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Aprender el idioma

Antes de que, en mi remota infancia, se me pasara por la imaginación la quimera de estudiar idiomas (no de estudiarlos yo, sino de que alguien dedicara su tiempo a esa peregrina ocupación) fui consciente de la importancia de estudiar el idioma: el propio idioma. Y recuerdo la mañana en que me percaté del tema… Andrés el Chicharra se acercó a don Antonio, el maestro, para decirle que su hermano Fernandín no había venido aquella mañana a la escuela “porque le dolía el tragaero”. Don Antonio primero hizo un gesto de aquiescencia y comprensión, y, sin solución de continuidad, otro gesto de abatimiento y negación; para terminar repitiendo, como un eco distorsionado, con aquella voz grave y pastosa que parecía salirle del intestino grueso, las palabras finales del Andrés, las que aludían al órgano doliente de su hermano: “El tragaero…” Y a continuación, aflautando el timbre cuanto pudo, corrigió: “¡la garganta!”.

Un servidor, testigo próximo de aquel mínimo diálogo académico, comprendió entonces que, lo mismo que no nos poníamos la misma ropa para ir a las faenas del campo, capar ajos por ejemplo, que para ir a misa el domingo, no debíamos usar las mismas palabras para dirigirnos al cura o al maestro que para hablar con un vecino, con un compañero de miserias. Porque las palabras han de vestir los pensamientos con la ropa adecuada para que se presenten con el atuendo que cada ocasión requiere, que cada interlocutor se tiene merecido.

Figúrate…

No por Antonio sino por

RAMÓN J. SENDER

Figúrate que el minotauro de Creta salió de las riberas del Guadalquivir. Y no creas que estoy loca como Mrs. Adams cuando empieza a hablar de estas cosas. No. En tiempos de Salomón había un rey en Sevilla que se llamaba Gerión y le mandó un toro blanco al rey Minos. Un toro de la ribera de Alcalá de Guadaira, como los que veo pastar a veces desde el balcón de mi cuarto, querida. Hermosos toros que vienen de una casta diferente desde los tiempos prehistóricos, la casta de los toros de lidia. Se dividen en varias clases, así como marrajos, zaínos, cabestros y gazapones, según el color.

La reina, la esposa de Minos, se enamoró de él, digo del toro de Alcalá de Guadaira, y tuvieron relación sexual, de la cual nació un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro. El minotauro del laberinto famoso se podría decir, pues, que era hijo de Alcalá de Guadaira. ¿Sabes? Yo creo que todo esto del toro es alegórico y que probablemente el toro de Gerión era un embajador bastante handsome y que le gustó a la reina. Tal vez ese embajador sabía de toros, porque aquí todo el mundo es experto, y en Creta toreaban ya entonces casi lo mismo que ahora, porque yo he visto dibujos de la época con toreros poniendo banderillas. Pero, por otra parte, en la tradición cretense había objetos y cosas que explican cómo esa relación entre el toro y la reina fue posible.

Te lo explicaría también, pero no podría confiar esas explicaciones al correo. Ya te lo diré cuando nos veamos. Es bastante shocking, querida; pero, como te digo,  fue posible. (Digo físicamente posible.)

Por el momento lo que quiero decirte a propósito de los toros de Alcalá de Guadaira es que estando yo en el balcón (mi hotel está enfrente de la casa del cura) pasó por la calle una niña de unos doce años, detrás de una vaca. Y el cura, que estaba leyendo su breviario, cuando la vio le dijo:

–Hola, Gabrielilla.

–Con Dios, señor cura.

–¿Adónde vas?

–A llevar la vaca al toro, señor cura.

–¿Y tu padre? ¿Dónde está?

–No lo sé.

–¿No podría hacer eso él?

Y la niña, escandalizada, respondió:

–No, señor cura. Qué cosas tiene. Es menester el toro.

No sé qué alcance dar a ese incidente, pero me recuerda lo de Creta y el minotauro, y por eso te lo cuento.

(La tesis de Nancy)

Álzate, corazón

No por Antonio sino por

LUIS ALBERTO DE CUENCA y por

ARQUÍLOCO DE PAROS

Álzate, corazón, consumido de penas,

levántate, que sopla un viento de esperanza

por el mundo, llevándose con él tus inquietudes

y la costra de angustia que apaga tus latidos.

Álzate, viejo amigo, que el dios de los humildes

ha vuelto de su viaje al país de las sombras

y alumbra con su ojo la prisión en que yaces,

limando los barrotes de tu melancolía.

LUIS ALBERTO DE CUENCA

………………………………….

Corazón, corazón, de irremediables penas agitado,

¡álzate! Rechaza a los enemigos oponiéndoles

el pecho, y en las emboscadas traidoras sostente

con firmeza. Y ni, al vencer, demasiado te ufanes,

ni, vencido, te desplomes a sollozar en casa.

En las alegrías alégrate y en los pesares gime

sin excesos. Advierte el vaivén del destino humano.

ARQUÍLOCO DE PAROS