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Despreciar lo sencillo

Soy pésimo como hombre de mantenimiento de mi vivienda, porque siempre que se produce una avería, un desarreglo, imagino como causa la peor y más complicada, con lo cual lo dejo estar, en espera de que llegue el equipo técnico adecuado; o sea, que si el ordenador no se enciende, pensaré que se ha fundido por dentro, no que, accidentalmente, ha quedado desenchufado de la red eléctrica.

Esta mañana de julio –vacaciones…– he hecho algo que, por sencillo, no había hecho nunca en los trece años que llevo en esta casa: ir andando tranquilamente hasta la playa, darme un baño de más o menos media hora, y volver a ducharme en la casa. Me he ido a las ocho (me levanto temprano también en vacaciones) y a las nueve y cuarto ya estaba de vuelta, duchado y vestido.

Y como este descubrimiento de algo sencillo me ha hecho recordar un pasaje del Séneca de Pemán, el Séneca que yo alguna vez veía en Las Tres Emes, la taberna de enfrente de la casa paterna (no teníamos tele), he cogido mi libro del Séneca y he leído un capítulo… Pemán, por muy facha que fuera, sólo fue un escritor, no un matarife de Franco; y no se merece tanto olvido. Aunque, ¿a qué santo no olvidamos una vez que pasa su fiesta?

En fin, ya he hecho otra cosa sencilla: ceder a la tentación de la grafomanía.

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3 comentarios

  1. Tiene Pemán un poema que revolotea por mi cabeza con mucha frecuencia:
    “De qué jardín, no lo sé,
    yo sentí una compañía
    que íba ajustando a la mía,
    la gracia lenta del pié.
    Era tan clara y ligera
    que porque no se me fuera,
    no me atreví a preguntar.
    Y entre, sin saber quién era,
    por el inmenso pinar…”

    No sé si he trastocado algo, a veces la memoria juega malas pasadas.

    Perdón por estas osadías, me vino el arrebato al oir hablar de Pemán.

  2. CUANDO DEL JARDÍN VOLVÍA

    Cuando del jardín volvía
    –de qué jardín no lo sé–
    yo sentí una compañía
    que iba ajustando a la mía
    la gracia lenta del pie.
    Era tan clara y ligera,
    que porque no se me fuera
    no me atrevía a mirar.

    Me entré sin saber quién era
    por el inmenso pinar.

    Cuando miré, sólo había
    un crepúsculo dorado
    que, entre los pinos, reía…
    Nada en la tarde vivía…

    ¿Si fue la Melancolía
    la que ajustaba a mi lado
    la gracia lenta del pie,
    en el morir de aquel día,
    cuando del jardín volvía
    –de qué jardín no lo sé?

    Algo recuerda el tema de este poema la leyenda de El rayo de luna, de Bécquer.

  3. Se agradece la perfección y lealtad del poema completo.
    Un abrazo
    Mery

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