• Páginas

  • Archivos

  • febrero 2008
    L M X J V S D
     123
    45678910
    11121314151617
    18192021222324
    2526272829  

Lorca, el solipsista de Andalucía

No por Antonio sino por
FERNANDO SÁNCHEZ ALONSO.
Federico García Lorca es un personaje que sale mucho en los libros de Ian Gibson, y al que las estudiantes norteamericanas suelen incluir en el inventario de tópicos españoles, equiparándolo a los toros, a la paella, al flamenco y al sol bullicioso de las playas levantinas. Lorca poco tiene que ver hoy con la literatura. Lorca es el bibelot del grupo del 27.
Inspirándonos en los testimonios de quienes lo conocieron, podemos afirmar que García Lorca tenía esa alegría encorajinada de los cantantes de salsa y una ilusoria camisa de palmeras que él disfrazaba bajo los trajes de manolo andaluz al que en realidad le habría gustado llamarse Manola y llevar a los toros una peineta exaltada de metáforas y mucho folclore de clavel, ese asterisco rojo que él se fijaba a veces en el ojal de la chaqueta, donde se asustaba con el trajín de la respiración insegura de Federico cada vez que le golpeaba el puño del ultraje, como cuando anunciaban algunos periódicos, simulando la torpeza de una errata: “Mañana, conferencia de D. Federico García Loca”.

Físicamente García Lorca tenía una gran cabeza de búfalo aturdido y testarrón, una tez aceitunada, que parecía prometerle el regreso a la nostalgia de su campo gitano, unos pómulos de muñeca repollo hasta los que él extendía una sonrisa ofuscada de blancura y pesadumbre, y un mirar en cuyo fondo se adivinaba una noche sin dioses ni estrellas. “Federico era una cabeza viva y un cuerpo alelado”, epigramó Luis Rosales, y Gerardo Diego se detuvo a describir “su voz como encuevada, suavemente ronca, de un tono pardo único” que Lorca ejercitó en el teatro (fundó “La Barraca”, compañía dramática) y en los conciertos de la Residencia de Estudiantes, donde había un piano cuyas teclas parpadeaban en blanco y negro bajo las manos de Lorca antes de que los oyentes celebraran su actuación con vítores y otras manifestaciones de genuino casticismo apache. Dice Gibson del poeta que era “un buen conversador y narrador de anécdotas, y tal vez más que cualquier otra cosa un juglar moderno que recitaba brillantemente sus poemas ante grupos de amigos o cantaba canciones folclóricas que él mismo acompañaba al piano”. Lorca habría sido capaz de sustituir la Alhambra por otra edificada por él mismo con mondas de naranjas si eso le hiciese merecer la dicha de ser el centro de atención de los demás. De haber nacido en nuestros días, figuraría en la plantilla de empleados (sección de especímenes curiosos) que salen en ciertas cadenas televisivas.

Como poeta, Lorca acierta a reunir en su obra al don Quijote de lo culto y tradicional y al Sancho de lo folclórico y lo popular. Borges dijo que García Lorca era un gitano profesional. Su mundo, es cierto, termina en Despeñaperros. Pero la suya es una Andalucía que no sólo elude el lugar común, sino que él enriquece y universaliza con una mitología de erotismo trágico, de fuerza irracional y de perfume de flor de cuchillo (raro es el personaje de sus poemas que sale vivo al terminar el último verso). Y todo ese mundo de muerte y frustración está siempre amenizado por el hilo musical de un lenguaje extraordinariamente brillante, como un ramo de sol, que no desdeña la metáfora audaz ni la imagen hermética. (La poesía de Lorca abunda en demasiados efectos especiales, y aquí está, creo, su mayor virtud y también su mayor peligro).

“Bardo anterior a la imprenta”, según lo bautizara Jorge Guillén, y adicto a cuanto se revistiera de olor a pueblo, aunque sin desatender nunca la cultura libresca, más amplia de lo que él se complació en divulgar, Lorca persistió en el hábito feliz del desprendimiento y no era infrecuente verlo regalar sus poemas a los amigos, sin que a menudo interviniera la precaución de reservarse una copia, pues él prefería pensar, sobre todo a partir de 1928, fecha del Romancero, que los versos renacen en el corazón de los hombres y mueren en las hojas del libro. Fortalecido por esa certidumbre, Lorca hizo de monitor de boy scouts de sus composiciones y las llevaba de excursión por conferencias y recitales.

Sacerdote de viejas divinidades humanas (la justicia, el amor, la muerte), apoyó en su poesía, y más aún en su teatro, las esperanzas de esa tribu de proscritos a los que maltrata la convicción de que la felicidad es algo que no está siquiera al alcance de sus sueños. “Yo siempre soy y seré partidario de los pobres. Yo siempre seré partidario de los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega”, dijo. Porque para el gitano, la mujer estéril, el homosexual o el negro (todos esos seres dolientes que integran el retablo íntimo del poeta) sólo existe la pena negra. Pena de la que por cierto huirá él cuando decida emprender en 1929 un viaje a Estados Unidos con el confesable propósito de estudiar inglés y el inconfesable de apresurar la lejanía y el olvido de cierto ganímedes.

En Nueva York Lorca siente la fascinación de Mickey Mouse, se come una hamburguesa doble, se da un garbeo luego por Harlem y planea la idea de contar lo que ha visto en un libro de estirpe falsamente surrealista que se publicará en 1940 con el título de Poeta en Nueva York.

Lorca, qué duda cabe, fue un grandísimo poeta, pero inferior desde luego a la desmedida importancia que los críticos le han inventado. Influyó mucho en Alberti y algo en Bécquer, a quien empezó a leerse de forma distinta. Ahora bien, si ciframos el alcance y la trascendencia de un escritor en su capacidad de influir en las generaciones venideras, me alío a Carlos Bousoño cuando escribe: “el influjo de Aleixandre y Cernuda […] sobre la poesía de la posguerra es muy superior al que ha ejercido Lorca. Digámoslo con más energía: Lorca no ha influido prácticamente nada, o muy poco, en el desarrollo de la poesía posterior a él”.

Lo dicho: Lorca o el solipsista de Andalucía.

El jolgorio efímero. Retratos a contraluz de cinco poetas del Grupo del 27.
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid. 2000.