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Inés y Juan

Es una obra de la que, hace unas décadas, hasta los más analfabetos de mi pueblo se sabían de memoria alguna estrofilla. Francisco Rico cuenta, en algún pasaje de sus escritos, que su amigo Juan Benet no era nada partidario de esta obra, pero prácticamente se la sabía de memoria, lo que ilustra con una graciosa anécdota que no me detengo a recontar. Y el durísimo crítico Leopoldo Alas Clarín hace de ella un encendido elogio por boca del narrador de La Regenta:

Empezó el segundo acto y don Álvaro notó que por aquella noche tenía un poderoso rival: el drama. Anita comenzó a comprender y sentir el valor artístico del don Juan emprendedor, loco, valiente y trapacero de Zorrilla; a ella también la fascinaba como a la doncella de doña Ana de Pantoja, y a la Trotaconventos que ofrecía el amor de Sor Inés como una mercancía… La calle oscura, estrecha, , la esquina, la reja de doña ana… los desvelos de Ciutti, las trazas de don Juan; la arrogancia de Mejía; la traición interina del Burlador, que no necesitaba, por una sola vez, dar pruebas de valor; los preparativos diabólicos de la gran aventura, del asalto del convento, llegaron al alma de la Regenta con todo el vigor y la frescura dramáticos que tienen y que muchos no saben apreciar o porque conocen el drama desde antes de tener criterio para saborearle y ya no les impresiona, o porque tienen el gusto de madera de los tinteros […].

Una obra de teatro en la que tiene lugar la más famosa declaración de amor de la literatura española. Con una peculiaridad: el personaje que inicia la recitación de esas décimas de acoso y cortejo es un cínico seductor que no respeta nada con tal de añadir un asterisco más a su vitola de pirata levantafaldas; y el que termina la misma y susodicha recitación es un leal y rendido enamorado hasta la muerte, hasta el cielo o el infierno, de aquella doncellita vestida con hábitos monjiles que, tendida y apenas recuperada de un violento desmayo, lo mira con sobrecogido y candoroso arrobo, mientras siente que las palabras del joven, sus gestos, su persona, han suscitado en ella un fuego infinitamente más grande que todas las llamitas ciriales encendidas por las prédicas de convento, a las que había sido entregada desde su niñez.

Hoy en España tenemos casi totalmente olvidada esta obra. Aun así, yo quiero aportar un granito de arena, una palabra para su recuerdo; y quiero copiar aquí el final de la réplica de la doncella enamorada a su galán: el que había presumido de olvidar sus conquistas en una hora, que ahora, también en una hora, se veía elevado a la mayor dignidad humana por la fuerza imparable del amor verdadero:

 

No, don Juan, en poder mío

resistirte no está ya:

yo voy a ti como va

sorbido al mar ese río.

Tu presencia me enajena,

tus palabras me alucinan,

y tus ojos me fascinan,

y tu aliento me envenena.

¡Don Juan, don Juan!, yo lo imploro

de tu hidalga condición:

o arráncame el corazón

o ámame; porque te adoro.