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Este mundo es el camino, vivir es caminar

Mi abuelo Miguel (Papa Miguel para mis hermanos y para mí) murió cuando yo tenía ocho años; y no sé cuántos tenía él cuando acabó: unos setenta. Yo sólo puedo recordarlo con la boca sumida por la falta de dientes y muelas. Una pérdida menor, si se piensa que, antes o al mismo tiempo, había perdido a sus tres hijos varones en la flor de la edad, y a su esposa cuando su única hija, Rosario, mi madre, tenía seis años.

Por aquella pérdida menor, mi madre, que lo quería sin paliativos, me mandaba al pueblo de al lado –yo tenía, insisto, siete u ocho años cuando más—a comprar el pan en el horno de los Vílchez, porque aquel era un pan de corteza más suave, y mi abuelo podía comerlo mejor. Para ir a La Zubia, éste era, y es, el pueblo de al lado, yo tenía que atravesar tres barrancos por malos caminos o por veredas de cabras. Pero nunca me pareció que aquello fuera una ocupación dura, difícil o peligrosa.

Desde entonces hasta hoy, medio siglo después, el caminar sólo me ha aportado beneficios: paz interior, equilibrio emocional, salud y vigor corporal, gratísimas compañías…

Estoy escribiendo sobre este tema porque esta mañana, al ducharme, me he visto una ampolla reventada y sanguinolenta en un dedo de un pie… Algo que no me suele ocurrir, ni le doy a este hecho ninguna importancia. Sí se la doy al buen calzado, que es el que procuro usar.

Y concluyo… Es evidente que nos ha llegado el final de un ciclo de bonanza económica, de necesidad de apretarnos el cinturón. Para estos tiempos, y más en verano, recomiendo esta sencilla, barata y beneficiosa actividad de ocio: caminar.

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Una respuesta

  1. Ya sabes, caminante, no hay camino, se hace camino al andar.
    Propongo otra alternativa ante la crisis: la bici.
    Muy cariñoso lo que cuentas de tu abuelo y tus andanzas entre barrancos. Creo que es buenísimo que los nietos y los abuelos hagan la senda de sus vidas lo mas cercanos posibles; uno le aporta sabiduría y paciencia, otro frescura y vida.
    Un abrazo

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