• Páginas

  • Archivos

  • marzo 2008
    L M X J V S D
    « Feb   Abr »
     12
    3456789
    10111213141516
    17181920212223
    24252627282930
    31  

Aprender el idioma

Antes de que, en mi remota infancia, se me pasara por la imaginación la quimera de estudiar idiomas (no de estudiarlos yo, sino de que alguien dedicara su tiempo a esa peregrina ocupación) fui consciente de la importancia de estudiar el idioma: el propio idioma. Y recuerdo la mañana en que me percaté del tema… Andrés el Chicharra se acercó a don Antonio, el maestro, para decirle que su hermano Fernandín no había venido aquella mañana a la escuela “porque le dolía el tragaero”. Don Antonio primero hizo un gesto de aquiescencia y comprensión, y, sin solución de continuidad, otro gesto de abatimiento y negación; para terminar repitiendo, como un eco distorsionado, con aquella voz grave y pastosa que parecía salirle del intestino grueso, las palabras finales del Andrés, las que aludían al órgano doliente de su hermano: “El tragaero…” Y a continuación, aflautando el timbre cuanto pudo, corrigió: “¡la garganta!”.

Un servidor, testigo próximo de aquel mínimo diálogo académico, comprendió entonces que, lo mismo que no nos poníamos la misma ropa para ir a las faenas del campo, capar ajos por ejemplo, que para ir a misa el domingo, no debíamos usar las mismas palabras para dirigirnos al cura o al maestro que para hablar con un vecino, con un compañero de miserias. Porque las palabras han de vestir los pensamientos con la ropa adecuada para que se presenten con el atuendo que cada ocasión requiere, que cada interlocutor se tiene merecido.

Figúrate…

No por Antonio sino por

RAMÓN J. SENDER

Figúrate que el minotauro de Creta salió de las riberas del Guadalquivir. Y no creas que estoy loca como Mrs. Adams cuando empieza a hablar de estas cosas. No. En tiempos de Salomón había un rey en Sevilla que se llamaba Gerión y le mandó un toro blanco al rey Minos. Un toro de la ribera de Alcalá de Guadaira, como los que veo pastar a veces desde el balcón de mi cuarto, querida. Hermosos toros que vienen de una casta diferente desde los tiempos prehistóricos, la casta de los toros de lidia. Se dividen en varias clases, así como marrajos, zaínos, cabestros y gazapones, según el color.

La reina, la esposa de Minos, se enamoró de él, digo del toro de Alcalá de Guadaira, y tuvieron relación sexual, de la cual nació un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro. El minotauro del laberinto famoso se podría decir, pues, que era hijo de Alcalá de Guadaira. ¿Sabes? Yo creo que todo esto del toro es alegórico y que probablemente el toro de Gerión era un embajador bastante handsome y que le gustó a la reina. Tal vez ese embajador sabía de toros, porque aquí todo el mundo es experto, y en Creta toreaban ya entonces casi lo mismo que ahora, porque yo he visto dibujos de la época con toreros poniendo banderillas. Pero, por otra parte, en la tradición cretense había objetos y cosas que explican cómo esa relación entre el toro y la reina fue posible.

Te lo explicaría también, pero no podría confiar esas explicaciones al correo. Ya te lo diré cuando nos veamos. Es bastante shocking, querida; pero, como te digo,  fue posible. (Digo físicamente posible.)

Por el momento lo que quiero decirte a propósito de los toros de Alcalá de Guadaira es que estando yo en el balcón (mi hotel está enfrente de la casa del cura) pasó por la calle una niña de unos doce años, detrás de una vaca. Y el cura, que estaba leyendo su breviario, cuando la vio le dijo:

–Hola, Gabrielilla.

–Con Dios, señor cura.

–¿Adónde vas?

–A llevar la vaca al toro, señor cura.

–¿Y tu padre? ¿Dónde está?

–No lo sé.

–¿No podría hacer eso él?

Y la niña, escandalizada, respondió:

–No, señor cura. Qué cosas tiene. Es menester el toro.

No sé qué alcance dar a ese incidente, pero me recuerda lo de Creta y el minotauro, y por eso te lo cuento.

(La tesis de Nancy)

Álzate, corazón

No por Antonio sino por

LUIS ALBERTO DE CUENCA y por

ARQUÍLOCO DE PAROS

Álzate, corazón, consumido de penas,

levántate, que sopla un viento de esperanza

por el mundo, llevándose con él tus inquietudes

y la costra de angustia que apaga tus latidos.

