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GAUDEAMUS

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KALENDAS

SEPTEMBRES

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(Os dejo descansar hasta septiembre)

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Aldecoa (Ignacio y Josefina)

Nunca leí los Cuentos completos de Ignacio Aldecoa, a pesar de tenerlos desde hace muchos años, en una edición de Alianza tan pobretica y ya tan vieja, que se desguaza un poquito más en cuanto la retomo. Cuando los cojo (son dos volúmenes), leo dos o tres cuentos y los vuelvo a dejar, a sabiendas de que son muy buenos, o quizá por eso. Sí leí en su momento (quiero decir hace muchos años, cuando yo era muy joven) más o menos del tirón, con el apremio que tienden a imponer las buenas novelas, El fulgor y la sangre.

Ahora las novelas del realismo social se me resisten, aunque sean muy buenas: exaspera bastante la minuciosidad de su relato.

No he sabido hasta hoy, o no recordaba, que Josefina Aldecoa había titulado su trilogía de la maestra Gabriela “Trilogía de la memoria”. Lo que sí supe en cuanto leí las primeras páginas de la primera de las tres, Historia de una maestra”, es que tenía que leerla. Y cuando la leí, que tenía que leer las otras dos. Es, esta trilogía, una preciosa historia personal del siglo XX en España. Después de leerla la he recomendado unas cuantas veces; y siempre los amigos que me han hecho caso me han asegurado que les ha parecido estupenda.

Algún tiempo después, también de Josefina, leí El enigma, que igualmente me pareció una excelente novela. Y, puesto que la acción de la trilogía termina en 1982, una adecuada continuación de la vida española en democracia ya reasegurada.

Ayer comencé a leer, casi por accidente, En la distancia, libro de memorias de Josefina Aldecoa (Alfaguara, 2004). Y esta mañana estaba impaciente por retomarlo y leer las setenta páginas que me había dejado pendientes.

No sé cuál de los dos, Josefina o Ignacio, ha hecho más méritos para formar parte de la Historia de la literatura española. Sólo sé que después de leer En la distancia, los dos se me han hecho unos autores más próximos, más queridos, a los que espero volver de vez en cuando, con la seguridad de encontrarme, más que con viejos amigos, con parientes cercanos. No sé de ningún libro que Josefina haya publicado después de este En la distancia, que, como libro de memorias, lo es también de recapitulación y, quizá, de despedida. En la penúltima página la autora no tiene empacho en acogerse al tópico para concluir:

He tenido una hija. He plantado un árbol, un haya purpúrea que mide ya doce metros, en mi jardín de Cantabria.

Y he escrito algunos libros. Con ellos he pretendido llegar a los demás, comunicarme con los otros. Que me conozcan mejor y, en consecuencia, me quieran más.

Con este lector, sin duda alguna, lo ha conseguido.

Bolífalos

El primer símbolo fálico que me cortaron, según lo que recuerdo, fue el astil de mi escardillo. Yo debía de tener unos seis años; y era un niño campesino privilegiado; porque, aparte de mi chota, de la que algo he dejado escrito aquí en alguna entrada, tenía mi propio escardillo, adaptado a mi tamaño. O sea, que ganadero y agricultor era éste que suscribe, durante su tierna infancia. Mi padre, o alguno de mis hermanos, le cortó el astil a mi escardillo, para hacer del trozo cortado el raedor de la cuartilla. Yo veía el raedor y me decía: éste es el trozo que le falta al astil de mi escardillo. Pero mi padre, mis hermanos y, lo que es más duro, también mi madre, se confabularon para replicarme ante la expresión de cualquier sospecha: “Estás tonto. Éste es el raedor. El astil de tu escardillo está más corto porque lo ha roído la burra.” Creo que el progreso ha ido logrando que cada vez menos padres confundan infancia con estupidez. Pero a mí me tocó que me metieran en la boca aquella rueda de molino, que nunca pude tragar.

