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Soraya

FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS

Hoy, en El Mundo.

Después de una hora de entrevista a la bulliciosa juiciosa Soraya Sáenz de Santamaría he llegado a la conclusión de que podría adoptarla, pero votarla me resultará más difícil. Y tampoco la adoptaría como niña -ya lo es de Rajoy, y no abundaré en el chiste- sino como maestrita rural. Porque tiene Soraya bastante de las antiguas maestras nacionales que llegaban tras ganar las oposiciones al rincón más perdido de España (así llegó mi madre a mi pueblo natal, así que no puedo hacerle mejor cumplido) y siempre tenían algo de infantil y mucho de mandón. Lo primero favorecía la compasión de los padres, que ordenaban respeto a sus feroces vástagos; lo segundo era preciso para dominar a la grey escolar, tribu que sólo se rinde tras constatar que sus infinitas ganas de enredar serán fatalmente derrotadas por la voluntad de mandar de la maestra. Cuando entonces, como gustaba repetir Umbral, o sea, cuando en España se respetaba al maestro tanto como al cura y al alcalde, los padres le hubieran llevado a doña Soraya, siempre doña, una docena de huevos o algo de la conserva, mientras el alumnado descargaba su fiereza en la suerte de varas, o sea, el recreo. Allí corrían, saltaban, jugaban y reñían hasta descalabrarse; pero en la clase se entregaban rendidos a la muleta. El maestro sabía cosas que transmitía en el ejercicio de su autoridad, que los padres agradecían y respaldaban. El peor castigo del revoltoso era mandarlo a su casa. Eso, cuando entonces.

Soraya como criatura ofrece un candor en la mirada estudiantil y ojiplática que complacerá el atavismo protector de los hombres, pero que convencerá algo menos a las mujeres por un detalle de su lenguaje corporal: el bailoteo de las manos para subrayar las frases hechas, casi recitadas de memoria. Ellos, tras el revoloteo de los dedos, apreciarán los bracitos redondos, muelles, porque toda ella parece curva, muelle y blandita, como si le valiera la definición de Platero por Juan Ramón: «Es pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera que diríase de algodón, que no tiene huesos». Ellas, sin embargo, constatarán que en todos los dedos tiene falanges, falanginas y falangetas, o sea, que le gusta el poder más que los hombres y observarán un respeto relativamente compasivo. Ellos seguirán sin enterarse de nada, porque a veces son ellos y no ellas los que no se quieren enterar, pero… pero. A pesar de todos los signos favorables, el destino sorayesco es incierto. La razón es que ha tomado la alternativa en Las Ventas y esa plaza trata bien a los toreros pobres y hasta les regala orejas para fastidiar a las figuras; pero, ah, cuando el pobre llega a figura, adiós contemplaciones: «¡Mucho toro!», gritan en la andanada, para decir que hay poco torero. En la grada, esperan los damnificados del minitsunami del PP, un centón. Y Esperanza Aguirre ha contratado para el 2 de Mayo a José Tomás.