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Baños

Mi dermatóloga me tiene encarecidamente recomendados, prácticamente prescritos, los baños de mar. Y es que el mar, aparte lo terapéutico, es una delicia. Aunque si lo tomamos con exceso, como todo lo excesivo, será dañino. A mí pasar un día en la playa, incluso una tarde entera o una mañana, me parece demasiado. Naturalmente, hablo desde mi edad, que no es precisamente la de la adolescencia. Yo, con media hora nadando, o simplemente flotando a lo cetáceo, estoy mejor que bien despachado. Y a casita (la suerte de vivir junto a la playa).

Hoy, mientras iniciaba mi sesión de lectura después del reconfortante baño, he recordado, por contraste, lo difícil que podía ser, para mí y para mis compatriotas de la patria mínima, encontrar en verano una poza –hablo ahora de mi infancia y primera juventud—donde meternos, con lo mucho que se puede llegar a desear ese sencillo disfrute en las tiernas edades, más aún si se ha estado faenando en las labores agrícolas desde el amanecer. Acequias sin agua, estanques de riego vacíos, barranco seco… El maldito estiaje de los secanares granadinos. Qué suerte cuando el estanque de Media Oreja estaba lleno… y nos dejaban bañarnos, lo que no siempre sucedía. No nos importaba que el agua estuviera helada… Incluso apostábamos a ver quién aguantaba más bajo el caño que la sacaba del pozo, tan fría como si llegara directamente de la laguna de Las Yeguas.

Y lo de aprender a nadar en aquellos medios… y con aquellos maestros… Pocos accidentes graves padecimos, lo que me lleva a deducir que, si Dios no existe, al menos los ángeles de la guarda “apatrullan” sin tregua cuando hay muchachada que proteger. Ya sé: alguna que otra vez la protección de los ángeles custodios falla… ¡Pues a ver si falla menos la protección humana! Que este verano, con la de casos espeluznantes que llevamos de niños abandonados en los hornos de los coches, mucha pachorra tenemos que tener para no sentirnos avergonzados de ser humanos. ¡Más atención a los baños de los pequeños!

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