron el justo castigo  que iban a lanzar sobre el país: “Todos esos impíos que habitan este cantón van a perecer; sólo vosotros seréis librados de la muerte; y para ello es preciso que abandonéis esta cabaña y nos sigáis.” Filemón y Baucis obedecieron y, apoyándose sobre sus báculos, subieron con esfuerzo la montaña. Desde la cima. Contemplaron el país, todo cubierto de agua excepto su cabaña. Mientras admiraban el prodigio y lamentaban la triste suerte de sus vecinos, observaron que su choza se había transformado en templo: columnas magníficas  se elevaban en lugar de los postes de madera que antes la sostenían; la paja, convertida en oro; la tierra del suelo, pavimentada de mármol; la puerta, adornada de esculturas. Estaban perplejos de admiración cuando Júpiter les habló así: “Viejo prudente y digna esposa de marido tan virtuoso, decidme vuestro mayor deseo.”  “Todos nuestros deseos –dijo Filemón después e consultar un momento con su mujer– se reducen a ser los guardianes de ese templo; y, como siempre hemos vivido  juntos, querríamos morir el mismo día”.  Júpiter les concedió su petición.

Filemón y Baucis sirvieron en el templo el resto de sus días. Y cuando llegaron a una vejez extrema, un día en que estaban sentados juntos recordando esta aventura prodigiosa, Baucis vio cómo el cuerpo de Filemón se cubría de hojas, al mismo tiempo que en su cuerpo brotaban otras parecidas. “Adiós, mi querida esposa”, le dijo tiernamente Filemón. “Adiós”, le replicó Baucis. Apenas pronunciaron estas palabras, sus bocas se cerraron  y quedaron transformados en robles para siempre.

Metamorfosis (libro VIII).