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Mucha religión

En el 68, fuera mayo o fuera abril, los españoles empezábamos a quitarnos el hambre. Algunos estaban pensando en comprarse una nevera, o un SEAT 600. Yo, para celebrar el jolgorio general, abandoné el seminario y me fui a comer habas verdes a mi pueblo. Tendría que haber ido también a echarme novia, pero no se puede cambiar tan bruscamente: denme tiempo.

Por aquellas fechas, aunque el nacional catolicismo retrocedía de vencida, todavía el lenguaje reflejaba lo pegados, adheridos o adosados que habíamos estado respecto a la Iglesia, los templos y los santos… Un niño era, en muchas ocasiones, un angelico. Cuando ese niño empezaba a articular sus primeras frases, la abuela se extasiaba y afirmaba que su nieto sabía más que los doce apóstoles. Cuando, después de crecer un poco más, el chico se aficionaba a la lectura, la madre comentaba, preocupada , que su niño estaba como San Juan, todo el día con el libro en la mano. Si el muchacho en verano se volvía cerrero o playero y se dejaba tostar por el sol, la tita extrovertía ante la madre su desasosiego: “Está más negro que San Benerito” (San Benedicto). Si un día al adolescente lo descabalgaba de malas maneras su acémila (la mula o la bicicleta) y la criatura se dejaba la piel de la cara y de los brazos entre los chinarros del suelo, el padre, cuando algún compadre le preguntaba en el bar, comentaba que el pobre chavea estaba hecho “un cehomo” (un Ecce Homo). Si el chico, entre cerros, playa, bicicleta y demás desgastes, adelgazaba a ojos vistas, la vecina le susurraba a su hija mocita que el vecino estaba más seco que la espina de Santa Lucía. Si el abuelo quería ponderar la hombría de su nieto, que había vuelto al pueblo después del periodo de instrucción en el ejército y después de haber jurado bandera, aseguraba solemne que su nieto tenía más cojones que el Santo de Escúzar, al que se le descascarilló un huevo y hubo que gastar dos espuertas de yeso en reparárselo. Cuando, entre los mozos de su quinta, el joven bebía vino y hablaba de muchachas, tal vez decía, de alguna de las que a él le llamaban especialmente la atención, que él le echaba un polvo que le iba a durar el gusto más que a un santo unas albarcas. Y si el muchacho, con el conque de haber jurado bandera y haberse echado una medio novia en el pueblo, se ponía gallito con su hermano mayor, éste lo amenazaba con darle una hostia que lo iba a lanzar como un cohete hasta la puerta del cuartel.

O sea, que seguíamos siendo extraordinariamente religiosos.

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