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Este mundo es el camino, vivir es caminar

Mi abuelo Miguel (Papa Miguel para mis hermanos y para mí) murió cuando yo tenía ocho años; y no sé cuántos tenía él cuando acabó: unos setenta. Yo sólo puedo recordarlo con la boca sumida por la falta de dientes y muelas. Una pérdida menor, si se piensa que, antes o al mismo tiempo, había perdido a sus tres hijos varones en la flor de la edad, y a su esposa cuando su única hija, Rosario, mi madre, tenía seis años.

Por aquella pérdida menor, mi madre, que lo quería sin paliativos, me mandaba al pueblo de al lado –yo tenía, insisto, siete u ocho años cuando más—a comprar el pan en el horno de los Vílchez, porque aquel era un pan de corteza más suave, y mi abuelo podía comerlo mejor. Para ir a La Zubia, éste era, y es, el pueblo de al lado, yo tenía que atravesar tres barrancos por malos caminos o por veredas de cabras. Pero nunca me pareció que aquello fuera una ocupación dura, difícil o peligrosa.

Desde entonces hasta hoy, medio siglo después, el caminar sólo me ha aportado beneficios: paz interior, equilibrio emocional, salud y vigor corporal, gratísimas compañías…

Estoy escribiendo sobre este tema porque esta mañana, al ducharme, me he visto una ampolla reventada y sanguinolenta en un dedo de un pie… Algo que no me suele ocurrir, ni le doy a este hecho ninguna importancia. Sí se la doy al buen calzado, que es el que procuro usar.

Y concluyo… Es evidente que nos ha llegado el final de un ciclo de bonanza económica, de necesidad de apretarnos el cinturón. Para estos tiempos, y más en verano, recomiendo esta sencilla, barata y beneficiosa actividad de ocio: caminar.

José María Pemán

Algún comentario de Mery (ver su blog en la columna de la izquierda) me ha llevado a releer estos días mi Antología de poesía lírica del poeta gaditano. Fue el primer libro no de texto, no de lectura obligatoria, que yo me compré, cuando era estudiante de 3º de Latín y Humanidades. Lo compré después de haberlo leído en el ejemplar de un compañero, que me lo prestó. Fue un libro que me entusiasmó, me enamoró, cuando era un seminarista de 14 años; y me aprendí de memoria no pocos poemas.

Esta relectura, al cabo de tanto tiempo, ha tenido que ver también con iniciarla por El poeta ante la guerra, poemas que no recordaba en absoluto. No hay en ellos, al menos no en los de esta antología (selección hecha por el propio autor), la esperable arenga de las tropas nacionales, de Franco; al contrario: “Habrá que hablar del alba y de la rosa: / y negarse a la arenga”, dice en un poema. Es más, en el poema que ahora copio, el poeta deja clara su opinión: “Esto lo hemos traído / entre todos, hermanos.” Lo copio entero:

DE SU COMPARTIDA RESPONSABILIDAD

Los pecados le hacen filo

a la espada de la guerra.

¿Quién es hoy el loco que duerme tranquilo

en la tierra?

Esto lo hemos traído

entre todos, hermanos.

No es un inmenso horror desprevenido:

¡es la obra de tus manos y mis manos!

Esa sangrienta luz de espada y fuego

sobre campos y ríos y ciudades,

renta es de aquel sosiego,

de aquellas liviandades.

Guerra en mis manos traída.

Muerte que trajo mi vida.

¡Qué tembló de miedo y frío!

¿Será el clavel de esa herida

la flor de aquel beso mío?

Delicias burocráticas

Hace poco menos de un año (05/10/07) colgué en este blog una experiencia de mi trato con Dª Administración. Con la que hay que tratar lo menos posible (es una señora que se muda poco).

A veces no hay más remedio que acudir a ella… Así, hace un par de semanas fui al Registro Civil a pedir una partida de nacimiento de mi hija Hebe… ¡Cuatro horas de pie, ante la puerta de la dependencia, con un calor espantoso!

Hoy he tenido otro encuentro con la burocracia municipal… A las siete y media de la mañana, amontonadas y sin orden, unas cincuenta personas –alguien comentaba que estaba allí ¡desde las cuatro!—aguardábamos el reparto de números. En un corrillo se comenta que sólo dan veinte. Estoy pendiente de que aparezca un poli para preguntarle. A esa hora, a las siete y media, aparece un guardia en la puerta de al lado, algo retirada de la pelotera del público. Me acerco y le pregunto: “¿Cuántos números van a repartir?” “Sólo veinte –me contesta—desde que se puede pedir cita por teléfono.” Y le digo: “Pero si aquí estamos más de cincuenta personas… ¿Por qué no ponen un cartelito en la puerta como ese que han puesto para los extranjeros? Y me contesta vehemente, solemne, categórico y gesticulante –creo que contestarme a una segunda pregunta le resultaba un exceso de atención–: “Es que el ciudadano nunca está contento; haga lo que haga la Administración.”

Ya digo: se muda poco; y huele más a siglo XIX que a siglo XXI.