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Familia

Dicen las buenas lenguas que maestros y profesores llevamos mejor que otros el paso del tiempo porque la juventud de nuestros alumnos, como todo, se contagia, nos contagia. No obstante, bienvenidas las vacaciones, aunque por un tiempo nos perdamos ese trago diario de poción rejuveneciente.

Máxime cuando puede ser sustituido por el contacto con el recrío familiar… Vamos al pueblo pensando en las abuelas; en lo viejas que están. Con la esperanza de que lo que les reste por vivir les merezca la pena. Vamos pensando en ellas… pero luego quienes se ganan nuestra atención son los retoños nuevos de la familia: esas cuatro nietas de mis hermanos, de entre ocho meses y tres años (lamento retrospectivamente no haber visto a las dos pequeñas de mi cuñado, el hermano de mi esposa). Mirar cómo Aitana le hace fiestas al abuelo; cómo Jimena se empeña en manejar sola el triciclo, sin la ayuda de su padre, aunque no le llegan los pies a los pedales; cómo Lucía pronuncia esas frases rotundas de cariño; cómo Martina comienza a ejercer su autonomía desafiando imposiciones… Y tenerlas en brazos, hacerles una broma y que se rían… También ver a los padres de estas criaturas, asumiendo serenos y fuertes la querida carga…

Si no hay niños, los maestros nos quedamos sin trabajo, sin sueldo, sin rejuvenecimiento. Si no hay niños, los pueblos se acaban, sumidos en la tristeza. Mientras hay niños, hay esperanza, hay fe, hay caridad, hay días, hay Dios.