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Cinco fechas

21 de septiembre de 1902. Nace Luis Cernuda Bidón en Sevilla, del matrimonio formado por Bernardo Cernuda Bousa, militar a la sazón comandante, y Amparo Bidón Cuellar, de profesión “sus labores”. En las dos primeras entradas de Ocnos podemos empezar ya a sospechar de la rareza del muchacho. La primera de estas entradas se titula “La poesía”; la segunda, “La naturaleza”. Estos dos descubrimientos, ¿no se producen en un niño normalito en el orden inverso?

14 de febrero de 1938. Cernuda abandona, para siempre, la sangrante España. Evocó aquel momento en otra entrada de Ocnos, titulada “Guerra y paz”. La copio entera:

La estación sin duda hubiera tenido que mostrar animación, vida, aún más por ser estación de frontera; pero cuando en aquel anochecer de febrero llegaste a ella, estaba desierta y oscura. Al ver luz tras de unos visillos, hacia un rincón del andén vacío, allá te encaminaste.

Era el café. Qué paz había dentro. Qué silencio. Una mujer con un niño en los brazos estaba sentada junto al hogar encendido. Se podía escuchar el murmullo ensordecido y sosegador de las llamas de la estufa.

Pediste leche fría y pan tostado, con el recelo de quien cree pedir la luna. Y al ver asentida sin sarcasmo tu demanda, te animaste a solicitar también unos cigarrillos.

Sentado en medio de aquella paz y aquel silencio recuperados, existir era para ti como quien vive un milagro. Sí, todo resultaba otra vez posible. Un escalofrío, como cuando nos recuperamos pasado un peligro que no reconocimos por tal al afrontarlo, sacudió tu cuerpo.

Era la vida de nuevo; la vida, con la confianza en que ha de ser siempre así de pacífica y de profunda, con la posibilidad de su repetición cotidiana, ante cuya promesa el hombre ya no sabe sorprenderse.

*

Atrás quedaba tu tierra sangrante y en ruinas. La última estación, la estación al otro lado de la frontera, donde te separaste de ella, era sólo un esqueleto de metal retorcido, sin cristales, sin muros –un esqueleto desenterrado al que la luz postrera del día abandonaba.

¿Qué puede el hombre contra la locura de todos? Y sin volver los ojos ni presentir el futuro, saliste al mundo extraño desde tu tierra en secreto ya extraña.

10 de septiembre de 1947. En el puerto de Southampton, Cernuda zarpa en un buque francés rumbo a Nueva York, adonde llega en “menos de dos semanas”. También esta llegada la recuerda en Ocnos, en la entrada titulada “La llegada”, que, igualmente, copio entera:

Despierto mucho antes del amanecer, levantado, duchado y vestido, listo el equipaje, te sentaste en el salón vacío. Todo, salones, pasillas y cubierta del buque, estaba desierto. Tras de los ventanales sólo el negror confundido del mar y del cielo, aunque del mar se distinguiera siempre su trueno, apenas apercibido ya, con la medio costumbre adquirida en los días de travesía y la zozobra impaciente de la llegada a tierra y ciudad nuevas, aunque imaginadas de antiguo. La luz se fue haciendo y parecía que faltaba bastante para divisar la costa.

Sentado por largo espacio de espaldas a la hilera de ventanales, un presentimiento te hizo volver de pronto la cabeza. Ya estaba allí: la línea de rascacielos sobre el mar, esbozo en matices de sutileza extraordinaria, un rosa, un lila, un violeta como los de la entraña en el caracol marino, todos emergiendo de un gris básico graduado desde el plomo al perla. La cresta de los edificios contra el cielo y el borde contiguo del cielo estaban marcados de amarillo por un sol invisible, y a un lado y a otro ese eje de luz se oscurecía con noche y con mar en lo más alto y lo más bajo del horizonte.

Cuántas veces lo habías visto en el cine. Pero ahora eran la costa y la ciudad reales las que aparecían ante ti; sin embargo, qué aire de irrealidad tenían. ¿Eras tú quien estaba allí? ¿Estaba ante ti la ciudad que esperabas? Parecía tan hermosa, más hermosa que todo lo supuesto antes en imagen e imaginación; tanto, que temías fuera a desvanecerse como espejismo, que el buque estaba aún en camino, que no ibas a llegar nunca, condenado a vagar indefinidamente, alma desencarnada, entre el abismo ventoso del aire y el abismo furioso del agua.