Álzate, viejo amigo, que el dios de los humildes

ha vuelto de su viaje al país de las sombras

y alumbra con su ojo la prisión en que yaces,

limando los barrotes de tu melancolía.

LUIS ALBERTO DE CUENCA

………………………………….

Corazón, corazón, de irremediables penas agitado,

¡álzate! Rechaza a los enemigos oponiéndoles

el pecho, y en las emboscadas traidoras sostente

con firmeza. Y ni, al vencer, demasiado te ufanes,

ni, vencido, te desplomes a sollozar en casa.

En las alegrías alégrate y en los pesares gime

sin excesos. Advierte el vaivén del destino humano.

ARQUÍLOCO DE PAROS

Leer o ser leído, leer o escuchar, leer cómo y dónde

  1. Quien es aficionado a leer termina sucumbiendo ante la tentación de escribir. Cuando se es muy joven, a ese lector convertido, al menos parcialmente, en autor, le puede bastar con saber que ha escrito algo que no merece ser inmediatamente quemado, que merece ser conservado en un cajón, en espera de un lector o en espera del veredicto del tiempo. El joven que, nada más comenzar a escribir, se pirra por encontrar editor, está manifestando un deseo más intenso de vivir como escritor, de vivir de la escritura: no está manifestando, obviamente, escribir mejor.
  2. Tengo amigos aficionados a las largas caminatas y amigos que dedican su tiempo de ocio a cultivar su propia viña; amigos que se han ido aficionando a escuchar libros mientras están en su faena. Se han vuelto oyentes, al estilo de cómo lo era  la mayoría de la gente antes de que se extendiera la alfabetización. Oyentes como aquellos a los que dirigía Gonzalo de Berceo sus alejandrinos: “Amigos e vasallos de Dios Omnipotent, / si vos me escuchássdes por vuestro consiment, / querríavos contar un buen aveniment”. U oyentes entre los que Juan Palomeque se incluía en estos términos: “Porque cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno de estos libros en las manos, y rodeámonos de él más de treinta y estamos escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas”.
  3. Las librerías están desapareciendo de las pequeñas ciudades. El lector que gusta de seleccionar, el libro que va a leer, en un moroso ojeo/hojeo en esa librería donde lo dejan deambular y mirar y hojear, cada vez tiene menos de estos espacios a su alcance. Y tal vez ese lector pasa más tiempo leyendo los productos que la Red le ofrece: periódicos, blogs, libros, enciclopedias, diccionarios…
  4. También suele ocurrir que los lectores de más edad van siendo progresivamente menos curiosos de las novedades editoriales, y suelen contentarse más volviendo a lo ya leído… Hace por lo menos veinte años que G. García Márquez confesaba en alguna entrevista que él ya leía pocos libros nuevos, y en cambio releía mucho las obras ya leídas, las que habían pasado la prueba de su gusto o de su admiración. Aunque yo creo que las personas mayores, en la medida en que se cansan más leyendo, prefieren, mientras pasean sin auriculares o mientras dormitan, leer los pasajes que el tiempo ha ido grabando en sus mentes y en sus almas, prefieren leer el libro que llevan dentro, o el libro que ellos mismos son.

Funes El Memorioso

No por Antonio sino por
JORGE LUIS BORGES 
Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887… Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
Leamos a Borges…

Enfermo

Al Viernes de Dolores he llegado

enfermo (infirme), extenuado, roto:

un trimestre en el Íes es un siglo en la selva.

Por eso desde ayer no hago otra cosa

que curarme: terapias por doquier.

Que escribo, como ahora: hago grafoterapia;

que me quedo hecho un tronco, hipnoterapia;

que me doy una ducha, hidroterapia;

que me encoleto un vaso, enoterapia;

que ando por la playa o que me baño:

es talasoterapia;

que me quedo en casita, ecoterapia

(domoterapia si prefieren).

Ahora bien, por muy santa que sea la semana,

no haré hagioterapia: paso de procesiones

y antes muerto que a Sevilla.

Injusticia

El gavilán la vio, la abatió y la devoró: una paloma blanca.

El gavilán ha sido detenido, acusado y condenado a sufrir cadena perpetua en el infierno: aquella paloma blanca era el Espíritu Paráclito.