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Despreciar lo sencillo

Soy pésimo como hombre de mantenimiento de mi vivienda, porque siempre que se produce una avería, un desarreglo, imagino como causa la peor y más complicada, con lo cual lo dejo estar, en espera de que llegue el equipo técnico adecuado; o sea, que si el ordenador no se enciende, pensaré que se ha fundido por dentro, no que, accidentalmente, ha quedado desenchufado de la red eléctrica.

Esta mañana de julio –vacaciones…– he hecho algo que, por sencillo, no había hecho nunca en los trece años que llevo en esta casa: ir andando tranquilamente hasta la playa, darme un baño de más o menos media hora, y volver a ducharme en la casa. Me he ido a las ocho (me levanto temprano también en vacaciones) y a las nueve y cuarto ya estaba de vuelta, duchado y vestido.

Y como este descubrimiento de algo sencillo me ha hecho recordar un pasaje del Séneca de Pemán, el Séneca que yo alguna vez veía en Las Tres Emes, la taberna de enfrente de la casa paterna (no teníamos tele), he cogido mi libro del Séneca y he leído un capítulo… Pemán, por muy facha que fuera, sólo fue un escritor, no un matarife de Franco; y no se merece tanto olvido. Aunque, ¿a qué santo no olvidamos una vez que pasa su fiesta?

En fin, ya he hecho otra cosa sencilla: ceder a la tentación de la grafomanía.