Mas era la realidad: las molestias innumerables con que los hombres han sabido y tenido que rodear los actos de la vida (pasaportes, permisos, turnos de espera, examen políciaco, aduana) te lo probaron de manera tajante. Y más de siete horas después, terminado el acoso del animal humano, pudiste salir libre, del cobertizo de la aduana en el muelle a la luz del mediodía: al fin pisabas la ciudad que entreviste, fabulosa como un leviatán, surgiendo del mar de amanecida.

Parecía ahora tan trivial, igual en calles pardas y casas sórdidas a aquella Escocia aborrecible, dejada atrás hacía años. Pero eran sólo los suburbios; la ciudad verdadera estaba adentro, toda tiendas con escaparates brillantes y tentadores, como juguetes en día de reyes o día del santo, empavesada de banderas bajo un cielo otoñal claro que encendía los colores, alegre con la alegría envidiable de la juventud sin conciencia. Y te adentraste por la ciudad abrupta, maravillosa, como si tendiera hacia ti la mano llena de promesas.

17 de agosto de 1949. Cernuda pisa por primera vez el suelo mexicano: sentía enorme curiosidad por conocer este país; e iba de vacaciones. Los “viejos amigos exiliados”, la “simbiosis de pasado y presente en los pequeños pueblos, las iglesias coloniales”… Y sol y playa: las playas de Acapulco. Copio entera en Ocnos “La luz”:

Cuando aquellas mañanas tu cuerpo se tendía desnudo bajo el cielo, una fuerza conjunta, etérea y animal, sutilización y exaltación de la pesadez humana por virtud de la luz, iba penetrándole con violencia irresistible. Con su presencia se acallaban los poderes elementales de que el cuerpo es cifra, el agua, el aire, la tierra, el fuego, abrazados entonces en proporción y armonía perfectas. Toda forma parecía recogerse bajo el nombre y todo nombre suscitar la forma, con aquella exactitud prístina de una creación: lo exterior y lo interior se correspondían y ajustaban como entre los amantes el deseo del uno a la entrega del otro. Y tu cuerpo escuchaba la luz.

Si algo puede atestiguar en esta tierra la existencia de un poder divino, es la luz; y un instinto remoto lleva al hombre a reconocer por ella esa divinidad posible, aunque el fundamental sosiego que la luz difunde traiga consigo angustia fundamental equivalente, ya que en definitiva la muerte aparece entonces como la privación de la luz.

Mas siendo Dios la luz, el conocimiento imperfecto de ella que a través del cuerpo obtiene el espíritu en esta vida, ¿no ha de perfeccionarse en Dios a través de la muerte? Como los objetos puestos al fuego se consumen, transformándose en llama ellos mismos, así el cuerpo en la muerte, para transformarse en luz e incorporarse a la luz que es Dios, donde no habrá ya alteración de luz y sombra, sino luz total e infalible. Y cuando así no sea, aún tu cuerpo desnudo al sol de esta tierra recogió y atesoró por su seno oscuro, en consolación desesperada, partículas suficientes de aquella divinidad ilusoria, hasta iluminar con ellas la muerte, si esta ha de ser para el hombre definitiva.

5 de noviembre de 1963. Esa muerte, no definitiva para el poeta, se presenta. Concha Méndez, en cuya casa se aloja Cernuda, se extraña de que éste no haya bajado a desayunar. Su hija Paloma subió a la habitación y lo encontró: “En una mano la pipa; en la otra, cerillas; una hoja sobre literatura española en la máquina de escribir; en la mesilla de noche, un libro de Emilia Pardo Bazán, la luz encendida”.

¿Que a qué viene este cuento…? Es que acabo de releer Ocnos; y de leer la Biografía del poeta (Jordi Amat , ed. Espasa). Y algo había que escribir, o que copiar.

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Una respuesta

  1. Yo lo que más siento (como fumador de pipa) es que no le diera tiempo a encender esa última pipa. Pero no importa, porque le dio tiempo a escribir la mejor poesía en lengua española del siglo XX. Me encanta este recuerdo de Luis Cernuda. Una salvedad: no murió.

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