Y ya, el siguiente símbolo fálico que recuerdo de aquel tiempo es un bolígrafo: algo más largo y fino que el que ahora utilizo habitualmente, pero del mismo color y brillo. Más brillo aquél, si cabe, porque lo admiré cuando era totalmente nuevo, sin estrenar. Era el regalo de Reyes de mi hermano Manuel, pero a quien de verdad fascinó aquel mágico objeto fue a mí. A saber qué uso le dio mi hermano. Según me declaró, algunos años después, el propio maestro, lo que se le había dado bien en la escuela a mi hermano había sido convertir una caja de zapatos en una baraja, pintando con toda propiedad la sota y el rey, el oro y el basto. Seguramente aquel boli dibujó alguna serie de naipes que permitió a mi hermano ir adiestrándose en el arte de la tahuromaquia mientras sus colegas menos despabilados repasaban las tablas de multiplicar al ritmo que marcaba la vara de don Antonio.

Ese mismo año en que los Reyes fueron tan generosos con mi Manuel, a mí me regalaron una ridícula escopeta poco más grande que el bolígrafo de mi hermano. Disparaba un corcho que le tapaba el cañón como si éste fuera el gollete de una botella. La bala de corcho no llegaba muy lejos: estaba atada con un hilo a la guarda del gatillo. Esta escopeta fue el tercer ídolo fálico frustrado con el que los hados, oscuramente según su costumbre, me hacían saber, o ignorar, que yo de mayor no iba a ser estrella del porno, gigoló cotizado o ligón de pueblo. Sólo un tipo corriente, capaz de pasar cien veces junto al mismo corrillo de mujeres sin atraer de ninguna de ellas la atención.

Güevos Olímpicos

Cómo no, vi parte de la ceremonia inaugural. Y no lamenté no ver el resto. Un “grandioso espectáculo” según el modelo de las superproducciones de Hollywood, con todo el dinero y la tecnología al servicio de un objetivo: embobar a los paletos, de los que el mundo está lleno.

Y el desfile de atletas… qué cosa tan infantil y tan triste. Parecía una procesión de colegios de pago, para regalo y regodeo de los padres pagadores: “¡Qué guapo va mi niño!”, “¡Como el colegio de mi niña, ninguno!”. Cada colegio con su banderita, y todos con sus coloridos uniformes. Unos colegios más nutridos y otros más desnutridos, pero todos con el mismo amor a sus colores. Insisto: baba para los bobos.

Si los originarios juegos olímpicos se crearon para mantener y fomentar el sentimiento de pertenencia a la nación griega, el panhelenismo, hoy los juegos no tienen ningún sentido si no fomentan el humanismo, la pertenencia a la nación humana. Y si tales juegos son pangenésicos y panjorásicos, no deben andar alimentando arcaicas vanidades nacionales. Los huevos de los atletas no son huevos franceses, sudafricanos o chinos: son huevos olímpicos, es decir, humanos. Y hágase, si se quiere, la misma sinécdoque para las atletas.

La ‘Vidilla’ Olímpica

RAFAEL MARTINEZ-SIMANCAS

El Mundo. Sábado, 09 de agosto de 2008

Federer es un triste, por eso ha elegido un hotel de cinco estrellas para alojarse en Pekín. No así Nadal, que se ha quedado en la Villa Olímpica; ahí se nota quién es el número uno del mundo. La residencia de los atletas es una mezcla entre un campamento para adolescentes, la mili, y un crucero para solteros; lo del espíritu olímpico está muy bien pero la carne mortal está hecha para disfrutar de pequeñas metas placenteras. Una de esas maravillas es el intercambio de culturas y el roce multirracial, asunto de notable importancia cuando se trata de cuerpos que han trabajado la perfección. Una fiesta de atletas es como si las esculturas del taller de Lisipo salieran a tomar unos zumos, (memorable es su atleta rascándose el antebrazo).

Federer prefiere la decadencia de un salón con el hombre del piano, un ocaso para ricos en los que Liszt suena a Richard Clayderman. En cambio, Nadal desayuna con el equipo de voley playa brasileño. Con perdón: otra cosa. La residencia de los atletas tiene mucho de Vidilla Olímpica, con faunos con pies de tanguista y sirenas de piscina, con amazonas que tiran con arco, gigantes de la canasta, acróbatas del suelo liso y ninfas de danza acuática sincronizada. Seguro que Fernando Alonso cedía gustoso parte de la potencia de su coche para quedarse con un solo caballo y participar en hípica. Medallero aparte, en una residencia con atletas jóvenes hay mucho movimiento en horizontal, llegada la noche hasta los jueces de silla pierden el rigor de la mirada. En ningún otro sitio es más fácil el ligue, allí sólo tienes que preguntar: «¿esprintas o resistencia?», y luego surge un diálogo fluido.

