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Lorca, el solipsista de Andalucía

No por Antonio sino por
FERNANDO SÁNCHEZ ALONSO.
Federico García Lorca es un personaje que sale mucho en los libros de Ian Gibson, y al que las estudiantes norteamericanas suelen incluir en el inventario de tópicos españoles, equiparándolo a los toros, a la paella, al flamenco y al sol bullicioso de las playas levantinas. Lorca poco tiene que ver hoy con la literatura. Lorca es el bibelot del grupo del 27.
Inspirándonos en los testimonios de quienes lo conocieron, podemos afirmar que García Lorca tenía esa alegría encorajinada de los cantantes de salsa y una ilusoria camisa de palmeras que él disfrazaba bajo los trajes de manolo andaluz al que en realidad le habría gustado llamarse Manola y llevar a los toros una peineta exaltada de metáforas y mucho folclore de clavel, ese asterisco rojo que él se fijaba a veces en el ojal de la chaqueta, donde se asustaba con el trajín de la respiración insegura de Federico cada vez que le golpeaba el puño del ultraje, como cuando anunciaban algunos periódicos, simulando la torpeza de una errata: “Mañana, conferencia de D. Federico García Loca”.

Físicamente García Lorca tenía una gran cabeza de búfalo aturdido y testarrón, una tez aceitunada, que parecía prometerle el regreso a la nostalgia de su campo gitano, unos pómulos de muñeca repollo hasta los que él extendía una sonrisa ofuscada de blancura y pesadumbre, y un mirar en cuyo fondo se adivinaba una noche sin dioses ni estrellas. “Federico era una cabeza viva y un cuerpo alelado”, epigramó Luis Rosales, y Gerardo Diego se detuvo a describir “su voz como encuevada, suavemente ronca, de un tono pardo único” que Lorca ejercitó en el teatro (fundó “La Barraca”, compañía dramática) y en los conciertos de la Residencia de Estudiantes, donde había un piano cuyas teclas parpadeaban en blanco y negro bajo las manos de Lorca antes de que los oyentes celebraran su actuación con vítores y otras manifestaciones de genuino casticismo apache. Dice Gibson del poeta que era “un buen conversador y narrador de anécdotas, y tal vez más que cualquier otra cosa un juglar moderno que recitaba brillantemente sus poemas ante grupos de amigos o cantaba canciones folclóricas que él mismo acompañaba al piano”. Lorca habría sido capaz de sustituir la Alhambra por otra edificada por él mismo con mondas de naranjas si eso le hiciese merecer la dicha de ser el centro de atención de los demás. De haber nacido en nuestros días, figuraría en la plantilla de empleados (sección de especímenes curiosos) que salen en ciertas cadenas televisivas.

Como poeta, Lorca acierta a reunir en su obra al don Quijote de lo culto y tradicional y al Sancho de lo folclórico y lo popular. Borges dijo que García Lorca era un gitano profesional. Su mundo, es cierto, termina en Despeñaperros. Pero la suya es una Andalucía que no sólo elude el lugar común, sino que él enriquece y universaliza con una mitología de erotismo trágico, de fuerza irracional y de perfume de flor de cuchillo (raro es el personaje de sus poemas que sale vivo al terminar el último verso). Y todo ese mundo de muerte y frustración está siempre amenizado por el hilo musical de un lenguaje extraordinariamente brillante, como un ramo de sol, que no desdeña la metáfora audaz ni la imagen hermética. (La poesía de Lorca abunda en demasiados efectos especiales, y aquí está, creo, su mayor virtud y también su mayor peligro).

“Bardo anterior a la imprenta”, según lo bautizara Jorge Guillén, y adicto a cuanto se revistiera de olor a pueblo, aunque sin desatender nunca la cultura libresca, más amplia de lo que él se complació en divulgar, Lorca persistió en el hábito feliz del desprendimiento y no era infrecuente verlo regalar sus poemas a los amigos, sin que a menudo interviniera la precaución de reservarse una copia, pues él prefería pensar, sobre todo a partir de 1928, fecha del Romancero, que los versos renacen en el corazón de los hombres y mueren en las hojas del libro. Fortalecido por esa certidumbre, Lorca hizo de monitor de boy scouts de sus composiciones y las llevaba de excursión por conferencias y recitales.

