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Nunca

Mi vecino, compañero y amigo viene a pedirme un libro. Pero no hay tal petición, sino intercambio, porque me trae el último y póstumo de Ángel González, Nada grave, que mi “compa”, Perfecto, sabe que yo no he comprado, a pesar de la afición que le tengo a este poeta.

Ya Perfecto me hace saber, no para que se lo devuelva cuando acabe ese plazo, que es un libro que “se lee en diez minutos”. Efectivamente es un libro de veintiocho poemitas breves, entre los que hay un soneto y unos cuantos de extensión similar al soneto; los demás son mucho más breves. Y está magníficamente editado: un merecido homenaje para este inspirado poeta, fallecido este año, el día 12 de enero.

A pesar de su brevedad, algunos poemas, lo que ya me constaba de antemano, no son nuevos: ya aparecieron en el número 233 de la revista Litoral, en el año 2002, otro homenaje al poeta y otra joya editorial, por cierto; y algunos poemas aparecieron en el El País poco después de la muerte de don Ángel.

Leo el libro y…dada su brevedad, lo copio, lo que para mí no constituye un trabajo, sino otro modo de muy amena lectura.

Son poemas, creo que todos los aficionados ya lo saben, cuyo tema es la experiencia de la decrepitud inherente a la vejez, y el presentimiento de la, inevitablemente próxima, muerte.

¿Hay algún poema que se salga de este núcleo temático? Sí, hay uno; lo copio:

NUNCA

¿Hemos de sacrificar a la doncella

en el altar de un dios que reclama su sangre

para confirmar su poder sobre nosotros,

y comprobar que su grandeza

no sufre menoscabo con el paso del tiempo?

Rómpase la grandeza del dios en mil pedazos,

que la lepra corroa la púrpura que cubre

su soberbia figura,

y que su eternidad se reduzca a ceniza.

Y prevalezca la sencilla gracia

de la doncella viva, fugaz, irrepetible,

su sonrisa tan clara,

su alegría

que ella no sabe efímera, y por tanto

es en su ser presente inmortal un instante.

Vemos que no sólo el tema, sino el tono del poema es distinto: el tono menor, intimista, casi susurrante, “nada grave” de los otros poemas se ha transformado aquí en un encendido, enardecido, iconoclasta discurso ante una imaginable multitud, a la que (sin duda) el vate disuade de sus perversas intenciones de sacrificar a la doncella de “sencilla gracia” “en el altar de un dios”. ¿De qué dios? Eso no lo dice el poeta, por lo que creo que hay que deducir que “cualquier dios”. Ahora bien, concluyo, la nómina de dioses es muy amplia: el Becerro de Oro americano, el dólar, el Toro de Oro de Europa, el euro, la ideología de izquierdas, el Socialismo, la ideología de derechas, el Fascismo… Y tantos otros dioses: el dios del Cristianismo, el dios del Islam, el dios del Judaísmo, el dios de tantos convencionalismos y prejuicios deificados por la estupidez, el miedo, la ignorancia o el afán de poder sobre las gentes. Si “reclama su sangre”, la sangre de la doncella de “sonrisa tan clara”, o la del joven (¡naturalmente!) lleno de vigor y hermosura, ¿qué es lo que hay que hacer? “Rómpase la grandeza del dios en mil pedazos”, “y prevalezca” la fugaz inmortalidad de cualquier joven.

En fin, gracias, don Ángel, por este bello himno a la vida, a la juventud y a la libertad, en este libro tuyo de la leve, “nada grave”, elegía de la despedida.