Decía Ramón que en los hoteles de cinco estrellas te cambian cinco toallas cada cinco minutos. Federer va a ser el más limpio de Pekín pero el Barón de Coubertin no destacaba la higiene como virtud de los competidores. Con menos toallas se puede ser el número uno, caso de Nadal, que podrá intercambiar gel y cremas con las majas que ayer desfilaban en ceremonia inaugural y de sonrisa plena. No todo en esta vida va a estar sujeto al cronómetro, también cuenta la participación, que es un sustantivo que incluye el conocimiento y la proximidad. Esos mismos cohetes que lucieron en la inauguración también brillan en las fiestas privadas de los barracones. Ya que Nadal está en China tendrá que hacer honor a los inventores de la pólvora y disfrutar del carpe diem en terreno que presume de milenario. Luego vendrán las prisas de las despedidas y esa loca costumbre de anotar teléfonos en servilletas.

Aparte del oro, la plata y el bronce, en Pekín hay otros objetivos que conquistar. Más allá del himno y el aplauso están los trofeos que se murmuran en la oreja y los premios que se quedan en la piel. La pasión tiene sus reglas, sus finalistas, y premia a los audaces.

Baños

Mi dermatóloga me tiene encarecidamente recomendados, prácticamente prescritos, los baños de mar. Y es que el mar, aparte lo terapéutico, es una delicia. Aunque si lo tomamos con exceso, como todo lo excesivo, será dañino. A mí pasar un día en la playa, incluso una tarde entera o una mañana, me parece demasiado. Naturalmente, hablo desde mi edad, que no es precisamente la de la adolescencia. Yo, con media hora nadando, o simplemente flotando a lo cetáceo, estoy mejor que bien despachado. Y a casita (la suerte de vivir junto a la playa).

Hoy, mientras iniciaba mi sesión de lectura después del reconfortante baño, he recordado, por contraste, lo difícil que podía ser, para mí y para mis compatriotas de la patria mínima, encontrar en verano una poza –hablo ahora de mi infancia y primera juventud—donde meternos, con lo mucho que se puede llegar a desear ese sencillo disfrute en las tiernas edades, más aún si se ha estado faenando en las labores agrícolas desde el amanecer. Acequias sin agua, estanques de riego vacíos, barranco seco… El maldito estiaje de los secanares granadinos. Qué suerte cuando el estanque de Media Oreja estaba lleno… y nos dejaban bañarnos, lo que no siempre sucedía. No nos importaba que el agua estuviera helada… Incluso apostábamos a ver quién aguantaba más bajo el caño que la sacaba del pozo, tan fría como si llegara directamente de la laguna de Las Yeguas.

Y lo de aprender a nadar en aquellos medios… y con aquellos maestros… Pocos accidentes graves padecimos, lo que me lleva a deducir que, si Dios no existe, al menos los ángeles de la guarda “apatrullan” sin tregua cuando hay muchachada que proteger. Ya sé: alguna que otra vez la protección de los ángeles custodios falla… ¡Pues a ver si falla menos la protección humana! Que este verano, con la de casos espeluznantes que llevamos de niños abandonados en los hornos de los coches, mucha pachorra tenemos que tener para no sentirnos avergonzados de ser humanos. ¡Más atención a los baños de los pequeños!

Vanitas vanitatum

Frágil la vida humana y aún más frágil

la vanidad humana:

la pompa de jabón, el globo de colores

que hace estallar el pico de un mosquito,

la espina de un rosal.

La vida frágil nos viene de lo alto:

somos obra de Dios, que nos ha hecho endebles por su gusto.

La vanidad es obra nuestra.

Obra de nuestra torpe ingenuidad,

que nos hace anhelar hasta la muerte

ser Dios por una hora.

Para morir en paz.