Sacerdote de viejas divinidades humanas (la justicia, el amor, la muerte), apoyó en su poesía, y más aún en su teatro, las esperanzas de esa tribu de proscritos a los que maltrata la convicción de que la felicidad es algo que no está siquiera al alcance de sus sueños. “Yo siempre soy y seré partidario de los pobres. Yo siempre seré partidario de los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega”, dijo. Porque para el gitano, la mujer estéril, el homosexual o el negro (todos esos seres dolientes que integran el retablo íntimo del poeta) sólo existe la pena negra. Pena de la que por cierto huirá él cuando decida emprender en 1929 un viaje a Estados Unidos con el confesable propósito de estudiar inglés y el inconfesable de apresurar la lejanía y el olvido de cierto ganímedes.

En Nueva York Lorca siente la fascinación de Mickey Mouse, se come una hamburguesa doble, se da un garbeo luego por Harlem y planea la idea de contar lo que ha visto en un libro de estirpe falsamente surrealista que se publicará en 1940 con el título de Poeta en Nueva York.

Lorca, qué duda cabe, fue un grandísimo poeta, pero inferior desde luego a la desmedida importancia que los críticos le han inventado. Influyó mucho en Alberti y algo en Bécquer, a quien empezó a leerse de forma distinta. Ahora bien, si ciframos el alcance y la trascendencia de un escritor en su capacidad de influir en las generaciones venideras, me alío a Carlos Bousoño cuando escribe: “el influjo de Aleixandre y Cernuda […] sobre la poesía de la posguerra es muy superior al que ha ejercido Lorca. Digámoslo con más energía: Lorca no ha influido prácticamente nada, o muy poco, en el desarrollo de la poesía posterior a él”.

Lo dicho: Lorca o el solipsista de Andalucía.

El jolgorio efímero. Retratos a contraluz de cinco poetas del Grupo del 27.
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid. 2000.

Inés y Juan

Es una obra de la que, hace unas décadas, hasta los más analfabetos de mi pueblo se sabían de memoria alguna estrofilla. Francisco Rico cuenta, en algún pasaje de sus escritos, que su amigo Juan Benet no era nada partidario de esta obra, pero prácticamente se la sabía de memoria, lo que ilustra con una graciosa anécdota que no me detengo a recontar. Y el durísimo crítico Leopoldo Alas Clarín hace de ella un encendido elogio por boca del narrador de La Regenta:

Empezó el segundo acto y don Álvaro notó que por aquella noche tenía un poderoso rival: el drama. Anita comenzó a comprender y sentir el valor artístico del don Juan emprendedor, loco, valiente y trapacero de Zorrilla; a ella también la fascinaba como a la doncella de doña Ana de Pantoja, y a la Trotaconventos que ofrecía el amor de Sor Inés como una mercancía… La calle oscura, estrecha, , la esquina, la reja de doña ana… los desvelos de Ciutti, las trazas de don Juan; la arrogancia de Mejía; la traición interina del Burlador, que no necesitaba, por una sola vez, dar pruebas de valor; los preparativos diabólicos de la gran aventura, del asalto del convento, llegaron al alma de la Regenta con todo el vigor y la frescura dramáticos que tienen y que muchos no saben apreciar o porque conocen el drama desde antes de tener criterio para saborearle y ya no les impresiona, o porque tienen el gusto de madera de los tinteros […].

