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Educación

Mi hija mayor (estudiante de Traducción e Interpretación, 21 años) está trabajando este verano en Disneyland Resort Paris, concretamente en una de las tiendas del complejo. Y nos comenta que los clientes que se comportan con peor educación son los españoles.

Con veintidós años, cuando era estudiante de Filología Románica, hice yo mi primera visita al país vecino. Y todo lo que iba viendo me parecía muchísimo mejor y más interesante que lo que conocía de la España de Franco: entre tantas cosas, la discreción con la que los franceses aceptaban la marabunta de ruidosos y vociferantes españoles que llegaban a trabajar en las viñas y en las bodegas de sus zonas vitivinícolas. Quizá porque sabían que se acababa la temporada y los españoles regresaban a su tosca España, contentos por los francos que habían ganado, y dejándolos a ellos contentos por el trabajo realizado.

España (olvidemos por un momento la crisis en la que, como en un oscuro túnel, estamos entrando)… España se modernizó y se europeizó con la democracia… Pero se ve que construir autovías en una nación es más fácil y más rápido que hacer que esa nación vaya progresando también en civismo.

En esa opinión me reafirman los comentarios de mi hija, o los artículos de Pérez-Reverte en XLSemanal (les recomiendo especialmente el titulado “El síndrome de Lord Jim”, publicado el 14 de enero de 2007), o las pandillas de muchachos que, en verano, a cualquier hora de la noche, llegan a mi calle dando voces y con la música del coche a toda pastilla, ignorando por completo a la gente que duerme ahí al lado: niños, ancianos, adultos a los que les sonará el despertador a las 6:30 porque les aguarda una jornada de trabajo…

Pues eso: que es bastante más fácil llegar a tener ropa nueva y veinte euros en el bolsillo que llegar a tener en la masa de la sangre unas cuantas normas básicas sobre lo que supone vivir en sociedad.

Fin de Babel

Ha de llegar el día

en que todos hablemos un idioma.

Todos el mismo idioma.

Todos como al principio,

antes de que la ira de Yaveh considerara una montaña

unos granos de arena amontonados

por la fuerza infantil de unas criaturas

tan débiles, tan frágiles, tan torpes.

Todos el mismo idioma.

Vuelta sosiego ya la ira del Altísimo.

Terminado el castigo de Babel,

esa cruel condena

por la que un hombre dice “Bendito el pan de trigo”,

y su vecino entiende “Maldito tú, enemigo”.

Todos el mismo idioma: romance de paisanos

que negocian, relatan,

buscan trabajo, amante, hacen deporte…

y nunca entienden “¡Muerte!”

cuando el vecino ha dicho “¡Suerte!”.

Fin de Babel. ¡Gracias, Yaveh!

Familia

Dicen las buenas lenguas que maestros y profesores llevamos mejor que otros el paso del tiempo porque la juventud de nuestros alumnos, como todo, se contagia, nos contagia. No obstante, bienvenidas las vacaciones, aunque por un tiempo nos perdamos ese trago diario de poción rejuveneciente.

Máxime cuando puede ser sustituido por el contacto con el recrío familiar… Vamos al pueblo pensando en las abuelas; en lo viejas que están. Con la esperanza de que lo que les reste por vivir les merezca la pena. Vamos pensando en ellas… pero luego quienes se ganan nuestra atención son los retoños nuevos de la familia: esas cuatro nietas de mis hermanos, de entre ocho meses y tres años (lamento retrospectivamente no haber visto a las dos pequeñas de mi cuñado, el hermano de mi esposa). Mirar cómo Aitana le hace fiestas al abuelo; cómo Jimena se empeña en manejar sola el triciclo, sin la ayuda de su padre, aunque no le llegan los pies a los pedales; cómo Lucía pronuncia esas frases rotundas de cariño; cómo Martina comienza a ejercer su autonomía desafiando imposiciones… Y tenerlas en brazos, hacerles una broma y que se rían… También ver a los padres de estas criaturas, asumiendo serenos y fuertes la querida carga…

Si no hay niños, los maestros nos quedamos sin trabajo, sin sueldo, sin rejuvenecimiento. Si no hay niños, los pueblos se acaban, sumidos en la tristeza. Mientras hay niños, hay esperanza, hay fe, hay caridad, hay días, hay Dios.