Una obra de teatro en la que tiene lugar la más famosa declaración de amor de la literatura española. Con una peculiaridad: el personaje que inicia la recitación de esas décimas de acoso y cortejo es un cínico seductor que no respeta nada con tal de añadir un asterisco más a su vitola de pirata levantafaldas; y el que termina la misma y susodicha recitación es un leal y rendido enamorado hasta la muerte, hasta el cielo o el infierno, de aquella doncellita vestida con hábitos monjiles que, tendida y apenas recuperada de un violento desmayo, lo mira con sobrecogido y candoroso arrobo, mientras siente que las palabras del joven, sus gestos, su persona, han suscitado en ella un fuego infinitamente más grande que todas las llamitas ciriales encendidas por las prédicas de convento, a las que había sido entregada desde su niñez.

Hoy en España tenemos casi totalmente olvidada esta obra. Aun así, yo quiero aportar un granito de arena, una palabra para su recuerdo; y quiero copiar aquí el final de la réplica de la doncella enamorada a su galán: el que había presumido de olvidar sus conquistas en una hora, que ahora, también en una hora, se veía elevado a la mayor dignidad humana por la fuerza imparable del amor verdadero:

 

No, don Juan, en poder mío

resistirte no está ya:

yo voy a ti como va

sorbido al mar ese río.

Tu presencia me enajena,

tus palabras me alucinan,

y tus ojos me fascinan,

y tu aliento me envenena.

¡Don Juan, don Juan!, yo lo imploro

de tu hidalga condición:

o arráncame el corazón

o ámame; porque te adoro.

Ayaan Hirsi Ali: «No quiero morir… Estoy desesperada»

No por Antonio sino por

MARIA RAMIREZ. Corresponsal [Hoy, en El Mundo]

BRUSELAS.- Rodeada de un enjambre de cámaras y eurodiputados poco frecuente un jueves por la tarde en el semidesierto Parlamento Europeo, Ayaan Hirsi Ali, con su voz suave y su gesto tímido, se encontró ayer en «la embarazosa situación», según ella, de pedir ayuda.

La ex parlamentaria liberal holandesa de origen somalí, amenazada de muerte por sus críticas al islam, intenta pagarse sus guardaespaldas tras la retirada de la protección de su país. Una parte de los socialistas europeos propone la creación de un fondo comunitario para personas amenazadas por expresar su opinión cuando su Estado no se haga cargo.

La guionista de un documental sobre el maltrato de las mujeres musulmanas, insultada en una nota clavada en el cuerpo del coautor, Theo Van Gogh, asesinado por un extremista, se mudó a EEUU después de que el Gobierno holandés cayera por una retirada temporal de su pasaporte y los vecinos de su edificio, donde el Estado compró una casa, lograran que un tribunal la obligara a dejar su apartamento por la «amenaza» de su presencia. Pese al compromiso de protegerla, Holanda dejó en octubre de pagar la seguridad de la ex diputada fuera de su país, donde volvería a vivir entre bases militares, comisarías y moteles, como hizo durante años.

«Aunque alguna gente no esté de acuerdo conmigo y con mi estilo de hacer las cosas no creo que deba ser condenada a muerte u obligada, como ahora, a esconderme», dijo Hirsi Ali en una sala abarrotada y donde un par de reporteros árabes le pedieron explicaciones por el shock ante sus denuncias contra el islam. «No quiero morir…estoy desesperada», repetía ella.

«No son opiniones de la misma calidad las que tienen por contenido y consecuencia la muerte y las que tienen por contenido el debate», replicó a quienes protestaban por la libertad de religión de los musulmanes Bernard-Henri Lévy, filósofo francés y presente como uno de los promotores de la operación para salvar a Hirsi Ali.

El fondo europeo, sugerido por el Gobierno francés, podría recurrir a una partida de 50 millones de euros anuales de la Eurocámara para imprevistos, utilizada, por ejemplo, para las víctimas del 11-M. De momento, un centenar de eurodiputados de los 785 ha firmado la declaración de apoyo a Hirsi Ali, entre ellos sólo dos españoles, Alejo Vidal-Quadras, del PP, y Mikel Irujo, de EA. El PSOE no se ha unido a la idea, «salida de un despacho y no de una reunión de grupo», porque, asegura una portavoz, quiere «estudiarla más» para que no quede restringida al caso de la holandesa y se acompañe de un presupuesto.